José Manuel Cuenca Toribio | Lunes 03 de mayo de 2010
La trasgresión ha sido a lo largo de toda la aventura humana una incitación permanente para hombres y mujeres y sería difícil precisar en cuál género se mostró y muestra mayor. La generalizada compresión que la universalidad del hecho suscita de ordinario da lugar, a su vez, a no pocas reflexiones sobre fenómeno de gran entidad en el pasado y, en medida quizá mayor, en el presente.
Así en una actualidad española atravesada toda ella por la pronta y, en especial, efectiva consecución de la igualdad de la mujer en los diferentes planos de la existencia colectiva, al mismo tiempo que por el rechazo absoluto de la violencia de género y de cualquier suerte de machismo, sorprende el asombroso –y muy auténtico…- éxito de una novela cuyo héroe fue un muy culto militar que abandonó en la vida real –pues se trata de un relato casi al cien por cien de unos sucesos acontecidos en la primera mitad de la centuria anterior- con la mayor frivolidad y sin escrúpulo alguno a su mujer e hija en pos de un amor semiotoñal. Esta verídica historia, como la cervantina del Quijote, está narrada con pluma alquitarada y, por lo común, exquisita delicadeza, pero sin otorgar estima alguna a la esposa del galán en cuestión, que estuvo –ella, claro…- adornada en gran número de cualidades y virtudes muy notorias.
El amor mueve las estrellas e impulsa al hombre y a la mujer a adoptar las posturas más increíbles e insospechadas, obstaculizando o haciendo muy ardua una axiología de sus manifestaciones, que gozan habitualmente en el juicio de las gentes de extraterritorialidad moral o ética. Con todo, empero, no puede dejar de sorprender que, a la altura del tiempo hispano, la reconstrucción novelística de un lance como el mencionado provoque, particularmente en el público femenino, un éxito tan resonante. Sociólogos y críticos literarios investigan en estos días gran parte de sus causas. El cronista, horro de sus saberes, deja a sus abastadas plumas el competente análisis. Sin embargo, su cualidad de aprendiz de historiador le obliga a entrar en una liza a todas luces menor en la materia glosada, inserta en el envidiable universo de la libre imaginación y la fantasía más desbordada. Mas es el caso que, llevada de su condición de docente universitaria, la autora en cuestión proporciona al final de su obra un elenco de estudios historiográficos sobre la época reconstruida en las páginas de su texto, con cita incluso –y muy pertinente- de artículos aparecidos en revistas y publicaciones especializadas. Lamentablemente, no ha podido consultar la fuente bibliográfica más importante a la fecha acerca de la asendereada trayectoria de una de las figuras sobre la que se articula la novela comentada. Y es, desde luego, gran lástima por la asepsia o, si se quiere, neutralidad benévola, con la que el experimentado y cosmopolita diplomático Francisco Agramante trazara en sus memorias –El frac a veces aprieta. Anécdotas y lances de la vida diplomática. Madrid, 1957- el perfil de uno de los soldados de más amplio paralaje intelectual y culturalmente más rico de nuestro siglo XX. Reeditada su fruitiva obra al tiempo que la autora tenía en fárfara su muy exitosa narración, le hubiera sido fácil consultarla con un adecuado asesoramiento en su propia Alma Mater, bien provista de excelentes contemporaneístas, algunos de entre ellos, justamente, muy atraídos por ese Marruecos que ha imantado el sentimiento y la escritura de la primera.
Con el conocimiento de dichos recuerdos, el nimbo de la trasgresión descrita en su novela no hubiera quizá perdido nada de su fuerza, pero la principal de sus víctimas acaso habría hallado al menos, en pluma tan tremente, una ligera o plausible vindicación…
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