Domingo 18 de abril de 2010
La cansina polémica sobre el uso del “hiyab” o velo islámico en instituciones oficiales ha vuelto a surgir, esta vez en Madrid, donde la alumna de un instituto ha sido apartada por no querer quitárselo. No ayuda mucho tampoco la actitud de sus padres, verdaderos motores de la rebeldía de la menor. Argumentos tales como “otros llevan “piercigns” o el pelo de colores y nadie les dice nada” se caen por su propio peso. Nada que objetar al gusto personal de cada uno a la hora de elegir su indumentaria; esa es precisamente una de las ventajas de vivir en el marco de un régimen pleno de libertades, como el que se disfruta en Europa. No así en países de corte islámico donde, por poner un ejemplo reciente, una periodista sudanesa fue sentenciada a recibir una buena tanda de latigazos por faltar al decoro con su vestimenta. Su “crimen”, llevar pantalones. Qué decir de Irán o Afganistán, donde aquella mujer que no lleve el “chador” o la infame “burka” se expone a un severo castigo físico -que, en el caso de Afganistán le puede acarrear incluso la muerte por lapidación-.
Precisamente por todo ello el velo no es una mera prenda de vestir más. Quien lo lleva asume de buen grado una serie de condicionantes implícitos que no dejan en muy buena posición el papel de la mujer como sujeto pleno de derechos y obligaciones. Ni los judíos tiene ya obligación de llevar siempre la “kipá”, ni las mujeres católicas han de ir a misa tocadas con mantilla; las religiones evolucionan, como no puede ser de otra manera. En España, como en el resto de países de la Unión Europea, existe libertad de cultos. En base a ella, cualquiera puede optar por la creencia que estime oportuna, siempre y cuando siga las reglas de juego mínimas para una óptima convivencia. Los colegios en los países occidentales son variados y plurales y, por ello, libres de establecer sus reglas de comportamiento y vestimenta, como por ejemplo aquellos que exigen un determinado uniforme. Quien no le guste, puede optar por matricularse en otro centro. Es muy sencillo, de hecho: tanto como para no seguir creando polémicas tan estériles como perniciosas.