Alejandro Muñoz-Alonso | Lunes 19 de abril de 2010
Después de seis penosos años, Zapatero ha demostrado sobradamente su incompetencia como gobernante, pero debe reconocerse que sabe muy bien lo que quiere y que lo persigue denodadamente sin apartarse ni un ápice de lo que, sin duda, es un guión preestablecido. En muchas ocasiones ha quedado muy claro que su modelo político es la II República y ha reconocido como suyos los valores y, sobre todo, el estilo político de aquel régimen fracasado en el que –en contra de lo que dice una insistente campaña de desinformación y engaño- los auténticos demócratas no existían o eran muy escasos, tanto en la izquierda como en la derecha. Sus exiguas y, seguramente, unilaterales lecturas de aquel triste periodo y el atiborramiento de la propaganda sobre todo aquello con que los aparatos “culturales” de la izquierda han inundado a los españoles le han llevado a una visión “idílica” y, desde luego, errónea de aquel malhadado régimen.
Lo curioso es que, en vez de intentar aprender de los errores que entonces se cometieron, para no volver a repetirlos, Zapatero, desde antes incluso de ganar las elecciones de 2004, sigue al pie de la letra las trazas de aquel PSOE revolucionario, incapaz de entender y aceptar el pluralismo y la alternancia, sin los cuales no hay democracia. Y ha hecho suya la misma estrategia de exclusión y aniquilación de la odiada derecha, por el expeditivo procedimiento de colocarla la etiqueta de “fascista”. Se opusieron entonces a que la derecha gobernara después de que ganó las elecciones de 1933 y en 1934 desencadenaron una fracasada revolución. Finalmente, aplicaron la estrategia del terror y del miedo y falsificaron las elecciones de 1936, como ha demostrado Stanley Payne, entre otros. España se hundió en la tragedia, en una guerra que no fue un enfrentamiento de buenos contra malos, porque de ambas categorías había en los dos bandos, ni de fascistas contra demócratas, porque a éstos habría que haberlos buscado con lupa.
Todo lo que ha pasado en estos seis años y lo que continúa pasando, muestra cómo Zapatero persiste en su estrategia de exclusión, cuya primera exigencia es dinamitar el espíritu y el legado de la Transición, que se colocó, precisamente, en la antítesis de la exclusión al propiciar la reconciliación. La ley de Memoria Histórica no tuvo más finalidad que la de volver a un falso guerracivilismo, por el engañoso procedimiento de identificar a la actual izquierda con aquellos pobres “demócratas” derrotados, mientras que al actual centro-derecha español –nacido con la democracia y que en su actual configuración como Partido Popular no tiene más de veinte años- se le identifica con los vencedores y con los horrores de aquel tiempo pasado que, desgraciadamente, existieron pero de los que hay que responsabilizar a los de entonces, tanto a los de un lado como a los del otro.
Al servicio de esa estrategia de la exclusión es ciertamente escandaloso comprobar cómo se sabotea a la misma Constitución, que es la encarnación de todo cuanto significó la Transición, que fue mucho y bueno para España. La actitud de Zapatero y su Gobierno ante el Estatuto de Cataluña es bien expresiva al respecto. Se presiona desvergonzadamente al TC y desde el socialismo catalán, teóricamente parte del partido gobernante, se amenaza con la rebelión abierta. Una triste constatación de que aquí el Estado de Derecho ha dejado de ser una realidad viva. Es bien significativo que en una institución como esa, fuertemente politizada y cuya presidenta soporta broncas en público de la número dos del Gobierno (a saber lo que tendrá que aguantar en privado ella y sus colegas) haya todavía, por fortuna, un remanente de seriedad y de respeto a la letra y el espíritu de la Constitución, en virtud del cual una mayoría de sus componentes no acepta comulgar con ruedas de molino, avalando lo que supone una ruptura descarada del sistema de 1978.
La campaña que se está haciendo contra el Tribunal Supremo por las tres causas abiertas contra el juez Garzón (¿por qué le tiene tanto miedo el Gobierno?) desde la televisión oficial y todos los medios de obediencia socialista, está en la misma línea. Se ataca a las instituciones del Estado de Derecho porque se sabe que es ese un procedimiento que, necesariamente, produce división ya que la parte sana de la sociedad no va a tolerar ese sabotaje. Y si en pleno batiburrillo aparece un pequeño partido extraparlamentario llamado Falange (ni más ni menos demócrata que Carrillo, sus comunistas y una buena parte del socialismo radical), ya tenemos todos los ingredientes para llevar la desinformación hasta el extremo: Siempre habrá quien se crea todas las patrañas de los blancos. las pajines y todos los epígonos del monclovita. Tristemente, se repite el fracasado modelo de los años treinta del pasado siglo. Entonces fue el PSOE quien primero se enfrentó contra la República, simplemente porque había perdido las elecciones. Ahora es el PSOE gobernante quien, practicando la misma estrategia y dinamitando al sistema desde dentro, está dispuesto a hacer lo que sea para no perder las elecciones. Nadie habla de democracia más que ellos, nadie también la erosiona todos los días como ellos.
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