Opinión

Asesinos hoy, tal vez diputados mañana

Joaquín Vila | Viernes 07 de marzo de 2008
Es cierto que ETA ha asesinado en plena campaña logrando su objetivo de protagonizar las elecciones del domingo. Es cierto que, como siempre, todos los demócratas han condenado el atentado, unos con más acierto o más credibilidad, todos con calificativos gruesos y gesto adusto. Es cierto que los grupos parlamentarios, representantes sindicales y de la patronal se han reunido en el Congreso de los Diputados para emitir una condena unánime de consenso. Es cierto que Zapatero y Rajoy han suspendido la campaña, con sentido de Estado. Es cierto que el Rey y el Príncipe han emitido sendos comunicados contundentes y rotundos sobre el asesinato. Es cierto que toda España llora hoy esta muerte.

Pero lo más cierto de todo es que un hombre de 42 años, Isaías Carrasco, ha sido asesinado delante de su mujer, María Angeles, y de su hija, Sandra, que le despedían cuando se iba a trabajar. Y, a escasos metros, en el mismo portal de su casa, esas dos mujeres han presenciado cómo su marido, cómo su padre caía al suelo desplomado al recibir cuatro disparos de bala e instantes después agonizaba en medio de un charco de sangre.

Pero lo más cierto de todo, es que esas dos mujeres, María Angeles y Sandra, a media mañana han intentado socorrer a Isaías Carrasco, le han abrazado con fuerza y, al ver cómo su respiración se entrecortaba, cómo sus ojos se nublaban, cómo su vida se esfumaba, han gritado con todas sus fuerzas "asesinos" a los asesinos que huían ante sus ojos y se han quedado allí, ellas dos solas, agachadas sobre la acera de una calle de Mondragón.

Cuando el domingo los truenos electorales se apaguen, cuando el lunes concluya la multitudinaria manifestación convocada por todos los partidos en repulsa del asesinato, María Angeles, Sandra , su otra hija de 17 años y su otro hijo, de 5 años, se quedarán solos llorando en la misma casa de Mondragón. Y hasta el último día de sus vidas les retumbarán los oídos por el fragor de los cuatro disparos, les temblarán las piernas por el estruendo de las balas, les llorarán los ojos por el humo de la pólvora, les dolerá el corazón por la crueldad de unos desconocidos que en nombre de un pueblo han asesinado a su marido, a su padre, ese hombre que a los 42 años se dirigía, como cada día, a su puesto de trabajo, en una cabina de peaje de la autopista.

Y esa madre y esos hijos contemplarán, desde su dolor para toda la vida, cómo los asesinos y sus compinches entran y salen de la cárcel, luego, tal vez, ocupen un escaño de cualquier Ayuntamiento o de cualquier Parlamento o, hasta es posible, que terminen sentados en una mesa de negociación con algunos de los políticos que hoy, con solemnidad, con calificativos gruesos y gesto adusto, han condenado enérgicamente el atentado.

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