Opinión

Buena Educación en España, una cuestión de Estado

Sábado 24 de abril de 2010
Al final no ha podido ser. Los esfuerzos por lograr un gran pacto en materia educativa han resultado baldíos, toda vez que José Luis Rodríguez Zapatero, fiel a su doctrina personal, ha seguido optando por el nacionalismo provinciano en detrimento de su socio constituyente natural, el PP. Así las cosas, nada puede reprocharse a los populares en lo que se refiere a su voluntad de acuerdo. En una negociación todas las partes han de ceder, salvo en aquellos aspectos que consideran básicos. En el caso del Partido Popular, su caballo de batalla no era otro que el garantizar por ley que los alumnos de toda España conociesen el castellano antes de finalizar la Enseñanza Secundaria Obligatoria -ESO-; algo, por lo demás, cargado de lógica. No tanto por la lengua de Cervantes, que se defiende muy bien y se expande aceleradamente por si sola, sino por el futuro de los jóvenes vascos, catalanes y gallegos cuyo horizonte cultural y laboral amenaza con empequeñecerse gravemente.

A quien se le diga que en un país cualquiera su gobierno se niega a legislar para que los menores en edad escolar dominen el idioma oficial pensará que se trata de una broma, y además sin gracia ninguna. Pero no lo es. Desde que José Luis Rodríguez Zapatero llegó al poder, no sólo no ha potenciado la defensa de un patrimonio cultural tan importante como es el castellano, sino que ha mirado hacia otro lado ante los continuos ataques que ha sufrido por parte de los nacionalistas. Esos mismos nacionalistas que le presionaron -aunque, en honor a la verdad, tampoco hizo falta mucha presión- para que retirase la Ley de Calidad de la Enseñanza auspiciada por el anterior Ejecutivo de José María Aznar. Y esos nacionalismos -con la cooperación necesaria del PSOE-que se oponen a algo tan básico como que cada familia escoja el idioma en el que han de educarse sus hijos.

El talante inicial del ministro de Educación, Angel Gabilondo, no ha sido suficiente. Es un hecho que, salvo honrosas excepciones, la composición del actual gabinete ministerial es de perfil bajo precisamente para evitar que sus titulares impongan un criterio determinado. La partitura se escribe en Moncloa y los ministros no han de salirse una sola nota de ella; la prueba evidente son los “trágala” a que ha de hacer frente casi a diario Elena Salgado ante las ocurrencias económicas del entorno del Presidente. Igual que en materia educativa: no interesa una Educación de calidad, porque eso implicaría abordar el asunto de la lengua y eso es tabú para el nacionalismo. Tampoco interesa dotar de autoridad a la figura del maestro; la izquierda tiene sus complejos, y es en este aspecto donde afloran con mayor demagogia y resentimiento. Aún así, parece que todavía es posible un nuevo acercamiento. Ojalá, por el bien de España. Pero en esta ocasión, debe ser el PSOE quien reflexione, que no ceda. Porque defender al castellano no es hacer una concesión a la derecha sino una inversión en el futuro de los jóvenes españoles y también en el propio español como lengua universal.

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