Opinión

Suso, el de arriba

Isabel Sagüés | Viernes 16 de abril de 2010
La nieve que cubre el monte de San Lorenzo brilla al sol primaveral. Desde lejos aparece blanco, radiante, hermoso. El níveo manto cae, como un espejismo, sobre los robles y álamos del valle y sobre las piedras centenarias del monasterio de Yuso. Desde Nájera, la carretera cruza pequeños pueblos y enfila hacia un valle estrecho, verde por las lluvias invernales, con los árboles todavía desnudos de hojas, que desemboca a los píes de la sierra de la Demanda. El aire, todavía frio, azota los rostros de los cien turistas que visitan San Millán de la Cogolla, pero el día, promesa de la primavera, claro, luminoso, es un disfrute para los sentidos. Un día excepcional para visitar la que se dice cuna del castellano, al menos en lo que se refiere a una balbuciente lengua escrita.

En La Rioja, en el valle del río Cárdenas, en tierras de labrantío que no de viñedos, a 45 kilómetro de Logroño, se asienta de San Millán de la Cogolla, un humilde municipio que alberga los monasterios de Suso y Yuso, declarados patrimonios de la Humanidad en 1977 por su legado artístico, por su belleza paisajística y, muy especialmente, por su importancia lingüística y literaria. Del Scriptorium de Suso salió una de las colecciones de manuscritos y códices más notables de la Edad Media Española. En uno de ellos, un monje escribió las llamadas glosas emilianenses que son anotaciones aclaratorias en los márgenes de un manuscrito en latín. Esas glosas fueron escritas en romance, que no es otra cosa que los primeros balbuceos de la lengua castellana, un preccastellano poco avanzado respecto al latín. En Suso habitó también Gonzalo de Berceo, monje y primer poeta en castellano.

El conjunto monástico de San Millán de la Cogolla lo forman dos monasterios, llamados uno Suso, el de arriba, y el otro Yuso, el de abajo. El primero se remonta al siglo VI y se asienta en la ladera del monte, el segundo se inicia en el siglo XI porque el primigenio se ha quedado pequeño y se levanta en el valle. El origen del conjunto se explica necesariamente a partir de la vida de San Millán. Es el santo el que da nombre al valle y al pueblo, a las devociones y al monasterio. Según la tradición, en el siglo V d. C., en el periodo oscuro que dista entre la caída del Imperio Romano y la presencia de los Visigodos en España, la vida se hace difícil y el anacoretismo crece por doquier. En Berceo, nace en el 473 Aemilianus, Millán o Emiliano en romance, hijo de un pastor que muy joven decide hacerse eremita. Se cobija en unas cuevas a los píes de la sierra más cercana a su lugar de nacimiento. Allí vivió en una pequeña celda y murió a los 101 años. Se le enterró en una cueva excavada en el propio eremitorio.

Con el santo se inaugura la historia de Suso. Desde su muerte no para la afluencia de peregrinos por lo que el eremitorio va creciendo en importancia. Su cronología y las transformaciones constructivas que experimenta corren parejas a las distintas etapas religiosas. Poco después de la muerte del santo, la vida eremítica deja paso a la cenobítica y se construye la primera edificación, de la que se conservan los muros y varios arcos visigodos. Posteriormente llegará la vida monástica, y con ella el mozárabe y el románico. Destacó Suso desde sus comienzos en el aspecto cultural por su flamante escritorio y por el cruce de culturas que todavía es visible hoy en día.

Desde Yuso, un monasterio renacentista y barroco donde descansan las reliquias de San Millán desde el siglo XI, dos caminos conducen a Suso. Uno es peatonal: un hermoso paseo no exento de esfuerzo por el fuerte desnivel existente. Por el otro, transita un microbús que alcanza el cenobio en cinco minutos. Los coches particulares están prohibidos. Es la única manera de preservar tan singular paraje, tan extraordinaria obra humana y tan espléndido paisaje natural.

Al monasterio se accede por un pórtico rústico y arcaico que denota rasgos visigodos y que lleva a una galería, a modo de atrio, de arcos abiertos con columnas gemelas que sujetan unos interesantes capiteles. Datan del siglo X, cuando partiendo del cenobio visigodo se construye el monasterio mozárabe, consagrándose en 954 por García Sánchez I. El decorado del suelo, cantos rodados y ladrillos rojos que forman rosetas y esvásticas, es un trabajo mozárabe de principios del siglo XI. Desde el atrio, donde se encuentran las tumbas de Doña Toda, Doña Elvira, y Doña Ximena, reinas navarras, y la de los siete Infantes de Lara, se contempla una magnífica vista, un hermoso paisaje con la Sierra de la Demanda al fondo y la iglesia de Yuso que proyecta su sombra sobre la hierba recién nacida.

También de la época data la nave principal de la iglesia construida con bóvedas de estilo califal y arcos de herradura. En 1002, Almanzor incendió este monasterio desapareciendo con ello la decoración pictórica y estucos mozárabes. En 1030, Sancho III el Mayor de Navarra restaura el monasterio y lo amplia por el oeste añadiéndole dos arcos más de medio punto a los existentes de herradura. También cambia la situación del altar que se orienta al este. Por último, en los siglos XI y XII se realizan otras ampliaciones con muros y arcos de medio punto ante las primitivas cuevas del eremitorio, cuevas que aparecen frente a la puerta de entrada en el templo. La más oriental es la más antigua y probablemente la celda del santo hasta su muerte. En la de al lado, se conserva un cenotafio, en estilo románico, en donde se representa al santo en estatua yacente.

Suso es un conjunto singular, un templo irregular con dos naves en el que se entremezclan el arte visigodo, el mozárabe y el románico, un cenobio único, un recuerdo excepcional de una época de vaivenes y cambios en la que la cultura occidental y española fue tomando forma.

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