Cultura

Una grandiosa Salomé convierte el Teatro Real en un depravado casino de las Vegas

De estreno

Lunes 12 de abril de 2010
El estreno de esta nueva coproducción del Teatro Real con el Teatro Reggio de Turín y el Maggio Musicale Fiorentino llevaba días en boca de los aficionados, y las imágenes de los ensayos generales que ya se habían dejado ver en algunos medios han provocado que la expectación fuera mayor que en otras ocasiones.

Pocas veces el silencio se convierte, con tanta rotundidad, en otro elemento más de una ópera como sucedió en la tarde de ayer durante el estreno de la tercera ópera compuesta por Richard Strauss, Salomé, en el Teatro Real. Por lo general, siempre hay toses perdidas y disimuladas, programas que resbalan y caen al suelo al menor descuido o, incluso, murmullos apagados que creemos que sólo escucha la persona que tenemos al lado. Es inevitable. O, por lo menos, así parecía. Ayer, no. Desde los primeros instantes en los que se destapó la impresionante y metálica escena acompañada de la poderosa música del compositor alemán, interpretada por la Orquesta Titular del Teatro Real, Orquesta Sinfónica de Madrid, integrada para la ocasión por 95 miembros y bajo la estricta e inteligente batuta del maestro Jesús López Cobos, desapareció cualquier atisbo de interrupción, enterrada bajo la profunda intensidad de lo que se vivía en el escenario.

Lo cierto es que el estreno de esta nueva coproducción del Teatro Real con el Teatro Reggio de Turín y el Maggio Musicale Fiorentino llevaba días en boca de los aficionados, y las imágenes de los ensayos generales que ya se habían dejado ver en algunos medios han provocado que la expectación fuera mayor que en otras ocasiones. Y el escándalo que siempre ha acompañado a Salomé, desde que Oscar Wilde estrenó la obra sobre la que Strauss se basó para escribir su libreto, no podía faltar. Tanto Wilde como Strauss provocaron en su día encendidas críticas que echaban en cara a los autores su contenido altamente escabroso, “mezcla de sangre y de ferocidad, mórbida, extraña, repugnante”, según se podía leer en una crítica de The Times publicada en 1893, refiriéndose a la rompedora obra de Wilde. Por ello, resulta aún más extraño que el espectador de hoy, curado de muchos y variados espantos, pueda escandalizarse por una puesta en escena como la que el canadiense Robert Carsen ha realizado con esta nueva Salomé, que estará en el coliseo madrileño hasta el próximo 28 de abril.

Quizás el “pecado” de Carsen haya sido llevar a Salomé y a su decadente entorno a “actuar” en la cámara acorazada del mítico casino Caesar's Palace de Las Vegas, pero lo cierto es que pocos lugares parecen más adecuados para situar la kitsch degradación en la que viven Herodes, su esposa y la joven princesa rodeados de su complaciente corte, que en mitad del desierto de Nevada, con un ambiente contemporáneo pero también basado en el frío poder del dinero y de la carne. Sobre todo, cuando los elementos que componen la escena están tan bien hilados, sin olvidar un solo pespunte, como los que Carsen ha tejido para que en ningún momento se eche en falta la coherencia. Tampoco parecería lógico que Carsen se hubiera llevado los abucheos con los que parte del público le recibió al final de la obra sólo porque en la mítica danza de los siete velos, quienes acabaran cayendo no fueran las suntuosas telas de la joven bailarina, sino la ropa interior de los siete viejos a los que hacía bailar, porque el baile es casi el momento central de la obra, donde más carne se echa en el asador y así lo ha sabido ver Carsen, con una genialidad que hasta pone en manos de Herodes una cámara con la que ir retransmitiendo el provocativo baile por el circuito cerrado de televisión del casino. Así de poderoso quiso su compositor el baile, que primero escribió la ópera y después la famosa danza. De modo que el error que algunos vieron en la cuidada escena de Carsen, quien dirige magistralmente a los intérpretes para que la tensión no ceda ni un segundo durante las casi dos horas sin entreactos que dura la ópera, hasta alcanzar el punto de dejar sin respiración al respetable en la última y morbosa escena, resulta, se mire por donde se mire, nada justificado.

Pero quien, sin duda, triunfó por encima de todo fue Salomé, un papel de los más complicados de la historia lírica, que exige de quien se mete en él un verdadero tour de force para mantenerse en escena durante la práctica totalidad de la obra. La verdadera protagonista fue, por ello, la que ya en ciertos foros se considera como la mejor Salomé de la actualidad, la más convincente y completa: la soprano sueca Nina Stemme, quien en su debut escénico en el Real demostró no sólo la calidad y potencia de su voz capaz sin ningún problema de traspasar el poderoso y abarrotado foso, sino también unas esplendidas dotes interpretativas, gracias a las cuales construyó una Salomé única, intensa y plenamente real, que fue madurando a lo largo de la velada junto con su personaje, para regalar una de esas ocasiones inolvidables por las que los aficionados a la ópera se ponen en pie una y mil veces. Junto a ella, una fantástica Doris Soffel en el papel de Herodias, el barítono alemán Wolfang Koch dando voz a Jochanaan y el tenor Gerhard Siegel como Herodes, recibieron la entusiasta ovación del público.

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