Luis María ANSON | Miércoles 21 de abril de 2010
El presidente del Gobierno no quiere que le canten las cuarenta en el Congreso de los Diputados. Le aterra que populares y comunistas le hagan la pinza desenmascarando sus vergüenzas en Afganistán. Se ha metido hasta las cejas en una guerra absurda. Y todo para recibir la limosna de un halago circunstancial de Obama.
Es verdad que Aznar apoyó la guerra contra Iraq. Pero no participó en ella. Ni un soldado español combatió en aquella contienda. Al concluir la guerra, el Consejo de Seguridad de la ONU solicitó la ayuda para la paz y reconstrucción del país. La respuesta fue generosa. Treinta naciones, entre ellas España, decidieron enviar tropas para garantizar la paz y contribuir a la reconstrucción de Iraq. Esas tropas fueron retiradas por José Luis Rodríguez Zapatero. A mí me pareció una medida acertada, porque eufemismos aparte aquello era una guerra, y todas las guerras son un desastre, pero la retirada española se hizo con precipitación y sin guardar las normas internacionales, lo que provocó el aislamiento de la España zapatética. Internacionalmente nos convertimos en unos apestados.
Zapatero decidió solucionar el problema arrodillándose ante Obama. El presidente americano le exigió ayuda en Guantánamo y más soldados en Afganistán. Zapatero cedió. Y, claro, ahora no quiere comparecer en el Congreso porque, si la oposición sabe tratar el asunto, resultará muy difícil que el presidente circunflejo y Carmina Chacón, la redomada pacifista de otros tiempos, puedan explicar por qué estamos enzarzados en la peligrosa guerra de Afganistán.
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