Antonio Hualde | Domingo 09 de marzo de 2008
La Historia está llena de hombres valientes que dieron su vida por un ideal. Sabemos de muchos de ellos, o creemos saber. De otros, en cambio, conocemos poco más que su nombre. Y de la mayoría, apenas nada. Todavía perdura en la memoria histórica aquella sentencia de Alfonso Fernández de Coronel, antes de ser ejecutado por Pedro I el Cruel: “Castiella face omes e los gasta”.
Gentes de honor. Como Churruca, insigne marino vascongado, que dio muestras de su bravura en la Batalla de Trafalgar (1805). Al mando del San Juan Nepomuceno, se batió él solo frente a seis buques ingleses, siendo alcanzado en pleno combate por una descarga de artillería que le seccionó media pierna. Mas no abandonaría su puesto; antes al contrario, ordenó que trajesen un barril de pólvora, donde metió el muñón, y desde allí siguió dirigiendo a sus hombres hasta que las fuerzas lo abandonaron. Su navío fue conservado por los británicos durante muchos años, manteniendo la cámara del comandante cerrada y con una lápida en que se leía el nombre de Churruca impreso con letras de oro. Si alguien quería entrar, había de descubrirse previamente, honrando así la memoria del marino español.
Estamos ya en 1866. La fragata Gerona, de la escuadra del almirante Méndez Núñez, participa en el bombardeo del puerto de El Callao, episodio éste integrado dentro de la llamada Guerra del Pacífico. En el transcurso de la batalla, el barco fue alcanzado por varios proyectiles, uno de los cuales incendió el pañol de municiones. Ante en evidente riesgo que aquello suponía, los oficiales del buque aconsejaron a su comandante que inundase la santabárbara, so pena de saltar por los aires, a lo que éste respondió con una frase, célebre en la Marina española: “hoy no es día de mojar la pólvora”.
Por fin, en 1898, las posesiones de ultramar languidecen. Cuba y Filipinas son las últimas perlas en perderse, aunque con ellas se fue algo más. Y precisamente en Filipinas fue donde un capitán español acudió a rendirse -no le quedaba otra- a su homólogo norteamericano. El español pidió como gracia poder despedirse de su familia, empeñando su palabra de caballero en que, una vez hecho esto, regresaría. En prenda, entregó su sable al oficial americano, y una vez obtenido el permiso, enfiló sus pasos hacia el domicilio familiar. Pero no bien hubo andado unos metros cuando se percató de que, discretamente, lo seguía un soldado americano. El capitán, molesto, se encaró con él, preguntándole si acaso dudaba de su palabra. “De ningún modo, capitán”, respondió el soldado. “Mi comandante estima que un oficial español no debe perder su dignidad, así que me ha ordenado que le devuelva su sable”. Ni que decir tiene que el oficial cumplió su palabra. Nobleza obliga.
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