Joaquín Vila | Domingo 02 de mayo de 2010
Las manifestaciones del 1º de mayo han confirmado lo que muchos presumían. Los sindicatos, o, mejor, los líderes sindicales son los mejores aliados de Zapatero. Hasta parecen ministros del Gobierno con barbas y bigotes atusados y chaquetas de pana de diseño. Cándido Méndez y Toxo rugieron contra los franquistas que quieren atenazar al juez más valiente de la Historia y dispararon sus exabruptos contra Angela Merkel, la responsable de todos los desastres de la política económica europea. Pero de los casi cinco millones de parados españoles apenas se acordaron. Y de Zapatero, menos.
Eso sí, se pusieron muy farrucos con el tímido intento de los empresarios de emprender una reforma laboral o de recortar el desmesurado gasto público. Y, tanto Méndez como Toxo, incluso como Zapatero, saben que sin esas medidas resultará imposible reactivar la economía y, por tanto, crear empleo. Pero ya no pueden echarse atrás. Llevan toda la vida diciendo lo mismo, viviendo del mismo cuento de la sociedad del bienestar.
Y el sábado, Méndez y Toxo, no Zapatero, se pasearon del bracete por las calles de Madrid, bajo el sol primaveral, arropados por unos pocos, muy pocos, miles de seguidores, la mayoría liberados; es decir, pagados por no hacer nada. Pero satisfechos todos por celebrar el día de los trabajadores, por poner a caldo al capitalismo, al consumismo desaforado, por denunciar a los explotadores que dirigen las empresas y oprimen a los trabajadores, y, de paso, por acusar al PP de partido fascista, de herederos del franquismo. Y los más lanzados se dedicaron a hacer ondear alguna que otra bandera republicana. En honor de la memoria histórica, que nunca viene mal.
Los pocos, muy pocos, miles de sindicalistas que se manifestaron el sábado se mostraron felices por tomar la calle para defender los derechos de los trabajadores, como auténticos héroes de izquierdas frente a los poderosos. Y, luego, eso sí, se fueron todos a tomar el aperitivo, unas cañas fresquitas, unas gambitas a la plancha y, después, a comer y a echarse la siesta. Que no están acostumbrados a tanto trajín. Y menos, en un día de fiesta.
Eso sí, de los casi cinco millones de parados ni se acordaron. Menudos topos que se ha buscado Zapatero.
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