Andrés de Blas | Sábado 08 de marzo de 2008
En el día en que se celebran las elecciones legislativas en España, una de las hipótesis planteadas sobre su resultado es la posibilidad de que pudieran dar paso a un gobierno de coalición entre el PP y el PSOE. Y el orden en que se mencionan los partidos candidatos a la coalición, tiene la justificación a que más adelante se alude.
La gran coalición sería el resultado lógico de unos resultados electorales que reflejaran un equilibrio de representación entre socialistas y populares. Además de posible, se trataría de una opción de gobierno con poderosas razones a su favor: el entendimiento de los principales partidos españoles es visto por muchos observadores como la única posibilidad de encauzar el problema de la estructura territorial de nuestro Estado, ayudando igualmente a la solución de otros problemas con que en el momento actual se enfrenta nuestro país. Es verdad que los efectos positivos del entendimiento entre el PP y el PSOE podrían lograrse por otras vías. Pero si los resultados electorales lo permiten, no debería desperdiciarse la oportunidad más sólida de coordinación entre el centro-izquierda y el centro-derecha para hacer frente a las grandes cuestiones (política territorial, lucha contra el terrorismo, enfrentamiento a una eventual recesión económica, líneas básicas de la política exterior) dominantes hoy en la política española.
El requisito para esta gran coalición sería un resultado electoral de empate técnico, en que, sin embargo, la mayoría relativa, por mínima que fuera, correspondiera al PP. En primer lugar, porque el PP parece mejor dispuesto a esta solución. En segundo, porque el PP carece de posibilidades de alianza con los partidos nacionalistas. Y en tercer lugar, porque no es desdeñable la hipótesis de que un PSOE con mayoría mínima de escaños en relación al PP, esté dispuesto a la alianza con las fuerzas políticas nacionalistas. Mi impresión es que la alianza del PSOE con los nacionalistas no sería posible con un número de escaños inferior a los del PP, porque no lo acepta CiU y porque tendría una mala acogida por la gran mayoría del electorado. Habría de ser un gobierno de coalición no necesariamente integrado por Mariano Rajoy y José Luis Rodríguez Zapatero. La dinámica política de estos últimos años quizá hiciera aconsejable la emergencia de otros dirigentes del PP y el PSOE que hiciera más fácil la sintonía necesaria para la fórmula política a ensayar.
No creo que éste sea un mal resultado para las elecciones que hoy se celebran. Se trataría de hacer de la necesidad virtud, en la confianza de que no por ello la virtud habría de difuminarse. Lo importante es ver la hipótesis no como la consecuencia de una fatalidad, sino como una oportunidad para enfrentarse con mayor eficacia a los problemas de España. De momento, sería suficiente pensar en la gran coalición como en una hipótesis de recibo y no como en un instrumento de excepción. Porque la misma podría ser la fórmula más conforme con una determinada opción de comportamiento electoral y más ajustada a las necesidades de nuestra vida política.
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