Domingo 11 de abril de 2010
El pontificado de Benedicto XVI no pasa por su mejor momento. De un tiempo a esta parte, casos de abusos a jóvenes han ido brotando por diversas partes del mundo, generando una controversia sumamente perjudicial para la Iglesia. No ayudan tampoco las inoportunas palabras del predicador de la Santa Sede, vinculado los ataques a la figura del Papa con el antisemitismo. Y desde luego, tampoco resulta alentador volver la vista atrás y ver cuál ha sido la postura de Roma durante mucho tiempo ante escándalos tan atroces. Lo último de todo se conocía ayer mismo, cuando se hacía pública una misiva del entonces cardenal Ratzinger en la que recomendaba dilatar la expulsión del seno de la Iglesia de un sacerdote estadounidense acusado de pederastia.
No es nada nuevo. De hecho, la lista de abusos encubiertos es lamentablemente extensa. Y quienes padecieron esos abusos tienen todo el derecho del mundo no sólo a que se les resarza del modo más conveniente, sino que la institución que encubrió tales atrocidades abomine de ello. Esto último es lo que se está produciendo actualmente. Hace pocas fechas, Benedicto XVI enviaba una carta abierta a los católicos irlandeses, pidiendo perdón por los resultados del informe que revelaba tratos sumamente vejatorios durante décadas en orfanatos dependientes de la Iglesia, al mismo tiempo que detallaba una serie de medidas al respecto. El mismo tono es el que ha imperado en las palabras del Papa cada vez que surgen referencias a un tema tan espinoso.
Dicho de otro modo, la Iglesia está intentando desfacer un entuerto al que se tenía que haber puesto manos a la obra mucho antes. Eso es sumamente reprobable; a la vista están las consecuencias de tanta demora y encubrimiento. Pero resulta incuestionable el esfuerzo actual de la Iglesia por reconocer un problema tan grave, disculparse por ello y tratar de repararlo. De ahí que muchas de las críticas que está recibiendo últimamente Benedicto XVI lleguen también a destiempo: precisamente, cuando se intenta rectificar. Este Papa está haciendo lo que otros muchos no han hecho anteriormente, pagando un alto precio por ello. Que paguen los que obraron mal, pero que no se meta a todos los miembros de la Iglesia en el mismo saco, sobre todo en el momento que intentan enmendarse. Lo que si pueden -y quizá deban- exigir los católicos a su inmensa, pero raramente trasparente, organización es un montaje adecuado y eficaz de vigilancia capaz de denunciar, en lugar de ocultar, prácticas tan aberrantes.