Opinión

Lágrimas del Juli

José Suárez-Inclán | Lunes 19 de abril de 2010
Con ganas, casi con rabia, se le había afilado el gesto a Julián López: se le había puesto cara de Juli. Los que lo miden todo anotaron un dato definitivo: el torero había hecho el paseíllo ganando medio pie cada dos pasos, en unos segundos menos de su ritmo habitual. Pero otros medidores, igualmente inapelables, refutaron esta tesis: lo hizo como siempre, en el tiempo de siempre: pero aplastando la arena, pisando con más rotundidad. En lo que todos estuvieron de acuerdo es en que lo hizo con la cara afilada.

Despacioso y encajado con el capote, recibió al primer toro de El Ventorrillo devolviéndole la dulzura que el animal mostraba, la que se merecía. Verónicas de cadencia y de cadera, chicuelinas alternadas con tafalleras bajas, garbo y trazo sabroso, la pierna adelante, el toro entregado. El astado acompaña, la cosa promete. Un fondo inmóvil de paraguas abiertos escucha, como una extensa cinta, circular y silenciosa, las voces de los banderilleros: ¡je, ahe, ejeeh, ja, jaa! Y Julián, muy seguro, con firmeza arcaica, muleta al frente, empieza a bailarle la cintura al toro. Limpieza de cristal, temple de río. Lleva el toro un estoconazo fulminante en la yema y muere en un relámpago, sin tiempo a dolerse.

Han arrastrado al toro hace ya tres minutos y el público sigue con los pañuelos agitados, grita pidiendo la segunda oreja. ¡Fuera, fuera! El presidente, en imagen patética, disfrutaba —imperturbable y estático— de unos segundos de poder, desbaratando los deseos de los aficionados. Hubo de claudicar, tal vez de compensar, en el segundo toro de Julián: un castaño grandullón, brusco y complicado, bravo también, que comenzó empeñado en dificultar las cosas y terminó lamiendo la muleta en circulares interminables. Porque El Juli tenía un empeño aún mayor, y había cargado su corazón de sabiduría, sus muñecas de templanza, sus miembros de garbo. Y se le había afilado la cara. Y la espada entraba rápida en lo alto. Dos orejas. El Juli las mostraba con lágrimas de alegría, abrazaba al apoderado, al puntillero, al aire… Lágrimas del Juli para un día largamente soñado, largamente trabajado, largamente toreado. Y matado.

Cuando sale en hombros las manos tocan el oro, la seda, los alamares; las manos se contagian del toreo, de este arte misterioso de fuego, antiguo, inexplicable… en la boca de la Puerta del Príncipe.

Estos días de lluvia en la arena dorada de la plaza.

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