Opinión

Necesario Gregorio Marañón

David Felipe Arranz | Lunes 05 de abril de 2010
Mientras jueces y políticos acuden a declarar a los tribunales como se acude a tramitar un papeleo administrativo, dando un paseo, y desde la Generalitat se impulsa una Ley de Lenguas catalana que desfavorece el uso del español en aquella Comunidad; mientras el país, digo, ve cómo su economía se va asimilando a los billetes del Monopoli y las familias hacen malabarismos para alimentarse y vestirse ante los rifirrafes de corrala de los politicastros o se desayuna con el acíbar chocolate del chivatazo de la policía al testaferro de ETA, la Biblioteca Nacional recupera la memoria y la obra del doctor y humanista Gregorio Marañón en la magnífica exposición “Marañón (1887-1960). Médico, humanista y liberal”. Traer al presente, con muy buen tino, a uno de los mayores representantes de la Edad de Plata de la cultura, la que va de 1898 a 1936, arroja como resultado el que el panorama actual resulte obsceno.

Marañón, un pensador en el pleno sentido de la palabra, entendió el liberalismo como una pauta de conducta, y localizó ese espíritu en Toledo, cuna de tolerancia, comprensión, ciencia y cultura. Fruto de esa reflexión nació Elogio y nostalgia de Toledo (1942) y su idea de Europa. En su niñez y adolescencia conoció en la biblioteca familiar los dramas shakespearianos, los clásicos griegos y latinos y las grandes novelas románticas. Con la crisis del sistema parlamentario liberal que provocó la dictadura de Primo de Rivera, sufrió un mes de prisión en la cárcel Modelo de Madrid, en 1926. Yerno del director de El liberal, Miguel Moya; luchador por la II República y renuente en todo momento a conocer personalmente a Franco al que criticó con dureza en la prensa extranjera, con lo que ello suponía, su abierto apoyo a los exiliados, como Araquistáin, Madariaga o Cambó, lo convirtió en un hombre incómodo para el Régimen y, a la vez, en un modelo social consagrado a la ayuda al prójimo y la batalla presentada contra la enfermedad. Por sus estudios El Conde-duque de Olivares.

La pasión de mandar (1936), Tiberio. Historia de un resentimiento (1939), Las ideas biológicas del padre Feijóo (1934), Don Juan (1940) o Antonio Pérez. El hombre, el drama, la época (1947) parece no haber pasado el tiempo. Su afán por el conocimiento, al que después de su apretada consulta dedicaba tiempo los fines de semana en el Cigarral de los Menores de Toledo, le nacía de una sana curiosidad por los continuos descubrimientos de lo nuevo, de lo que antes no se sabía: “una preocupación es como un sentido nuevo que se abre en nuestro espíritu y que nos permite percibir mil cosas, ignoradas para que el que pasa distraído al lado del problema que nos obsesiona”.

El último mensaje que legó a su nieto, su convencimiento de “la prevalencia de la bondad sobre la inteligencia”, puede parecer a muchos maquiavélicos que hoy se autodefinen como liberales, idealista e ingenua: a ellos parece dirigirse, más allá del tiempo, en el prólogo a sus Ensayos liberales (1947) al indicar que el liberalismo implica “primero, estar dispuesto a entenderse con el que piensa de otro modo; y, segundo, no admitir jamás que el fin justifica los medios, sino que, por el contrario, son los medios los que justifican el fin”. Marañón dejó escrito en sus Cuadernos de apuntes inéditos de París (1937-42) que “la humanidad se divide en hombres buenos (los que son buenos a pesar de todo), que son muy pocos; hombres malos (los que son malos a pesar de todo), que son muy pocos también; y hombres que son buenos o malos según las circunstancias, y son los más”. Uno se asoma a la actualidad, observa sin demasiada profundidad a las elites del poder y concluye sin remedio que hieden a relativismo, a interés, a especulación y a corrupción.

Son estas circunstancias las que parecen regir el sindiós gubernamental. Tiene gracia que el Gobierno acuda ahora en apoyo de las grandes constructoras, las mismas que provocaron la crisis del ladrillo y, por ende, corresponsables de dinamitar nuestro hinchado y falseado sistema económico, que venía obedeciendo al maloliente criterio de la codicia. El ministro de Fomento, José Blanco, ha convencido al Banco Europeo de Inversiones (BEI) y al Instituto de Crédito Oficial (ICO) para que financien una inversión de 15.000 millones de euros en dos años. Parece de risa, porque mientras nos acercamos a los cinco millones de parados y los españoles siguen reinventándose cada día para remendar su asfixiada cotidianidad, los amos del ladrillo (ACS, Sacyr Vallehermoso, OHL, Acciona, Ferrovial…) reciben una bomba de oxígeno. Vamos a ver si es verdad que ese dinero se emplea en la remodelación de las antiguas autovías: las consecuencias del pinchazo inmobiliario y su salvaje endeudamiento están aún ahí, pero a nadie le escandaliza. Si Marañón levantara la cabeza, igual que escribió El bocio y el cretinismo tras su viaje a las Urdes o Amiel.

Un estudio sobre la timidez, a buen seguro nos hubiera regalado un estudio sobre la Psicopatología del político español, con ejemplos vivos y en activo de nuestra casta política: y siendo tan necesario, probablemente ninguna editorial se atrevería a editarlo. Pero la pregunta se ampliaría a sus amigos, Unamuno, Ortega y Gasset, Pérez de Ayala, Manuel Azaña, García Lorca… ¿tendrían encaje en nuestra sociedad líquida, que apesta al todo vale? Ignacio Echeverría, hablando en el último suplemento “El Cultural” de El Mundo de otro prohombre de letras recientemente fallecido, Miguel Delibes, que tenía también las cosas claras, es tajante al respecto: “hasta qué punto esta miseria que nos rodea no es consecuencia del sistemático debilitamiento, en los individuos tanto como en las instituciones, de la capacidad para resistirse a tantas cosas, a menudo insignificantes, que era preferible no consentir”.

Acaso no seamos más que un rebaño de consentidores; prefiero no pensarlo y quedarme con la duda, ante la clamorosa evidencia de que en este país, que tuvo que esperar a que muriera después de 40 años por causa natural un dictador que provocó una Guerra Civil, nunca pasa nada. Marañón tuvo el arrojo suficiente para negarse a conocerlo.

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