José Manuel Cuenca Toribio | Lunes 12 de abril de 2010
Trece años menos un día distanciarán de aquí a pocas horas la radiante jornada –electoral y climatológica- que condujo al triunfo al New Labour de Tony Blair que su sucesor G. Brown intentará llevar a la victoria por cuarta vez consecutiva. En la barahúnda de pronósticos y cálculos de las vísperas electorales, sólo un vaticinio suscita la unanimidad. En el supuesto en que la fortuna sonría las esperanzas laboristas, el éxito en términos de sufragios estará muy por debajo de los espectaculares resultados del 7 de mayo de 1997. En el país en que el fútbol nació no será demasiado familiar recordar que el New Labour ganó por goleada. La mayoría conseguida fue la más amplia de su historia así como la mayor obtenida por ningún otro partido desde 1935, en que los sufragios consagraron de modo aplastante el liderazgo conservador de Stanley Baldwin. Sesenta años después los tories sufrirían su descalabro más resonante desde las decisivas elecciones de 1832… De igual manera que en otros momentos áureos de las fuerzas progresistas –el más cercano y famoso el triunfo de F. Mitterrand en mayo de 1981-, los juicios de muchos comentaristas de relieve hablaron de terremotos y mutaciones y hasta de adanismo en la vida política británica tras la victoria del joven y carismático T. Blair, quien haría de la idea del cambio su emblema y tótem.
En la ocasión presente, el caudillo tory ha hecho suya la misma bandera, presentándose como la más sólida apuesta ante una país sumido desde ha un tiempo en una hondonera más identitaria y moral que económica. En caso de que las urnas den un mandato claro a David Cameron, el porvenir no sólo del Reino Unido sino igualmente de la Unión Europea se verá notablemente afectado por el retorno de unos conservadores que sólo semejan reivindicar de la herencia tatcheriana sus prevenciones hacia un organismo que se acunó y bautizó sin su respaldo ni concurso. Asimismo, la “relación especial” con los Estados Unidos no quedaría tampoco a salvo de ciertas modificaciones o, cuando menos, de matices de indudable peso, algo que, por supuesto, no ocurriría en la suposición opuesta de una revalidación laborista.
Pero la singular importancia de los inminentes comicios radica, por encima de los factores ya indicados y habida cuenta de la segura quiebra del bipartidismo que observadores prestigiosos adelantan, en la singular circunstancia de la muy probable aparición de un tertium gaudens –la vieja y no ha mucho tiempo agonizante formación liberal-, escorada en la coyuntura actual hacia los tories. El esquema reproduciría así, miméticamente, el que rige desde pocos meses atrás, pero en un contexto y, sobre todo, en una tradición muy diferentes, en la República alemana, con encaje y resultado que se ofrecen muy lejanos de las horas del pacto entre dos fuerzas, con todo, tal vez más centristas que las de la pronosticada alianza británica.
Desde todos los puntos, pues, las elecciones del próximo 6 de mayo en Inglaterra –nomenclatura que recibe desde Escocia y el País de Gales más contestación que nunca- se dibujan con una trascendencia particular en la única nación europea que ha vivido ininterrumpidamente en democracia. Este envidiable tesoro determinará sin duda que, sea cuál sea el sesgo de la etapa política abierta en el citado día, su trayectoria enriquezca tal legado y proporcione elementos de reflexión y análisis de máximo valor para otros muchos países del planeta y, en especial, del Viejo Continente,
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