Opinión

Lo que Seseña enseña

Alicia Huerta | Miércoles 07 de abril de 2010
Lo que estos últimos días, desde que apareció muerta la joven Cristina, nos ha mostrado el pueblo toledano de Seseña es, en realidad, el reflejo de la sociedad de todos los pueblos y ciudades españolas. También de otros países en cualquier lugar del mundo, sobre todo, del llamado civilizado. Pero, sobre todo, de hasta a qué trágico punto se puede llegar cuando se mezclan trastornos mentales, o sencillamente emocionales, con la rebeldía y las ansias de experimentación al borde del precipicio, tan presentes en esa edad en la que crees que el protagonista de la historia, de cualquier historia, eres siempre tú. Una etapa complicada en la que, sin darse cuenta, uno ha dejado de ser un niño del que, en el mejor de los casos, siempre hay alguien que se ocupa, para convertirse en un “semiadulto” al que ya se exige demostrar lo que vale para formar parte de un grupo y tomar decisiones que antes siempre tomaban otros. El adolescente, entonces, por una parte se siente importante, pero, por otra, tremendamente inseguro. Arisco y reacio a contar las cosas que antes siempre compartía en casa y, al mismo tiempo, tremendamente sociable con su grupito de amigos con quienes sí se puede compartir todo. Y contra más prohibido o mal visto por los padres, mejor.

No creo que en la actualidad los adolescentes sean más difíciles de controlar que en otras épocas, simplemente tienen a su alcance más medios y, sobre todo, oportunidades para experimentar, sin ese respeto o temor a las consecuencias que empiezas a tener cuando ya eres adulto del todo. O cuando has tenido en casa o en el colegio alguien que te ha advertido de esas consecuencias. Cuando no has tenido a tu disposición horas y más horas para meterte en un mundo que parece irreal, pero a través del cual navegas sin ser visto, cada vez más enganchado por la aparente impunidad. Cuando a la chica de catorce años que ha confesado haber matado a Cristina le anunciaron su traslado a un centro de menores, su único interés fue saber si allí tendría gimnasio e internet. Porque se puede vivir con la muerte a cuestas de una chica de tu edad, pero no sin contactar con ese mundo oscuro e inmenso en el que puedes ser cualquiera, sin la amenazante tragedia de no pertenecer a ninguna parte.

El martes, cuando los chavales del instituto de Seseña volvieron a clase después de la Semana Santa trágica que se había vivido en el pueblo, pocos hablaban de incredulidad ante lo sucedido. Sí, nadie esperaba que uno de ellos falleciera de forma tan cruel e inesperada, pero, a la vez, todos aclaraban que lo de darse cita en Los Palominos para zurrarse era frecuente, aunque lo normal, desde luego, era no presentarse a solas. Un compañero de clase de Cristina aseguraba que basta con que alguien opine que le has mirado raro para que te rete a una buena tunda de guantazos. Todo un duelo al sol. Al sol de las horas muertas de soledad y aburrimiento frente a la pantalla de un ordenador, que, por mucha compañía que haga, acaba siendo una fría pantalla y al final la emoción hay que salir a buscarla. Porque como añadía otra chica: “El pueblo es un aburrimiento; no hay cines, no hay tiendas”, queriendo justificar con ello que la gente se líe a mamporros cuando ya ni el Tuenti consigue acabar con el tedio.

Al final, sólo el alcalde mostraba perplejidad: ¿Cómo es posible que se tenga más relación a través de las redes sociales que de persona a persona? Pues si así es en un pueblo, imagínese en una gran ciudad.

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