Opinión

Sobre verdades y silencios

Enrique Aguilar | Miércoles 31 de marzo de 2010
Cuando una persona o una comunidad, cualquiera que sea, se topan frente a una verdad dolorosa caben al menos tres reacciones posibles. Una reside simplemente en negarla, reacción quizá la más instintiva, la más ligada a nuestro natural afán de supervivencia.

Otro modo de reaccionar, divulgada la cruda verdad, es guardando silencio y eludiendo toda declaración y desde luego todo debate que, puertas afuera o adentro, pueda torcer nuestra férrea voluntad de dejar todo como está.

La tercera reacción, finalmente, consistiría no sólo en el reconocimiento de la verdad sino en la determinación de afrontarla procurando que lo que ésta viene a revelarnos encuentre un remedio efectivo. De más está decir que la aceptación de las responsabilidades propias y de las consecuencias que se derivan de nuestros actos se da aquí por sobreentendida, lo que no ocurre cuando el silencio prevalece y los reclamos de esclarecimiento no hallan ni siquiera un resquicio. En este caso, las responsabilidades se diluyen, como sucede también con las culpas.

Me parece que la Iglesia Católica enfrenta hoy un desafío de esta especie y que las manifestaciones del Papa no dejan lugar a dudas. En efecto, lejos de llamarse a silencio Benedicto XVI alzó una voz de condena (que como escribió Vittorio Messori apunta directamente a la Iglesia y a sus miembros que la han traicionado) contra una situación que nos hiela la sangre y que, para mayor desdicha, no ha resultado ser aislada. La dureza del Pontífice debería ser por todos comprendida, pues no hay discreción que pueda ocultar hechos aberrantes, ni misericordia que de consuelo a las víctimas.

Es cierto que el silencio suele estar hecho de palabras no dichas. En ocasiones, sin embargo, decirlas se vuelve imperativo. Tanto como saber escucharlas.

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