Opinión

Cuando hay sed de mal

David Felipe Arranz | Miércoles 28 de abril de 2010
Badge of evil –literalmente Credencial del mal– es el título de la novela original que los escritores Robert Allison Wade y Bill Miller (que unieron sus fuerzas bajo el seudónimo de Whit Masterson) dieron a la imprenta en 1956. En ella, Mitch Holt, un honrado ayudante de fiscal, trata de desenmascarar a unos policías corruptos; en concreto, Holt trata de detener al cerebro del tándem de veteranos de intachable trayectoria del departamento de Homicidios: el capitán McCoy y el teniente Hank Quinlan –que Orson Welles asciende al rango de capitán en su película Sed de mal (1958), adaptación cinematográfica de la novela, y al que da vida personalmente en uno de sus papeles inolvidables–.

Cuando Holt trata de tirar de la manta de un asunto que hiede, hasta el propio fiscal lo amenaza con despedirlo, y sufre varios atentados. La novela plantea una formidable reflexión en torno al poder, la traición y la corrupción en el seno de la Ley y la película de Welles refuerza las tesis de Wade y de Miller potenciando la vileza del policía corrupto, que putrefacta todo lo que le rodea.

Mitch cree que el presunto culpable al que los policías tratan de cargar con el mochuelo no es, en realidad, responsable de la muerte de Linneker, al que han hecho volar por los aires con dinamita: “Como los dos bien sabemos, casi todos los asesinatos son cometidos con una pistola, un cuchillo u otro instrumento cortante, con un objeto romo o… incluso con las manos. En ocasiones también se usa el veneno. Pero la dinamita… ¡no, diantre! Resulta demasiado insegura, chapucera, peligrosa de manejar. […] Existen mil razones para no matar a alguien con dinamita”. La novela está trufada de sugerentes reflexiones antropológicas y filosóficas sobre el ejercicio permanente del mal por algunos individuos.

El combate de resentimiento de la veteranía contra la juventud más capacitada, la falsificación de pruebas como método de trabajo e, incluso, el racismo –en el caso del filme de Welles, en el que la acción transcurre a uno y otro lado de la frontera de Estados Unidos y México– golpean al lector y al espectador sacándolo de su sopor moral para que, inevitablemente, se detenga un momento a contemplar su propia realidad institucional: una parte de la policía, de cuya equidad y profesionalidad depende nuestra seguridad, está corrupta.

Me inquieta especialmente una de las apreciaciones éticas que hace el protagonista acerca de los detectives corruptos, que creo que puede explicar en parte la conexión entre policías y criminales, cuando ésta se produce: “He llegado a la conclusión de que esos dos hombres se convirtieron, en cierto modo, en víctimas de su propia reputación. Es posible que nunca fuesen tan buenos como los periódicos daban a entender, y que se encontraron en una situación que les obligaba a dar muestras de valía profesional fuera como fuese. Cuestión de orgullo”. Es decir, su prestigio y su valoración en la opinión pública dependía no sólo de que los presuntos delincuentes acabaran siempre entre rejas, fueran o no culpables, sino de que siguieran cometiendo delitos que pudieran ser perseguidos; que pudieran, en definitiva, justificar su abultado crédito.

Piensen en los millones de páginas que se han escrito en los periódicos de nuestro país y en los diarios digitales sobre la lucha antiterrorista; los millones de horas que han ocupado los informativos y los boletines de noticias y tertulias de las emisoras de radio. Y, de pronto, aparece el caso Faisán, el del chivatazo, el hecho incontestable que emborrona la trayectoria de las fuerzas de seguridad del Estado.

Wade, Millar y Orson Welles nos cuentan en sus inmarcesibles obras que la policía inventa pruebas de indicios que hacen inclinar la balanza del veredicto de culpabilidad a voluntad. Que las relaciones entre la Fiscalía y la Policía y los delincuentes pasan de la persecución a la colaboración activa con más frecuencia de la deseable. Y que no sólo hay agentes policiales infiltrados en el hampa, sino peligrosos chivatos en el cuerpo de policía que avisan a los malhechores, motivo argumental, por cierto, en torno al cual gira Infiltrados (The Departed, 2006), el oscarizado filme de Scorsese.

En España ocurre también y por increíble que parezca, ETA recibió un "chivatazo" de la Policía el 4 de mayo de 2006 en la persona de Joseba Elosua, propietario del bar Faisán y presunto miembro de la red de extorsión de la banda terrorista, donde se alertaba a los terroristas de una redada. Las pruebas también se han visto alteradas: en el escrito de alegaciones presentado por la acusación popular, se afirma que existen dos cortes en la cinta de vídeo de seguridad de la entrada del bar, precisamente los que corresponden al chivatazo. El caso se encuentra en un punto difícil y el juez que lo instruye, Baltasar Garzón –que llegó a imputar a 24 personas vinculadas a la red de extorsión etarra de la cantina–, no puede dedicarle precisamente ahora ni medio minuto, porque antes ha de preocuparse de salvar la toga.

Cuenta Juan Cobos que en la biblioteca itinerante de Orson Welles, que sufrió mermas considerables en sus frecuentes traslados, podían descubrirse volúmenes de Platón, Aristófanes, Séneca, Juvenal, Bacon, Kant, Stuart Mill, Hegel, Thoreau, Emerson, Adam Smith, Montaigne, Rousseau, Heidegger, Marx, Freud, Ortega y Gasset, Huizinga, Bernal Díaz del Castillo, todo Cervantes, todo Shakespeare, Dumas, Goethe, Kafka, Burroughs, Chéjov, Chesterton, Hemingway, Graham Greene, Scott Fitzgerald, Walt Whitman, Stendhal, Poe, Kipling, todo Conrad, Oscar Wilde, Sartre, Kierkegaard, Nabokov, De Foe, Swift, Huxley, Unamuno, Machado, Alberti, Lorca, Miguel Hernández... y así podríamos seguir indefinidamente. Mención aparte merece su repertorio de clásicos de la novela negra: de Dashiell Hammett a Patricia Highsmith, pasando por Conan Doyle, Cornel Woolrich, James M. Cain, Raymond Chandler o Agatha Christie. Todos ellos escribieron sobre la irresistible inclinación del ser humano al mal y Welles, como Shakespeare, sabía que para realizar un retrato lo más ajustado posible a la realidad del hombre debía manchar sus manos con un poco de sangre y teñir de rojo hemoglobina su conciencia.

El capitán McCoy, en la ficción, falsificaba habitualmente una prueba para conseguir un arresto en la novela Badge of Evil y así poder enviar a muchos inocentes a la silla eléctrica, con tal de mantener su prestigio. No sería descabellado pensar que, más allá de las habituales y cansinas acusaciones políticas y oportunistas entre el PP y el Ministerio del Interior, las conexiones entre la Policía y ETA no sean sino una escandalosa y pútrida cuestión de humana sed de mal.

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