Opinión

De nuevo, Alice Liddell

David Felipe Arranz | Sábado 24 de abril de 2010
Con la peregrina excusa del estreno de la película de Tim Burton, resulta tentador volver tras los pasos de Alicia y cometer alguna chiquillada sobrevolando las páginas que conducen al País de las Maravillas y, a través del espejo, saltar de cuadro en cuadro en el juego de ajedrez, hasta llegar a la del rey, pura alegoría de la vida. “Dejadme añadir –pues siento que me he dejado llevar por una vena demasiado grave para el prefacio de un cuento de hadas– la observación deliciosamente ingenua de una niña amiga muy querida, a quien pregunté, al cabo de dos o tres días de trato, si había leído Alicia y A través del espejo. ‘¡Oh, sí –replicó enseguida–, he leído los dos! Y creo –prosiguió con reflexiva lentitud–, creo que A través del espejo es más disparatado que las Aventuras de Alicia. ¿No lo cree usted así?’”. Así reza el revelador prefacio de diciembre de 1886 que Charles Dodgson –alias Lewis Carroll– puso al frente de la edición.

El matemático de Christ Church, la institución más representativa de la Universidad de Oxford, empezó con el divertimento de contar un relato una tarde de agosto a las tres hermanas Liddell, en una de las excursiones en barca a Godstow junto al profesor Robinson Duckworth, y terminó dando a la imprenta en 1865 una de las obras más sugerentes y fundamentales de la literatura universal, adaptada a multitud de idiomas a pesar de la dificultad –en muchos casos insalvable– de los juegos de palabras. En una de esas calurosas tardes estivales, descendieron de la embarcación los cinco marineros ocasionales de agua dulce, y se sentaron en círculo a la sombra de un almiar: pronto, las tres hermanas Liddell emitieron al unísono su ruego de siempre: “Cuéntenos un cuento”.

Carroll accedía gustoso a improvisar las aventuras de Alicia, pero a veces se quedaba exhausto –“Basta por hoy: el resto mañana”–, aunque las pequeñas apenas le concedían un momento de tregua –“¡Ya es mañana!”–; incluso, el célebre matemático llegó a simular en alguna otra ocasión que estaba durmiendo. La propia Alicia –de casada Mrs. Heargreaves–, la destinataria de esos maravillosos relatos, así lo refiere veinte años después: “conservo un recuerdo claro de esa excursión y también porque al día siguiente empecé a acosarlo para que me las pusiera por escrito, cosa que nunca había hecho antes. Fue gracias a mis repetidos ‘vamos, vamos’ con que lo importuné que, tras decir que se lo pensaría, me dio al final la vacilante promesa de que se pondría manos a la obra”. Y así nació la obra inmortal de la que los mayores también se apoderaron.

En realidad, Alicia en el País de las Maravillas es un eslabón más, muy perfeccionado y mucho más complejo, de las nursery rhymes, con la que los niños ingleses se iniciaban en el conocimiento del mundo, rimas muy plásticas e imaginativas dotadas de un humor burlón y tierno a la vez. Evocaciones y recuerdos de un tiempo pasado, leyendas y suspensión permanente de las leyes de la lógica hacían las delicias de los pequeños. Los periódicos y editoriales pronto se dieron cuenta del negocio que supondría trasladar estos cuentos de tradición oral a su versión impresa y contemporáneos de los cuentos de Carroll fueron The Boy’s Own Magazine, The Boy’s Early Book y The Boy’s Journal, a Magazine of Literature, science, adventure and amusement, los cuales, entre otras maravillas, regalaban a sus jóvenes suscriptores aparatos científicos, material para dibujo, productos químicos, libros, grabados y, en el caso de Boys of England, relojes de plata, ocarinas, flautas alemanas, mazas de croquet, las obras completas de Shakespeare y de Walter Scott, parejas de conejos e incluso perros terranova. Animales, libros clásicos y todo tipo de objetos de uso cotidiano e instrumentos musicales configuraban el imaginario infantil británico popular de aquella época.

Así que el matemático de Oxford, Charles Lutwidge Dodgson reunió todos aquellos elementos que con antelación habían formado parte de su infancia y, dotándolos de vida a través de una imaginación desbordante, deslizó esa sonrisa satírica que no hacía sino reflejar una burguesía vendida a la hipocresía de las formas y del sinsentido del puritanismo que asfixiaba a las gentes. Debajo de las maneras británicas latía un magma de extravagancia que sólo Carroll supo extraer. Tras caer en la madriguera del Conejo Blanco, la pequeña Alicia va de lo diminuto a lo gigante, tras la ingesta de bollos y hongos, sin recuperar ya su tamaño real; Alicia comparte la hora del té con extraños invitados; ve cómo una tiránica Duquesa apalea a un niño llorón que termina por convertirse en un gorrino; imposibles partidas de croquet; reinas que pretenden cortar la cabeza a un jardinero porque se equivocó del color de las rosas al plantarlas y se ven obligados a pintar de rojo un rosal blanco para no perder la testa; un proceso incoado contra una sota de copas que ha robado unas tartas, etc.

Sin duda, la anticipación a Kafka o a Ionesco es evidente, reconocimiento que habitualmente se le niega a Carroll, al que los expertos se afanan en encajar entre los autores de literatura infantil. La desproporción que alcanza el ser humano en sus actitudes; las plúmbeas, interminables e inútiles reuniones sociales en torno a una taza de té; la animalidad y el caos que encierran algunos juegos y deportes; la falta de sentido común que se pone de manifiesto tantas veces en los procesos judiciales… Dato más importante es la fecha de publicación, la misma de los Cantos de Maldoror, de Lautréamont, y de Una temporada en el infierno, de Rimbaud: 1865. Tres libros que guardan una estrecha vinculación para un mundo que se preparaba para los absurdos que escondía el siglo venidero, el de las dos guerras mundiales.

Todo adulto debería guardar y sacar a pasear de cuando en cuando al niño que fue y transmitir ese legado a los otros niños. Cuando la hermana mayor de Alicia despierta de su sueño a la pequeña y la envía a tomar el té, se queda embebecida, con los ojos cerrados, recorriendo los pasos de su hermana a través del País de las Maravillas e “imaginó a esa misma hermanita en el futuro, convertida en mujer: conservaría, a través de sus años adultos, el corazón simple y afectivo de la niñez”. Sabía, en definitiva, que también le brillarían los ojos al escuchar aquellas historias que compartiría con los más pequeños, recordando su infancia “y los felices días del verano”. Porque toda la vida no es sino nostalgia de la infancia y toda la infancia es pura vida.

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