Concha D’Olhaberriague | Martes 20 de abril de 2010
El 30 de enero de 1901 tuvo lugar en el Teatro Español de Madrid el estreno del drama en cinco actos Electra del popular escritor canario, autor de Fortunata y Jacinta y los Episodios Nacionales, Benito Pérez Galdós.
Acudieron a la presentación los escritores del 98 y gran número de notables de todas las esferas.
El acontecimiento provocó una trifulca formidable. Estaba candente el llamado Caso Ubao que, a la sazón, dilucidaban los tribunales de justicia. Concernía el asunto a una joven bilbaína, de familia adinerada y menor de edad, huida de su casa e inducida por un jesuita a entrar en un convento madrileño.
Los padres reclamaron por vía judicial a su hija, mas su demanda fue denegada en primera instancia.
El debate estaba en boca de todos, máxime tras hacerse cargo de la apelación familiar Nicolás Salmerón, ex Presidente brevísimo de la Primera República y titular de la cátedra de Metafísica que luego ganó José Ortega y Gasset.
Con los ánimos exaltados en grado sumo y dividida la opinión pública, se pone en escena la obra de Galdós, cuya protagonista, homónima de la griega hija de Clitemestra, es una huérfana –de padre desconocido y madre soltera, llamada para colmo Eleuteria, es decir, libertad-, recogida de las ursulinas por unos tíos que la llevan a su palacio de Madrid.
Electra, ingenua y alegre, se deja querer por su primo Máximo, hombre progresista consagrado a la ciencia y el estudio; pero se interpone Salvador Pantoja, avieso clérigo quien, so pretexto de custodiarla y dirigir sus pasos, no duda en mentir diciéndole que tiene que dejar de ver a su pretendiente ya que es su hermano, y todo con la intención de apartarla del pecado y recluirla en un convento.
Con tales prolegómenos, el público expresó en sus butacas, por anticipado, el veredicto del litigio real aún por fallar. Luego se encrespó más y más el ambiente, se enzarzaron partidarios y detractores, y el revuelo y sus ecos duraron años.
Emilia Pardo Bazán cuenta en un artículo el incidente ocurrido en el registro civil de Valencia entre el padre de una recién nacida, a la cual quería inscribir con el nombre de Electra en honor a la heroína galdosiana, y el funcionario que recusó hacerlo, hasta que llegó una orden de la autoridad dando el visto bueno.
A su vez, Pío Baroja, testigo presencial, consigna en sus memorias el grito de ¡ abajo los jesuitas! proferido por un entusiasta Ramiro de Maeztu desde el paraíso del teatro y la frialdad con la que escribió Azorín su crónica del Madrid Cómico. A la salida- recuerda-, se formó una manifestación desordenada por las calles vecinas al grito de ¡viva Galdós y mueran los clericales!
En 2001, el Cabildo de Gran Canaria conmemoró el centenario de aquel suceso tan sonado con una exposición, y, casi diez años después, la ciudad natal de Galdós anuncia, por boca de su alcalde, Jerónimo Saavedra, el próximo estreno de una versión escrita por Francisco Nieva, dramaturgo culto e imaginativo y buen conocedor de don Benito cuya Casandra ya adaptó con talento. Posteriormente se representará en el mismo escenario de la batahola de antaño, el Español de Madrid.
Habrá ocasión, así, de saber si merece la pena la recuperación y la pieza tiene enjundia literaria y vuelo dramático o tan sólo rememora la algarada anticlerical.
Ha transcurrido más de un siglo. En los teatros ya no se da rienda suelta a las pasiones ni tan siquiera se patea ni abuchea por más que se perpetren ocurrencias papanatiles y cursiloides o simplezas politiqueras de la peor laya.
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