Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 23 de abril de 2010
Sobre el genial poeta Miguel Hernández, de juventud asombrosamente sabia y trágica, quiero escribir algunas reflexiones que sin duda alguna serán soslayadas por la cultura oficial que, con absoluta seguridad, convertirá – como ya ha convertido desde hace muchos años – al inspirado vate de Orihuela en una alfombra de los pasillos del poder, en una alfombra que como las alfombras voladoras cantará lo que quieran que cante. ¡Ay de los muertos geniales cuya inmarcesible memoria secuestran los ignaros y voraces partidos políticos!
Pues bien, si uno relee la poesía y prosa de guerra de Miguel Hernández, publicada ya hace treinta años con gran escrúpulo y gran aparato crítico, lo que más se destaca en ella – a diferencia de la de Rafael Alberti, un verdadero poeta ciclópeo – es el hondo e intensísimo patriotismo del poeta alicantino. Pocos poetas del siglo XX han amado con ese ímpetu de fortaleza juvenil y cándida honradez a España. Tan grande, tan hermoso, tan estremecedor es el amor a España de Miguel Hernández que si secluyésemos las imágenes patrióticas del contexto bélico del poema o epýlion, de la circunstancia de la batalla, observaríamos con estupor que los “otros”, los poetas del enemigo, básicamente los falangistas y algún monárquico resolutivo, usaban imágenes sobre la grandeza de España casi iguales a las de Miguel Hernández, y en el casi se señala sólo el valor de la forma egregia de la acuñación verbal feliz, y no del sentido patriótico, que es exactamente el mismo. Léanse textos de Rafael Sánchez Mazas, de José María Pemán, o de Dionisio Ridruejo, Luys Santamarina, Ángel María Pascual Viscor, Agustín de Foxá y otros garcilasistas, y veremos que el amor a España, un encendido y serio – por lo hondo – amor a España está presente de forma sublime por las felices acuñaciones formales tanto en uno de los poetas más excelsos del bando republicano como en buena parte de los escritores falangistas, demostrándose con ello – en contra de la visión franquista, por cierto, y quizás también zapaterista – que el amor a España latió con la misma fuerza – si no mayor – en los pechos de los republicanos leales que en los de los sublevados ( o autodenominados “nacionales”, que también tiene guasa esa etiqueta política, pues desde luego fue más nacional – nacionalísimo – un Miguel Hernández que un general sanguinario y violador como Mohammed ben Mizzian ).
“Nunca medraron los bueyes
en los páramos de España.
¿Quién habló de echar un yugo
sobre el cuello de esta raza?
¿Quién ha puesto al huracán
jamás ni yugos ni trabas,
ni quién al rayo detuvo
prisionero en una jaula?”
Otra cuestión que será soslayada es la contundente antropología cristiana que late en la obra poética de Miguel Hernández. Pues además de sus preciosos poemas a la Virgen María, tres de los cuales aparecen incluso en El Rayo que no cesa, cuando en 1933 publicó su auto sacramental Quién te ha visto y quien te ve o Sombra de lo que eres, que parece un objeto teatral sacado del taller del Siglo de Oro de Agustín Moreto, en el que el hombre es visto como una débil criatura que está a merced de los placeres fugaces de la vida y a quien sólo puede redimir el “Buen Trabajador”, que en un nivel es el campesino, en otro es la industria y la austeridad y en un tercero es Cristo, está fijando a la vez de forma vitalicia una antropología, o mejor, una antropodicea, que fundamenta moralmente su arte, un compromiso estético con el hombre. Y ese fundamento moral es de cristalina raíz cristiana. No se atisba ni una brizna de materialismo amoral de corte marxista en toda la obra de Miguel Hernández. Porque fue (es) un poeta hondamente cristiano. El auto sacramental citado representa la apoteosis de la Eucaristía, la entrega total de Cristo al hombre sufriente, el encomio del vino, como elemento material que puede ser transubstanciado en la sangre de Cristo, sanguinis novi et aeterni testamenti. Catolicismo puro con algunos guiños a San Juan de la Cruz y al Cantar de los Cantares.
Descanse en paz el poeta de Orihuela, lleno de patriotismo verdadero y viva espiritualidad, que de no haber sido criminalmente abandonado enfermo en la cárcel, un neumotórax de la época le hubiese salvado la vida.
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