Mariana Urquijo Reguera | Sábado 17 de abril de 2010
En el folleto del teatro leí el otro día que cuando uno siente placer al volver a ver a alguien, es un indicio de que siente amor.
No había comenzado la representación y me quedé loca con esta reflexión. ¿Cómo es ese placer que nos recorre cuando nos reencontramos con alguien? ¿Cómo es ese placer que te recorre cuando escuchas la cerradura de casa que se abre anticipando la llegada de tu amor? Me puse a examinar esas sensaciones y a buscar en mis recuerdos esos momentos cuando se apagaron las luces y se subió el telón.
Hace años que ese instante de silencio lo vivo con una emoción inexpresable. Nada tiene que ver cuando en el cine comienzan a moverse en la pantalla las figuras de la publicidad a todo volumen aturdiendo hasta al más sordo. Ese silencio del teatro es el momento en el que no sabes nada, no sabes qué va a suceder, pero te imaginas a unos actores en número indefinido tras las bambalinas, respirando profundo, concentrándose, metiéndose en el cuerpo de otro antes de regalar al público sus gestos, su voz, un buen texto y en definitiva una rato en el que hacen de médiums hacia otro mundo, hacia otras vidas.
Nada tiene que ver con la ficción de una película, donde la textura de la piel y de la voz están perfectamente medidas. El montaje produce una obra completa y cerrada. En el teatro siempre es perfecta pero no es una obra, sino tantas como representaciones, y en el caso de los actores de “Por el placer de volver a verla” del canadiense Michel Tremblay, suman miles a ambos lados del charco Atlántico.
Durante dos horas Miguel Ángel Solá y Blanca Oteyza nos permiten ver, como si fuéramos voyeurs, los momentos y conversaciones íntimas de una madre y su hijo. Probablemente el hijo menor de esta madre, que despliega un peculiar carácter para enfrentarse a las durezas de la vida, a sus propias contradicciones y sobre todo, a sus propios deseos como mujer y madre, a los deseos de sus hijos y en concreto, de este hijo menor.
Una madre que me recuerda al universo de Almodóvar, una madre de hijo artista al que desde pequeño le deja soñar, le deja seguir sus deseos y realizarlos, aunque desde cierto punto de sus vidas, ella quede excluida de ese mundo que ha ayudado a construir.
El hijo escribirá esta obra para redimir este pecado capital: no haber incluido a su mecenas en el placer de ver, leer y escuchar sus primeras producciones teatrales. La obra la escribe y la narra este hijo artista que se convierte en teatrero, para que esta madre vuelva a ser la protagonista de la vida de este hijo. Y su vida es el teatro.
Le escribe una obra a su madre, para su madre, para que cumpla su sueño de ser la protagonista de dos horas en el escenario, dos horas en las que se suspende la realidad tanto de los actores en cuanto personas, como la de los espectadores. El efecto es una suspensión general de la identidad personal que se sustituye por la acción de la escena. Cada uno olvida sí mismo y se sumerge en los personajes, en sus sentimientos y en la acción. Un lujo que la vida diaria y las exigencias sociales no suelen permitirnos: descansar de nosotros mismos y dejarnos soñar y vivir con otros, a través de otros.
Pero todo esto sucede cuando su querida madre ha muerto. El hijo revive a la madre en las tablas para volver a verla, para que sus recuerdos sean más vivos, para que revivan en la carne de los actores. El hijo cumple el sueño de la madre después de muerta.
Hijo y madre nos enseñan sus intimidades a lo largo de varias escenas en las que predominan sus diálogos sobre literatura, sobre el poder, la religión y el teatro. La risa que predomina en la obra crea una empatía enorme con los personajes. Para cuando llega la muerte el público llora, gime y se seca las lágrimas.
El texto sin embargo no acaba ahí, plantea una reflexión sobre la función del teatro, su magia, su atractivo, aquello que durante 25 siglos ha hecho a los seres humanos seguir haciendo historias para llevarlas a las tablas y buscar la katarsis, ¿pero cuál es la katarsis de “Por el placer de volver a verla”?
El autor está en una posición que un psicoanalista no dudaría en llamar, claramente, edípica. La madre como ídolo, la madre como referente, la madre a la que se le debe todo, la madre cómplice, la madre amiga, compañera. Pero un Edipo de artista es peculiar como Edipo, porque la creación artística ayuda a sublimar los instintos que el común de los mortales lucha por canalizar y satisfacer en cierta medida y de cualquier modo. La sublimación de este hijo menor con vocación de artista es dedicarle una obra a la madre de su Edipo, cerrando el círculo y proclamando al mundo entero su amor incondicional, su amor eterno, más allá de la vida y de la muerte, su amor a su primera mujer, a la única: la madre.
Y si, el teatro llora, porque cada uno revisa su relación con su Edipo, sus injusticias, sus canalladas, sus egoísmos. La trampa está en que este Edipo no está superado, este artista no ha pasado del amor de madre al amor de mujer, por eso su madre es divina, es su diosa y se convierte en la censura del espectador.
El placer de revivir el pasado perdido, el placer de volver a vivir lo que el tiempo dejó atrás es el placer de soñar que se pueden saldar cuentas con el ayer, más allá de la muerte. Proponer esta hazaña a un público falto de reflexión sobre sus afectos y sus emociones, falto de psicoanálisis, falto de amor sano es una hazaña propia del teatro.
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