Alicia Huerta | Miércoles 21 de abril de 2010
Fin del misterio. Así titula una revista el reportaje que sobre la mujer de Zapatero ha publicado en su edición de mayo, pero lo cierto es que las cosas que sobre ella se “descubren” a través de las declaraciones de sus amigos más cercanos, autorizados expresamente por la propia Sonsoles para contar lo que ella no cuenta, lejos de sorprender o aclarar misterio alguno, simplemente confirman lo que su fría y distante actitud, desde que llegó a La Moncloa, ya nos había dejado claro a todos.
Por ejemplo, lo de que pasa enormemente de la política. En esto, lo primero que hay que hacer puede que sea alabarle el gusto y, al final, seguro que mucho mejor para ella porque, de esa forma, anda que no se habrá evitado disgustos. En todo caso, es de suponer que, aunque no le interese meterse en política, sí que padecerá por su cónyuge, quizás igual que la valerosa mujer de un torero a la que no convence eso de la Fiesta Nacional. ¿O será más bien un padecimiento tipo mujer de futbolista que aborrece el deporte rey? El caso es que a Sonsoles Espinosa, por mucho que nos quieran vender lo contrario, no la envuelve un atractivo y sugerente halo de misterio, sino que estamos ya tan acostumbrados a su proverbial ausencia que, simplemente, se ha convertido en invisible.
Ha conseguido que la sorpresa sea encontrarla en algún acto oficial acompañando a su marido, y no al revés. Aunque eso que cuentan los “amigos autorizados” de que en Madrid se siente encerrada y no sale a la calle por miedo a que la reconozcan, ya pasa de timidez aguda o de defensa recalcitrante de su intimidad. Más bien, huele a chamusquina. Ya lo dijo Victoria Beckham, alias la pija, Madrid huele a ajo. Será por eso que una de las entrevistadas asegura que Sonsoles en la capital se siente como en una “sartén hirviendo”. Menos mal que podemos estar tranquilos, porque a Sonsoles, como a Ingrid, siempre les quedará París. Esos inmensos bulevares por los que adora pasear. Incluso Barcelona, que allí la butifarra no debe oler tanto. Por cierto, ¿a Victoria le gusta el futbol?
Pero, sobre todo, lo que a Sonsoles le quedará siempre es León, aunque nos enteremos ahora con estupor, por fin una sorpresa, que allí también trata de esconderse debajo de las piedras. Lo cuenta con naturalidad el sacerdote que casó al matrimonio presidencial y con quien Sonsoles se encuentra cuando viaja a León. “Yo le aconsejo que no sea temerosa, pero no me hace caso”, relata el hombre a la revista, autorizado o no. Y es que Sonsoles es una artista, una soprano de profesión, admiradora de Pavarotti y de Cecilia Bartoli, a quien lo que de verdad interesa son sus actuaciones corales, aunque tampoco en ellas quiera verse sorprendida por cámaras o micrófonos que nada tengan que ver con la actuación propiamente dicha. Y es precisamente su trabajo en el coro, además, el que le permite viajar, únicas ocasiones en las que se puede de verdad ver a Sonsoles relajada, como cuenta su querida amiga Elena Benarroch. Una pena que su marido no tenga oído.
TEMAS RELACIONADOS: