Opinión

Cien años de la Gran Vía de Madrid (1910-2010)

Marcos Marín Amezcua | Lunes 05 de abril de 2010
Leo con gusto en El Imparcial, que ha llegado el centenario de la Gran Vía, esa incansable y emblemática avenida de la capital de España. Y descubrí que mucho me une a ella. Soy un viandante que la he caminado de extremo a extremo muchas veces, disfrutándola, pues siempre ofrece infinidad de cosas para ver.

Inmediatamente, tras de haberme entusiasmado al leer lo que se ha preparado para el lunes 5 de abril de 2010, justo un día después de cumplido su centenario, me ha parecido oportuno dedicar unas líneas a tan importante suceso.

Justo ese día sus majestades los Reyes de España caminan por sus aceras marcando así ese centenario del momento en que el rey Alfonso XIII, abuelo del actual monarca, iniciara los trabajos oficiales para la consecución de su magna obra. Y cien años después allí la tenemos, dando su perfil a Madrid.

Como un mexicano que, desde ultramar, recuerda lo que supone en citramar tan espléndida avenida, no puedo sino evocar aquí y con la venia de este importante medio, mis más caros recuerdos en torno a esta arteria principalísima de la capital española. La conozco bien, pues casi siempre me he alojado en algún lugar sobre ella, durante mis siempre gratas estancias en Madrid. Cafetines y librerías aparte.

La Gran Vía, cuya denominación ya anticipaba progreso, movilidad, grandiosidad y eficacia para el centro de Madrid, ha sobrepuesto su nombre popular y evocador a cuantos se le impusieron a lo largo de este azaroso siglo de existencia, yendo de la mano de la historia española. Ninguno pudo eliminar el que le diera el pueblo madrileño, de pleno derecho, de manera cariñosa y reivindicativa, que siempre la llamó: ‘Gran Vía’.

El alcalde Tierno Galván le regresó su denominación popular y ello debe celebrarse. En el mismo tenor, parafraseando, invocaré para ella con gracia, dos frases muy madrileñas: la Gran Vía es mucha Gran Vía y lo ha sido de toda la vida.

Es un compendio completísimo de arquitectura española correspondiente a la primera mitad del siglo XX. Mi edificio favorito es el Metrópolis, de rica y hermosa hechura. La he fotografiado en sus emblemáticas esquinas de sofisticadas rotondas cúpula de remates indescifrables y he admirado la entrada y vestíbulo de sus construcciones. Una mejor que la otra. Cuando la conocí en el esplendido 1992, hospedado ni más ni menos que en el Hotel Emperador, casi enfrente estaba ubicado un restaurante de mariscos que exhibía hasta no hace mucho, las langostas juguetonas en su pecera mirando a la calle, para que el cliente escogiera la que más le cuadraba a su paladar. Y como eso, mil cosas.

Era todavía una avenida de prestigio, engalanada con joyerías, tiendas de anticuario y centros de espectáculos de los más afamados. Se respiraba su raigambre. Lo digo recordando que no contaba con tanta tienda de marca internacional que le quita un pelín de su identidad, haciéndola por mucho cosmopolita, pero un tanto uniformada como otras tantas avenidas del mundo. Y es que la Gran Vía no necesita uniformarse. Tiene su propia personalidad e irrepetible carácter. Aunque Chicote ya no sea lo que fue, aunque se peatonalice Callao; nunca para, nunca duerme. Eso la distingue. Siempre está viva.

En 1992 aún existía un emblemático sitio, el restaurante ‘Manila’, en el que alguna vez trabajó un tío hermano de mi madre, ganándose la vida en los últimos años de la España franquista y todavía podía verse una simpática escultura de La Violetera, recién colocada en el madrileñísimo entronque de Alcalá y Gran Vía, junto a la cual hice una foto a mi madre y a mi abuela, a quienes la canción del mismo nombre les encantaba evocando a la Montiel. Siendo Madrid ciudad hermana de Ciudad de México, la metrópoli en que nací, es más que entendible su sentir.

Hoy sin lugar a dudas, el pasear por sus acercas es ver a la España moderna. Asomarse por sus balcones es mirar el mundo pasar. Es contemplar el trajín de una ciudad y de un país dinámico, es apreciar la diversidad de su gente y la mentalidad moderna y europea que innegablemente la viste.¡Lo qué no se ha visto y lo qué no se ve por la Gran Vía de Madrid! Sitio para mí, de feliz encuentro con buenos amigos madrileños. Sitio para ver y dejarse ver. Quien camina por ella todavía va bien plantado. Como marcan los cánones de una avenida con alcurnia. Gran Vía la tiene, no quepa la menor duda de ello. Es cosa de fijarse bien.

La Gran Vía cantada por Agustín Lara, por Olga Ramos o por Antonio Flores, no es poca cosa ni una calle más. Me parece que no hay en Madrid una avenida que la supere o la iguale ni por sus orígenes ni por su trayectoria ni por lo que he vivido allí. Algunos amigos gatos me dicen que el trasiego de la ciudad se ha mudado de ella, que en otros polos se hallan los mejores hoteles y los mejores lugares. No me lo creo. ¿Por qué? porque la Gran Vía es la Gran Vía y sigue renovándose al paso de la ciudad que la acoge. Pues llegó como invitada y hoy me parece, en mi humilde opinión, sigue presidiendo y representando el Madrid de siempre, el Madrid moderno, abierto y pluricultural que desde afuera y desde lejos, al otro lado del Atlántico o si se prefiere, desde ultramar, nos parece que es el mejor Madrid posible, el de toda la vida. ¡Felicidades Gran Vía en tu centenario! ¡felicidades guapa! Eres una vía grande de la cual forman parte mis recuerdos y tenía que decírtelo.

A esa siempre trepidante ciudad de Madrid y a su gente

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