Opinión

José Tomás torea a la muerte

José Suárez-Inclán | Domingo 25 de abril de 2010
Un toro ha cogido a José Tomás. Lo ha vaciado de sangre. Lo acabo de oír por la radio. Se llamaba Navegante. Lo esperaba desde hace mucho, desde hace siglos, desde el otro lado del océano. Navegante aguardaba allí desde siempre, en cualquier arena, en cualquier mar, desde que el torero retirado José Tomás reemprendiera —como Odiseo— el viaje de vuelta a casa, la vuelta a su vida: al toreo. “Vivir sin torear no es vivir” —dejó dicho Tomás, hombre de pocas palabras, por boca de un amigo, en un reportaje del semanario de El País.

No le había faltado al torero un dorado refugio, un paraíso divino en México —que es el edén secreto de los toreros—, pero, como el héroe antiguo, desechando las cumplidas promesas de todas las Calipsos, el destino “hallole sentado en la playa, sin que sus ojos secasen el continuo llanto, y consumía su dulce vida suspirando por el regreso”. Porque, como el héroe antiguo, el torero ya había comprendido que la vida era el viaje y lo invadía la nostalgia que —lo escribí hace unos años, cuando Tomás anunció que volvía— no es más que “el deseo doloroso de regresar”. De nada servirían las palabras que, como todos los toreros, oiría susurradas por la diosa en sus oídos insensatos, equivocados y aturdidos por la exigencia ética y estética de torear, o sea, de vivir: “¿Deseas irte en seguida a tu casa y a tu patria tierra? Sé dichoso. Pero si tu inteligencia conociese los males que habrás de padecer fatalmente antes de llegar a tu patria, te quedaras conmigo, custodiando esta morada y fueras inmortal”.

No quiso Odiseo ser inmortal porque quería vivir. Y sabía que la vida de los hombres no es posible sin la muerte. Pero tomó en sus manos la noble tarea de afrontarla con dignidad y valor, con artes e ingenio. No ha diferido un ápice el torero José Tomás, en su actitud, en su quehacer, del mortal e inmortal Odiseo. Por ello, cuando inicié mis colaboraciones taurinas con El Imparcial.com, quise abrir la tribuna con “José Tomás, una año en los ruedos”. Entonces decía: “las cogidas, la seda rota, el oro por los suelos, la carne abierta, la sangre generosa, son consecuencia inevitable de su compromiso. Un compromiso que no busca la sangre pero no la elude y que en ningún caso es sangre gratuita. Es el corolario de una aparición: la de la dignidad sin tapujos, en carne viva, sin trampa ni cartón. Como en toda tragedia.”

Hemos podido escuchar, durante los tres años de triunfos constantes —a menudo espeluznantes— de José Tomás por los ruedos de España y América, todo tipo de comentarios y opiniones sobre su toreo. No voy a abundar sobre ellos. Los intereses, las miserias personales, las envidias y escondidos celos, el amor a la brizna en ojo ajeno, no han podido apagar la admiración que su valor y su arte de torear han ido dejando como una estela antigua, en el aire caliente y luminoso de las plazas por las que ha pasado. “Es que lo pueden coger… es que lo cogen mucho… es que ya no lo cogen… es que ya no es el mismo”. Las pequeñas vilezas de sus detractores no pudieron apagar en estos años el corazón entusiasmado de sus partidarios, entre los que se encuentran, casi sin excepciones, los toreros. Porque todos, unos y otros, de forma explícita u oculta, sabían que ver a José Tomás torear era volver a ver a Odiseo zozobrando diminuto, la mirada al frente y la cabeza alta, la caña firme en las manos, en la cubierta de su nave entre el cielo y el mar infinitos, a la espera insoslayable del destino. Toreándolo. Cada vez más cerca. Cada vez mejor. Como Odiseo. Como los toreros, que son, al fin y al cabo, el último resquicio antiguo del mundo heroico del Mediterráneo. Por eso son tan modernos.

Pues sí, por fin. Por fin lo ha cogido. Escondamos el rostro compungido entre las manos mientras sale del paso de la muerte. Porque José Tomás ha de volver en breve —siempre vuelve, siempre está, siempre estuvo— a la tierra caliente, a las aguascalientes de los ruedos.

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