Opinión

Ejército y democracia (y 2)

José Manuel Cuenca Toribio | Jueves 22 de abril de 2010
Un matusalénico habitante de Sirio que, tras un periodo no demasiado largo, volviese ahora a contemplar la faz de España refrendaría contundentemente el análisis de los sociólogos que ven en ella a la nación del Viejo Continente más afectada por el cambio acelerado –en ciertos casos, trepidante- durante el último medio siglo. Y, en tal paisaje, pocos ejemplos de mayor fuerza simbólica y real que el ofrecido por la actitud de los habitantes del viejo país ante la guerra. Uno de los pueblos más belicosos del planeta, cuya realidad histórica responde esencialmente al antagonismo permanente cara a un otro interno o externo –enemigo o adversario- al que se desea aniquilar por razones de dominio o defensa, descubre hodierno una fisonomía social y cultural en la que es muy arduo encontrar alguna huella significativa de la que, durante milenios, fuese una presencia absorbente. Un pacifismo a ultranza recorre la mentalidad y la articulación social de la única colectividad europea en la que, al día siguiente de la supresión del servicio militar obligatorio –durante decenios decisivos columna vertebral de la construcción de su identidad contemporánea-, sus ejércitos debían apelar a los residentes extranjeros para cubrir –muy a la baja en determinados Cuerpos- las mínimas exigencias de dotación. Fenómeno, sin duda, de capital trascendencia, merecedor de un estudio de ancho radio que aquí, por obvias razones, no cabe ni siquiera esbozar.

No obstante, desde una perspectiva histórica, es fácil entender que, junto a la ardiente ideología pacifista difundida entre las jóvenes generaciones por la intensa propagación del pensamiento de la revolución de 1968, la neutralidad española en las dos conflagraciones mundiales de la centuria pasada y su consiguiente marginación de las terribles secuelas provocadas por aquéllas contribuyesen poderosamente al alejamiento de un horizonte bélico en su juventud y a una sensibilidad, en algunos casos, tremente por la causa de la paz. De influjo de menor vitola conceptual, pero no por ello quizá de menos importancia en la cosmovisión antibelicista de la población juvenil española de las últimas hornadas, se revela –, insistamos, a escala doméstica- su rechazo frontal ante el legado y la memoria de la contienda civil de 1936-39, único conflicto dirimido en su propio territorio por el país a lo largo del siglo XX. Sus devastadoras consecuencias en todos los planos de la existencia nacional es lógico que, concurrentemente a los factores ya indicados, hicieran anidar en el espíritu de dichos sectores un repudio visceral del hecho bélico en cualesquiera de sus manifestaciones. De tan poderosa corriente, pues, nace la marea inundatoria que, a la fecha, se erige en una de las constantes más firmes de la comunidad hispana, en abierto contraste, cuando no en franca oposición, con uno de los rasgos más configuradores de su pasado, incluso del reciente.

Abundantes desfiles y paradas de los “tres Ejércitos”, peralte y sobredimensión de los aspectos bélicos de los capítulos más difundidos del pasado del lado de libros de texto y una subvencionada literatura castrense y otras actividades de igual tenor no cejarían, durante los calificados por sus adversarios “como los años de plomo” de nuestro reciente pasado, en perpetuar una visión de la historia y un concepto de nación en franca retirada ante corrientes sociales con muy superior fuerza configuradora.

Restablecida la democracia, España sería el país de la Europa occidental en que el rechazo del servicio militar obligatorio –gran conquista en otro tiempo de una sociedad igualitaria- por parte de la juventud alcanzara niveles más elevados: cerca de un millón de objetores, cuarenta mil insumisos. Toda la publicística y la producción de los sectores audiovisuales se caracterizaron en algún periodo de la Transición por su uniformidad y monolitismo antimilitaristas. Al tiempo que uno de los novelistas de mayor ascendiente en el terreno narrativo como en el de la construcción de una ideología a tono con los tiempos consolidaba su precoz fama con una sátira despiadada “del ardor guerrero” impartido en los coletazos del servicio militar, otro director y autor teatral de no menor relieve e influjo atesoraba una popularidad semejante en la intelligentzia y la juventud del país. Héroes y villanos no se reclutaban ya en el mismo campo que a lo largo de siglos. La renitencia ofrecida en los postreros decenios de la centuria por el líder y gran parte de la dirigencia de su partido a la apremiante supresión de un modelo militar que mirase en gran parte de su andadura como “social y progresista”, y su liquidación trastabilleada y alhacarienta, en las fechas liminares, del novecientos por un gobierno conservador, pusieron a la luz no sólo las contradicciones de la política de una época y el absoluto desconcierto de las elites castrenses, sino también –y primordialmente- la almoneda de una herencia digna de mejor administración.

Y en pocos terrenos se necesitará para ello un escalpelo a la vez más sereno y severo que en la definición de las fuerzas armadas en una sociedad como la española, hodierna tan desprovista de elementos cohesionadores. Ni los aportados por la conciencia de la historia común y de la identidad nacional ni los generados por una visión de futuro integradora y mayoritariamente compartida concurren a tal cometido en un estamento singularmente sensible a la vibración sentimental. Acaso la vivencia profunda de un profesionalismo a ultranza del lado de los integrantes del ejército supla y baste para compensar o sustituir el ideario antecitado. Pero los peligros y dificultades, como ha recordado, por ejemplo, recientemente Felipe González, son muchos, mas no, claro, insuperables. Su solución exige ante todo la reafirmación del carácter estricta y absorbentemente militar y castrense de la institución, nacida y crecida al calor exclusivo de la defensa armada de la comunidad.

En la avanzada, probablemente, hoy entre las naciones de su entorno en el entusiasmo pacifista, España se encuentra aún necesitada de una cultura de la paz arquitrabada y bien implementada en las exigencias ineludibles de una idea de defensa en un país de posición geográfica y legado histórico de indiscutible vetas bélicas. La paz, bien supremo a escala individual, estatal y ecuménica, requiere, en el despegar del III milenio, la misma dosis de prudencia y riesgo que en los días más alciónicos -muy escasos, por lo demás, en el calendario de la historia- de la aventura humana. Las generaciones actuales no constituyen el último eslabón de la cadena de los hombres y mujeres que hicieron a España y acaso tampoco la más avisada y refulgente. Si vis pacen, para bellum: Hay apotegmas a los que el correr del tiempo no los devalúa.

TEMAS RELACIONADOS: