Alicia Huerta | Miércoles 14 de abril de 2010
Después de sacar adelante su más importante proyecto de política interna, la reforma sanitaria, el presidente norteamericano se ha puesto manos a la obra para conjurar en lo posible una amenaza que considera más presente que nunca en la historia de nuestro conflictivo planeta. Obama no da la impresión de ser uno de esos tipos que necesite del miedo, de la gratuita demagogia o de la electoral polémica para seguir en la picota y, sin embargo, su fuerte compromiso para reducir el armamento nuclear y, sobre todo, para que los países que lo tienen aumenten sus medidas de seguridad en torno al uranio enriquecido y que, bajo ningún concepto, caiga en manos de terroristas, en vez de servir para tranquilizar a los mortales, lo que ha conseguido ha sido que más de uno se haya mosqueado. ¿Es que los informes más recientes de la CIA han provocado que el problema de la dispersión incontrolada de material atómico por todo el mundo se coloque en lo más alto de la lista de prioridades del ocupado presidente?
Obama avisaba en la reciente Cumbre de Seguridad Nuclear de Washington, en la que ha logrado reunir a 49 líderes mundiales, que los riesgos de un ataque nuclear han aumentado considerablemente. De modo que esas películas post apocalípticas tan genuinamente americanas, en las que los supervivientes de un desastre nuclear vagan por el destrozado mundo como almas en pena, resistiéndose a morir como ya ha hecho la mayoría de sus colegas de universo, ahora resulta que de ciencia ficción, no tienen nada de nada. En todo caso, después del 11S ya cuesta mucho más eso de pensar que las fantásticas cosas que presentan a veces los guionistas son sólo eso, cosas de película. Igual que si antes del atentado contra las Torres Gemelas a algún creativo cineasta le hubiera dado por recrear, con las últimas tecnologías de efectos especiales, una escena en la que dos enormes aviones comerciales impactan con las famosas torres y acaban por derribarlas, con unas imágenes hasta entonces más propias de video juegos que de la fantasiosa mente de cualquier descerebrado con sede en Hollywood. Nadie se lo habría creído.
Pero si aquello pasó, aunque el ser humano, por supervivencia o simplemente por la sabia programación de sus neuronas, ya lo haya borrado casi por completo de su disco duro, por qué no va tener razón Obama ahora, cuando habla del incremento del peligro de que en los atentados, en vez de explosivos convencionales, se empiecen a utilizar armas compradas en el mercado negro o robadas de los arsenales atómicos. Lo cierto es que estos días era difícil evitar que se te pusieran los pelos como escarpias al ver a un tipo tan serio como Obama explicar, con gesto grave, que basta con una porción de plutonio del tamaño de una manzana para que una organización terrorista pueda matar a decenas de miles de personas en un instante y en cualquier lugar del mundo. Y que si los malos aún no lo han hecho, es sólo porque todavía no han conseguido armarse.
El reto es complicado, porque los países más peligrosos son los que obviamente no han estado en la Cumbre, como Irán cuyo siniestro presidente ya ha advertido que las posibles sanciones le importan un rábano. O Corea del Norte, con una sociedad dominada por la paranoia de su dictador. Sin embargo, difícil o no, Obama tiene en ésta la mejor oportunidad para demostrar que el Nobel de la Paz del último año ha ido a parar a buenas manos.
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