Cultura

Winston Churchill, de niño rebelde a infatigable militar y maestro de la política

traducida [i]My early life[/i]

Viernes 16 de abril de 2010
Si hubo un hombre digno de admirar durante el siglo XX, ese fue Winston Churchill. Pese a que se ha descrito con esmero su liderazgo en la causa de los aliados durante la II Guerra Mundial y su talento para la política y las relaciones diplomáticas, lo cierto es que hasta este año no se ha publicado en castellano una de sus obras más importantes: “My early life”, en la que relata su juventud, la educación que recibió y la relación que mantuvo con su familia.


Considerado uno de los personajes más influyentes del siglo XX, la retórica, la capacidad de decisión y su buena mano en la política le valieron en su tiempo a Winston Churchill un papel en las relaciones internacionales digno de admirar. Defensor a ultranza de la dignidad del imperio británico y de la grandeza de su raza, este político de genio y figura presumió de tener buena mano para el consenso, las estrategias militares y las relaciones con quienes amenazaron la democracia durante la II Guerra Mundial.

Aunque se ha escrito mucho sobre su talento en la oratoria o su astucia en la dirección de la guerra, fue el primero en dejar testimonio de su trayectoria como político, militar e historiador en los libros que publicó a lo largo de su vida. En ellos relató la guerra de los boers en África, la historia de los pueblos de habla inglesa y, como no, la de la II Guerra Mundial, que le valdría el Premio Nobel de Literatura.


El catálogo bibliográfico español no había incluido hasta este año la autobiografía que Churchill escribió sobre su juventud, “My early life”, publicada por primera vez en el Reino Unido en 1930. La editorial Almed ha sido la encargada de traducirla bajo el título Mi juventud. Winston Churchill. En ella, el ex primer ministro británico recorre su infancia hasta sus primeros discursos en la sala de los Comunes del Parlamento británico. Por qué no se ha publicado hasta ahora lo saben los traductores al castellano, Fernando Miranda y Jerónimo Páez. Miranda cree que no se ha hecho antes "quizá porque se consideraba una obra menor dentro de su producción". Sin embargo, destaca de la obra la "enorme cantidad de datos sobre su infancia y juventud, indispensables para comprender algunas de sus actuaciones posteriores". Algo en lo que coincide Páez cuando afirma que "la mayoría de sus biógrafos cree que se trata de su mejor y más sugestiva obra", en la que habla "con gran sinceridad" en un estilo "ameno y directo" que muestra a un Churchill "casi desconocido".






Un personaje "muy humano"
Esta etapa de su vida, que ha tardado 80 años en publicarse en castellano, Churchill la describe en sus páginas como una “historia de esfuerzo juvenil”. En palabras de Miranda, muestra a un hombre "familiar, cercano y, sobre todo, muy humano". Quien quiera entender a este estadista, dice Páez, su evolución política, su personalidad, sus ambiciones, sus pasiones, sus fracasos y sus éxitos, "debe leer este libro".

El hombre que lideró el frente aliado en la II Guerra Mundial, afirma en Mi juventud que los exámenes y la férrea disciplina educativa de las prestigiosas escuelas británicas a las que acudió no estuvieron nunca entre sus quehaceres preferidos. Sin embargo, demostró desde edad temprana un talento y un bagaje cultural asombroso. Lo logró no sólo asistiendo a las tediosas clases de las que tanto se quejaba, sino leyendo por su cuenta libros impropios para su edad. Cuidó con esmero la lengua inglesa, refunfuñó cuando tenía que estudiar latín y pasó apuros con las matemáticas; asignatura que aprendió en seis meses, uno de los grandes triunfos de su vida, según cuenta él mismo.

Aunque la etapa estudiantil no le dio las mayores alegrías, sí lo hizo su ingreso en la Real Academia Militar. “Me embarqué en la carrera militar por mi colección de soldados”, dice en un pasaje. Unos soldados, continúa, “que cambiaron el rumbo de mi vida”. No era para menos. Comenzó por entonces a saborear las mieles del éxito militar, a viajar a países considerados exóticos, como Cuba o India, y a protagonizar aventuras de las que luego escribiría con devoción. Según Miranda, "aprendió más durante los años que pasó en el Ejército" porque "siempre se quejó de su deficiente educación y de no haber ido a la universidad, ya que la decisión de su padre fue que abrazara la carrera militar, pues no le consideraba lo bastante inteligente para ser abogado". A juicio de Páez, "la mezcla de erudito y guerrero le permitió convertirse en un gran personaje político y le brindó la oportunidad de prepararse para el papel que jugó como líder occidental frente al nazismo".

De inquietudes artísticas
Los caballos, leer obras de filosofía o economía, y escribir entraron a formar parte de sus grandes pasiones. Su espíritu de superación no termino ahí. A todas sus gestas como político y su buena mano en la diplomacia y la estrategia militar, se sumó una profunda sensibilidad artística, que desarrolló no sólo en la escritura, sino también en la pintura. A juicio de Miranda, fue un hombre "especialmente talentoso", sobre todo para aquello que llamaba su atención, "como poner en perfecta formación de batalla más de 1.500 soldados de plomo o recitar delante del director del colegio de Harrow mil doscientos versos de Baladas de la antigua Roma, de Macauly, sin cometer un solo error".



Hijo de Lord Randolph Churchill –político conservador- y la norteamericana Jennie Jerome –hija del millonario Leonard Jerome-, sus padres fueron otro de los pilares de su vida. Así lo escribe en Mi juventud. De su padre, de quien hereda la profesión, se lamenta de no haberlo conocido más. De su madre afirma que siempre le causó una extraordinaria impresión. La muerte de su padre "acabó con lo que podía haber sido una enriquecedora relación paterno-filial", dice Miranda. Sobre su madre, cree que lady Randolph "no sólo captó la admiración de su hijo sino la de todos aquellos que la trataron", ya que "causó un tremendo impacto en la rígida y clasista sociedad inglesa de la época" por ser una mujer carente de los prejuicios de su tiempo. "Tenía tatuada una serpiente en su muñeca derecha y contrajo segundas nupcias con un hombre de la edad de Winston cuando enviudó", cuenta. Páez califica la relación de Churchill con sus padres de "agridulce", ya que, según afirma, "sus padres se relacionaron con él como solía hacerlo la clase alta inglesa en aquella época, más preocupada de sus pasiones y aficiones, que de educar a sus hijos".

La frenética dedicación política que exigió su cargo como primer ministro, puesto que ocupó en dos ocasiones, su vida familiar y sus inquietudes artísticas lo encumbraron a lo más alto, no sin esfuerzo y dedicación, hasta hacer de él un hombre que, según dice en las páginas de Mi juventud, podía contar con los dedos los días que no había tenido nada que hacer

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