crítica
Sábado 08 de mayo de 2010
Rogelio Alonso, Florencio Domínguez, Marcos García Rey: Vidas rotas. Historia de los hombres, mujeres y niños víctimas de ETA. Espasa. Madrid, 2010. 1310 páginas. 30 €
857: esta cifra fea y olvidable es la que contiene uno de los datos más dolorosos de los últimos cuarenta años de historia española. Cuarenta años en los que una por una han ido perdiendo la vida cada una de las personas que tuvieron la mala suerte de cruzarse en el camino de una banda terrorista que ha ido desarrollando una loca carrera asesina que, disfrazada de cruzada romántica, aún sigue dando coletazos hoy en día.
857 seres humanos, hombres, mujeres y niños, a quienes ETA puso en su diana por el mero hecho de ser, estar o pensar de “forma equivocada”. 857 víctimas mortales que arrastran consigo una estela de tragedias personales que no aparecen en las portadas de los diarios. 857 historias que hablan de padres de familias destrozadas; de amas de casa que se vieron envueltas en pesadillas de otros; de presuntos chivatos cuyo asesinato, paradójicamente, actuaba como dedo acusador y a la vez de excusa del horror; de políticos locales con más vocación de txikiteros que de héroes, a quienes el fanatismo ajeno arrastró a un “conflicto” en el que sólo podían participar como víctimas; de guardias civiles y policías nacionales cuyas muertes acabaron convirtiéndose en una sucesión de hechos perversamente asumidos como inevitables.
857 nombres y apellidos que se van desgranando a lo largo de las más de mil páginas de este libro, necesario y contundente, que enumera una a una las vidas de todos aquellos que perdieron la vida en esta guerra imaginada por una pandilla de gudaris alucinados que llevan cuarenta años desangrando a todo un pueblo, literal y metafóricamente.
Podría pensarse que la enumeración pura y dura es un recurso demasiado simple e incluso frío para abordar una cuestión tan delicada como la de las víctimas mortales de ETA. Sin embargo, la lectura sucesiva de las historias personales de cada uno de los muertos que ETA acarrea a sus espaldas, desde el primero, una niña de veintidós meses, Begoña Arroz Ibarrola, que murió en 1960 a causa de una bomba colocada en la estación de tren de San Sebastián, hasta el último, el guardia civil Diego Salvá Lezáun, asesinado en julio de 2009, remueve una conciencia del horror que a veces se emborrona en la letanía de dimes y diretes del día a día político.
Porque no está de más recordar que tras las “acciones” de la organización no se esconde otra cosa que vidas y cuerpos mutilados; que las “dolorosas consecuencias del conflicto” se traducen en un irregular saldo de 857 muertos de un “lado” frente a una amalgama de medias verdades que hablan de torturados, de familiares de presos políticos víctimas de la política de dispersión… Una balanza desequilibrada que diferencia a quienes eligen zambullirse en una lucha por una supuesta libertad que implica la aniquilación del otro, frente a quienes su misma convicción democrática les lleva a pisar la arena de un circo en el que siempre llevan las de perder. Porque poco o nada se puede hacer cuando tu adversario prefiere las armas a las palabras o las urnas.
Y así, 857 personas han sido mártires involuntarios de un asimétrico conflicto que nada tiene que ver con esas fábulas sobre “Davides” que con una humilde honda vencen al malvado Goliat. Los “Davides” vascos, los valientes gudaris de Euskal Herria, han preferido las pistolas y las bombas a la honda y, a falta de un Goliat al que enfrentarse, han personalizado ese tenebroso Estado opresor en esas 857 personas cuyas vidas, sueños y expectativas truncadas protagonizan Vidas rotas.
El libro se acompaña además de gráficos que arrojan datos sobre los años más duros, las comunidades más castigadas… Toda una sucesión de datos cuantitativos que, expuestos en toda su crudeza y neutralidad, no necesitan otra cosa que la pura conciencia cualitativa de saber que detrás de los números hay muertos. Que 857 personas han muerto a lo largo de los últimos cuarenta años, convirtiéndose en mártires involuntarios de una democracia olvidadiza, la cual, víctima de su propia corrección política, a veces corre el riesgo de perderse en vericuetos de eufemismos e indulgencias impropias.
Porque más allá de discusiones políticas, de utopías acerca de las libertades soñadas de un pueblo dividido, lo único cierto, la única realidad brutal es que en uno de los rincones más avanzados de Europa aún hay quienes se arrogan el derecho de matar a su adversario político, con la ironía de que además se permiten el lujo de llamarlo fascista o, peor aún, asesino. Y esa realidad brutal es la que a veces se nos escapa, envuelta en palabras vacías y justificaciones marcianas. Pues el derecho del pueblo vasco a decidir puede ser una entelequia sobre la que cada vasco tenga una idea propia y diferente; pero lo que sí debería ser una verdad absoluta, compartida por todos, es que, hoy por hoy, nadie debería morir por una cuestión que puede y debe resolverse mediante métodos democráticos.
Vidas rotas no va a devolverles la vida a los 857 muertos que ETA lleva a sus espaldas. Ni siquiera va a solucionar el manido conflicto que seguirá destrozando al pueblo vasco mientras siga enquistado en las mentes de aquellos que han decidido que su única salida reside en una huida hacia delante. Pero sí va ayudar a no olvidar. Y eso lo es todo. Porque se puede perdonar, pero no olvidar. Porque quien olvida corre el riesgo de repetir su pasado y, tristemente, los 857 muertos de ETA aún pueden crecer.
Por Regina Martínez Idarreta
TEMAS RELACIONADOS: