Opinión

Un burkini en el podio

Fernando L González | Sábado 01 de mayo de 2010
Durante los juegos olímpicos de Beijing del 2008, doce mujeres musulmanas compitieron en diferentes modalidades llevando el Hijab, velo o pañuelo musulmán que tapa el pelo dejando el rostro al descubierto. Incluso las hermanas esgrimistas egipcias El Gammal lo llevaban acaloradamente por dentro del casco protector, que bien pudieran haber adoptado como su particular Burqa (aprovechando la rejilla que les tapa los ojos…). Pretendían inspirar a otras mujeres de sus países a romper con los estereotipos musulmanes y demostrar al mundo que el velo no es una represión para la mujer. Una de las hermanas declaraba: “Es algo simbólico en mi país, la mujer musulmana puede hacer todo aquello que quiera, estoy orgullosa de ser musulmana”. Otra olímpica con velo, la velocista de Bahrain Al Ghasara presumía de tener en su país mujeres embajadoras, médicos, pilotos, y confesaba cierta debilidad por el pintauñas rojo y por ir de compras. Algunas aseguraban no haber sido criticadas en sus países y todas se sentían seguras ya que en la Olimpiada, la raza y la religión es irrelevante, lo único que cuenta es el deporte. Con esta idea, el COI permitió el uso del velo islámico en diversas pruebas en Pekín pese a no ser una indumentaria reglamentaria; como si fuera una “bandana” típica americana, o una cinta para el pelo más.

Con este pequeño muestrario olímpico femenino, ciertas deportistas musulmanas quisieron convencer a Occidente que la mujer tiene un considerable grado de libertad y de igualdad respecto al hombre en sus países. Otras, simplemente portaron el velo para evitar las ofensas de los musulmanes devotos a su regreso a casa, o como medio para perseguir sus sueños y poder competir practicando el deporte y el estilo de vida que les hace feliz. Sin embargo, existieron naturalmente excepciones, como en judo, donde Samah Ramadan no llevaba el velo para no tener que ajustárselo después de cada “Ippon” o agarrón, inherentes a la competición. En deportes como natación o waterpolo no hay mujeres musulmanas que compitan cumpliendo con su religión; la libertad e igualdad no está tan clara, pues, ni tan siquiera si existiera alguna campeona olímpica de natación luciendo el “burkini”, bañador musulmán especial para mujeres que, teniendo que ser holgado, cubre todo el cuerpo. Por lo tanto, lo siento, pero creo que hacen falta más pruebas. Nos gustaría que surgiera alguna medallista de natación musulmana para mojarse de verdad y demostrar la igualdad, pero con un trikini, de los de competición. Querríamos ver alguna gimnasta con sus mallas ajustadas en lo más alto del podio. Del Burqa o Niqab (velos integrales) mejor ni hablamos, no me imagino en qué deporte podríamos aprovechar su total aislamiento físico con el exterior; a lo mejor, reforzado con metal, de portera en hockey sobre hielo.

En el mundo occidental, parece quedarnos claro que la mujer islámica tiene la asignatura pendiente de confrontar y matizar ciertos aspectos de su religión para poder luchar por algunos de sus derechos. En el fondo, para ellas es una encrucijada: abandonar el velo, proscritas y sin apoyo por parte de su comunidad, o saber llevarlo, libre o forzosamente, con importantes restricciones en su libertad. Pero, ¿tienen realmente la opción de elegir? Bajo el punto de vista de nuestra civilización, no es algo que pueda resultar justo. Desde luego que en los colegios, en los bancos, en los hospitales, en competiciones deportivas municipales, etc., parece muy lógico que deban ajustarse a las normas institucionales correspondientes del país donde residan, y… ¿en la calle? La Francia de la “liberté” se ha atrevido a dar un paso arriesgado e importante brindándose a preparar una ley para prohibir el uso del velo integral en cualquier espacio público, que según diversos estudios "…en muchos casos responde a una imposición de sus maridos”:

– El Burqa, e incluso el Hijab (pañuelo), debería estar prohibido en cualquier sitio público desde el punto de vista del sometimiento, la subyugación y la obligación; en estos supuestos, nuestra joven ministra de “égalité”, Bibiana Aído, debería tomar nota y considerar la iniciativa del gobierno de Sarkozy para proponer la abolición de Burqas por las calles. No habría nada que le viniera más al pelo a su ministerio; y si no se hace por igualdad, que se haga por higiene, por salubridad, por comodidad, etc.

– El Burqa, y cualquier pañuelo, debería estar permitido si se lleva desde la libre elección ¿Se le puede prohibir llevarlo por la calle a una mujer que asegura no estar sometida y que lo hace motu propio? Aunque los occidentales no lo entendamos, sí que se debe hacer una salvedad; que sea como con las olimpiadas, que la raza y la religión sea irrelevante, lo único que cuenta es el deporte, es decir, la libertad.

Viejo problema de difícil solución. A lo mejor, la solución no es aplicar la ley sobre la mujer, la posible víctima, sino sobre aquel o aquello que haga de opresor. A lo mejor, la solución es seguir intentando hacer reflexionar al mundo musulmán. Desde dentro lo hacen personas valientes, como la famosa tenista india Sania Mirza que juega sin velo y con minifalda. Un grupo de clérigos musulmanes de su país emitió en su día una "fatwa" (decreto religioso) en la que le reclaman que se cubra el cuerpo durante los partidos, pues sus faldas cortas y sus camisetas ajustadas son "antiislámicas" e "indecentes". Afirmaban que "una mujer musulmana puede quitarse el velo en determinadas ocasiones, pero no de la manera que lo hace ella yendo y jugando en cualquier sitio"… Ha habido manifestaciones en su contra e incluso se han quemado fotografías suyas. Ella, que asegura ser musulmana y rezar cinco veces al día, ya respondió una vez y no se ha dejado influenciar:

"Es bastante molesto que mi vestimenta se haya convertido en el centro de una controversia. No tengo ningún comentario que hacer. Yo me considero una buena musulmana haciendo lo que hago y como lo hago. No creo que por jugar al tenis con minifalda insulte a mi religión".

Esperemos que la presencia de atletas de esta religión, y con la visión de Sania, deje de ser tan escasa en los circuitos de competición.

Y mientras el sudor corre por los pañuelos de las mujeres deportistas, parece que el género masculino no tiene tantas trabas en sus carreras profesionales, con muchos menos prejuicios. La halterofilia, el medio-fondo, o la natación muestran ejemplos de que el hombre goza de más libertad para ponerse cualquier tipo de pantalón corto, “speedo”, mallas o tirantas, y ser el centro de atención. Acaban siendo idolatrados, como los corredores Said Aouita, El Guerrouj, el levantador de pesas Hossein Reza Zadeh o el nadador Oussama Mellouli. En cuanto al deporte rey, los seguidores musulmanes del futbol occidental son innumerables, levantando verdaderas pasiones: Zinedine Zidane, Karim Benzema o “Bilal”, nombre que tomó Franck Ribéry al elegir el Islam en 2002 como religión, son auténticos referentes. Éste disfruta de su libertad y está tan despreocupado que puede incluso reconocer públicamente, estando casado con Wahiba Belhami, haber mantenido relaciones sexuales en el verano pasado con una prostituta menor de edad de orígenes marroquíes…

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