Ricardo Ruiz de la Serna | Viernes 09 de abril de 2010
Un hombre vuelve el rostro hacia La Meca, extiende una alfombra y se inclina mientras proclama la Grandeza de Dios, que sólo es Uno, el Clemente, El Misericordioso, el Señor de los Mundos. El Salat –el rito de la oración islámica que se reza cinco veces al día- es uno de los más bellos que jamás he visto.
La estructura básica del hecho religioso supone que el tiempo y el espacio son heterogéneos. Hay un espacio y un tiempo sagrados frente a la realidad profana. El orante delimita un espacio –sea con una alfombra o con la luz de una vidriera- y un tiempo que cualitativamente son distintos del resto: un día de celebración, un mes sagrado, una Semana Santa. Quien entra en una iglesia durante la Eucaristía tiene una actitud distinta de la que tendría si entrase en un templo vacío. En ambos casos está en un lugar sagrado, pero no del mismo modo.
Por eso, es inadmisible el ofensivo comportamiento de los turistas austriacos musulmanes que entraron en la mezquita de Córdoba- que es la Catedral de Nuestra Señora de la Asunción- durante la exposición del Santísimo y se pusieron a rezar como si aquello no fuese un templo católico y como si no hubiera católicos orando.
¿Cabría imaginar un comportamiento semejante por parte de los cristianos en un templo musulmán? Hay países islámicos en los que la sola prédica del Evangelio está prohibida. Las juderías de Arabia –en otro tiempo florecientes- han desaparecido por completo en pocas décadas. El Norte de África, que dio santos a la Iglesia, es hoy tierra del Islam y los cristianos son extraños en la tierra de San Agustín.
Todo ciudadano –nacional o extranjero- tiene en España la libertad de profesar la religión que desee o no profesar ninguna. Así, los turistas que entraron de forma organizada en la catedral de Córdoba para organizar un altercado gozaban de una libertad que muchos desearían en Irán, por poner un ejemplo. Sin embargo, el derecho a la libertad religiosa no ampara la provocación ni la ofensa.
El debate sobre el uso compartido de la catedral de Córdoba deberán resolverlo las autoridades religiosas, pero el derecho de los católicos a hacer uso de un templo católico en paz y sin ser perturbados no puede soslayarse. Sería motivo de escándalo –además de una tremenda injusticia- que la mayoría católica no pudiese orar en paz en su templo porque hace siglos fue islámico. Todo podrá discutirse y la discusión podrá acabar en acuerdo o no, pero la vía de los hechos consumados es inaceptable.
¿Qué deben hacer los católicos? ¿Vivir silenciados en los países islámicos y tolerar que los expulsen de sus propios templos? Los cristianos están sufriendo persecuciones atroces en países islámicos que deberían proteger a sus minorías religiosas. Ahí están los cristianos iraquíes para dar fe de ello. Recordemos a los coptos y a los de rito caldeo. ¿Es que no se ha detenido a cristianos por el solo hecho de introducir Biblias en la Tierra del Islam? De Irán y Afganistán mejor ni hablamos.
Querría saber si los turistas que ofendieron a los católicos en la Catedral de Córdoba aprobarían el mismo comportamiento en cualquiera de las grandes mezquitas del mundo islámico, cuya belleza es admirable. ¿Podría un cristiano celebrar la Eucaristía en la bellísima Mezquita de los Omeyas de Damasco? ¿Y en la Mezquita de la Roca en Jerusalén? Yo no lo aprobaría porque sería una ofensa para los fieles musulmanes a pesar de que tanto Siria como Jerusalén son lugares muy importantes en la Historia del Cristianismo.
Afortunadamente, en Jerusalén los Santos Lugares cristianos están en territorio de un Estado democrático como Israel y no en uno teocrático como el iraní. Un cristiano podría, sin duda, profesar libremente su fe en el país de estos señores, pero es que ellos son de Austria. ¿podría decirse lo mismo si fuesen de algún país islámico?
Por cierto, ¿no les gustaría a esos turistas dejar la bella Austria y darse una vuelta por Qom a ver cómo se las gastan los ayatollahs?
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