Opinión

Las palomas del ejército y las otras palomas

José María Herrera | Sábado 10 de abril de 2010
La historia de las palomas mensajeras se remonta como tantas otras cosas a la época del Diluvio Universal. Por aquel entonces nadie había reparado aún en sus valiosas cualidades. De haber sido así Noé no habría recurrido a un cuervo para comprobar el estado de las aguas cuando el arca encalló en el monte Ararat. Fue precisamente la cobarde actitud del cuervo, que se limitó a dar vueltas alrededor de la embarcación, la que le indujo a soltar una paloma. Ésta emprendió el vuelo buscando algún sitio donde posarse, pero al cabo de cierto tiempo, no encontrándolo, regresó fatigada. Noé comprendió que la paloma era más lista que el cuervo y volvió a confiarle la misión una semana después, con buenos resultados, pues retornó con una ramita de olivo en el pico. Era una señal excelente. Las aguas iban retrocediendo. La operación se repitió de nuevo a los pocos días, aunque esta vez la paloma no volvió. Estoy convencido de que habría deseado hacerlo porque en el mundo sólo había otra paloma, la que permanecía en el arca, mas intuyendo que si regresaba el destino profesional de la especie correría peligro, prefirió fiarse del buen juicio de Noé y esperar a que este licenciara a los pasajeros de la nave. Esto ocurrió el primer día del año seiscientos uno después de la Creación.

A partir de entonces el uso de palomas mensajeras se extendió por doquier. Siglos más tarde, con la racionalización de la guerra, alcanzó su apogeo. Los avances técnicos y científicos abrieron posibilidades increíbles a la muerte: los frentes se ensancharon, creció la importancia de las comunicaciones y, con ello, de las palomas mensajeras. Su fiabilidad y su capacidad para recorrer enormes distancias –mil kilómetros al día- las convirtieron en un arma imprescindible. Así se demostró en Waterloo y en los dos conflictos mundiales. Los amigos de la colombofilia cuentan historias maravillosas acerca de su heroico comportamiento. Aquí, en España, la gloria palomina la usufructúa una paloma franquista cuyo cuerpo disecado se exhibe en el Museo del Ejército. El animal, tras ser herido por la artillería republicana, consiguió alcanzar su objetivo y entregar antes de morir el mensaje que portaba.

El ejército español adoptó el uso de palomas mensajeras con bastante retraso, pero ha sido de los primeros en prescindir de ellas. El mes pasado se suprimió el último destacamento que quedaba. Las razones por las que se ha acordado su pase a la reserva no tienen nada que ver con el hecho de que nuestras fuerzas armadas se hayan convertido en un ejército de paz, sino con los avances tecnológicos en el campo de las comunicaciones. Aunque las palomas son indetectables para los sistemas electrónicos actuales, el Estado Mayor ha pensado que no vale la pena seguir criándolas. Tal y como ahora se ven las cosas, en la guerra del futuro la paloma mensajera resultaría tan anacrónica como el arcabuz o la coraza.

A mí me ha consternado la noticia. Me preocupa el estado en que va a quedar nuestra defensa cuando todo dependa de la tecnología. Imaginen simplemente que el enemigo logra hacerse con el número de teléfono del alto mando y le ofrece a una compañía rival (pongamos Orange) la gestión de la línea. Durante semanas, los aparatos del ejército caerán en un silencio sepulcral, y ni mil soldados de trasmisiones llamando día y noche darán con el operador que resuelva el problema. Quizá, por un inesperado azar, y después de vérselas con la más letal de las armas modernas, un laberinto kafkiano de voces anónimas y centralitas automáticas que le irán remitiendo de una sección a otra sin encontrar a nadie capaz de restituirles la conexión, logran contactar con un operador a punto de suicidarse que les indica una alternativa infalible: cursar una queja a través de la página web de Orange, la misma página donde aparecen los impresionantes derechos del consumidor: ¿qué harán entonces nuestros mariscales cuando descubran que la empresa bloqueó su contraseña por su seguridad y que ni el más eficiente de los criptógrafos podrá recobrarla sin pasar otra vez por el laberinto de centralitas y operadores no disponibles? A falta de palomas mensajeras, el ejército tendrá que recurrir a las señales de humo –la pregunta es quién osará admitir que posee un mechero- o rendirse al enemigo. Pero ni aún así habrá resuelto sus problemas, pues después de que el enemigo haya profanado las reliquias que aún no hemos profanado nosotros, se sabrá que vinculó el número de teléfono del ejército a Orange mediante un pacto de fidelidad que ríanse ustedes del pacto de sangre gitano, y como en España es más fácil divorciarse que cancelar un contrato telefónico, tendrá que seguir pagando el recibo hasta que alguien reúna el valor preciso para entregarse de pies y manos a otra compañía de comunicaciones que le recordará la época de la armada invencible, aquel dorado siglo en el que lo peor que podía ocurrirnos es que nos fallaran los elementos.

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