Emilio Lamo de Espinosa | Lunes 10 de marzo de 2008
Si en 1978 nos hubieran dicho que treinta años mas tarde celebraríamos las décimas elecciones de la democracia española con normalidad quizás lo hubieramos dudado. Hoy podemos certificarlo. Es el más largo periodo de normalidad institucional democrática de nuestra historia. Incluso resulta ya aburrido y redundante recordarlo. Fantástico. Lo normal es, de verdad, normal, y frente a ese hecho todos los demás son de mucha menor enjundia.
Incluso el hecho de que, una vez más, hemos votado bajo el signo del terror. Influidos, animados, airados, en contra, algunos puede que a favor, pero siempre bajo la sombra de una violencia que anida en una parte de España, un territorio de la Europa del siglo XXI donde no hay libertad y el fascismo de izquierdas ha conseguido la hegemonía social con la comprensión de los comunistas y cierto entendimiento de los socialistas. Después de un asesinato es un contrafactual saber qué hubiera ocurrido en su ausencia pero ¿importa la pregunta?
En teoría nada de eso debería habernos afectado. En pura teoría deberíamos comparar programas y elegir lo mejor para España. ¿Programas? ¿Qué programas? Me temo que los jóvenes incluso ignoran ya esa expresión. He visto el programa del PSOE y en el nada se dice de la posible negociacion con ETA ni tampoco de cómo frenar el referendum vasco o la deriva catalana. Quizás es mejor así pues lo que decía el programa del 2004 fue manifiestamente incumplido. Sí, han hablado de inmigración, de economía, por supuesto de terrorismo y autonomías, y ha habido una subasta de rebajas fiscales sin mucho sentido. Pero la visión que unos y otros tienen de España sólo puedo intuirla.
Las elecciones llegan despues de una legislatura dura y ruda como ninguna y en la que la crispación político-mediática ha llegado a ser insufrible. Hay un evidente hartazgo con la política y la clase política en su conjunto evidenciado por una encuesta tras otra. Que no ha impedido la movilización del electorado, como es usual en España, con una participación alta. Fue del 78% en las elecciones de 1996 que pusieron fin al largo período socialista, bajaron al 69% en el 2000, en unas elecciones casi de trámite, y subieron de nuevo al 75,6 en el 2004 tras el 11M y se han mantenido casi en el mismo nivel en estas (75,3%), muy por encima del nivel estimado del 71 o 72% que marca el límite de lo que parece beneficiar al PSOE.
En todo caso, con alta o baja participación, se confirma el creciente bipartidismo de la política española a costa de Izquierda Unida y los nacionalistas. Socialistas y populares fueron el 76% del total de los votos en 1996, 75% en el 2000, 80% en el 2004 y nada menos que el 84% en estas. Ambos partidos han ganado once escaños a costa, evidentemente de los restantes. Notable es la caida de Izquierda Unida, que de 21 escaños que alcanzó en 1996 se ha quedado en tres pero, ¿qué se puede esperar de quien sigue llevando en programa cancelar las bases de la OTAN en España? Otra buena noticia es, sin duda, el descenso de Esquerra, que pasa de ocho a tres. Y por supuesto la entrada de Rosa Díez, la voz más fresca y con mayor coraje y dognidad del escenario político español. Podemos jugar a esconder a los populares detrás de un “cordón sanitario” hecho de minorías, pero el dato es que, todos ellos sumados, no llegan a la rodilla del PP: un 10% frente un 40%. Epero que no volvamos a oir que el PP se ha quedado en minoría.
Pero lo importante es el resultado y sus consecuencias. ¿Quién ha ganado? ¿Qué gobierno? ¿Qué alianza? ¿Qué políticas? ¿Qué será del perdedor? ¿Se acabará la crispación?
Por supuesto ha ganado el PSOE, en votos y en escaños. Pero un triunfo debe medirse contra las expectativas. Para Zapatero estas eran sus primeras elecciones, digamos, normales, y la ocasión de revalidar no sólo su triunfo de 2004 sino sobre todo su política. Y lo normal es que en esta segunda legislatura hubiera sacado su primera mayoría absoluta. Pues bien, ha conseguido lo primero pero no lo segundo. El PSOE sacó en el 2004 1,3 millones de votos y 16 escaños de diferencia con el PP; ayer la diferencia en votos fue de 850.000 aunque la de escaños casi se ha mantenido. Zapatero no ha obtenido el respaldo que esperaba. Ha perdido 200.000 votos y con 169 escaños (sólo cinco más) queda lejos de su anhelada mayoría absoluta y más aun de un refrendo claro de su confusa política. Por cierto, de poco valen los diputados cuneros pues ni Rodriguez de la Vega en Valencia ni Rubalcaba en Cádiz han conseguido frenar la caida socialista.
Pero si amarga es la victoria de Zapatero más aun lo es la derrota de Rajoy. Por una parte ha llevado al PP a su máximo de votos, casi diez millones, 200.000 más que hace cuatro años, y el PP sigue siendo la fuerza territorial dominante pues ha ganado en 11 Comunidades Autónomas (frente a 8 del PSOE) y 28 provincias (frente a 24 del PSOE). Pero no ha conseguido acortar significativamente la diferencia de escaños, quince frente a dieciséis, y eso es lo menos que se le podía pedir ¿Será capaz de conservar el liderazgo de su partido? ¿Querrá mantenerlo o preferirá presidir transitoriamente una transición ordenada, si tal cosa es posible? Es evidente que Rajoy no ha conseguido comunicar con el electorado ni traspasar la imagen de “derecha extrema” en la que le ha estereotipado (con éxito) el PSOE. Y una crisis de liderazgo del PP será sin duda la mejor oportunidad para que Zapatero pueda optar a su tercer mandato.
Pero el principal problema de Zapatero es cómo hacer gobierno. Necesita siete diputados para tener mayoría absoluta y sólo CIU está en condiciones de ofrecerlos. ¿Querrá hacerlo? Me temo que el precio puede ser exorbitante, tanto como el gobierno de Cataluña, algo que Zapatero no está en condiciones de ofrecer. ¿Puede gobernar con acuerdos puntuales con las restantes minorías? La alternativa es el PNV más alguna otra minoría, o bien la suma de al menos tres de ellas. Un galimatías. Zapatero ha superado el listón de estas elecciones porque ha fagocitado a casi toda la izquierda, y ello a pesar de que esta ha disminuido (hace cuatro años la izquierda le sacó a la derecha casi dos millones de votos; en esta millón y medio). A Zapatero ya no le queda izquierda con la que pactar y sólo puede hacerlo con la derecha de CIU... o del PP. Paradójico resultado de un izquierdista confeso que gana a costa de liquidar a la izquierda.
Un observador externo pensaría pues que es el momento de gobernar en una gran coalición, pero ¿serán capaces unos y otros de superar su encono? Mientras daba noticia de los resultados electorales Blanco aprovechó para acusar al PP nada menos que de deslealtad, un buen augurio sin duda. Y sin embargo los españoles no nos merecemos esta bronca de la que ambos son culpables aunque unos lo sean más que otros. Si el PP quiere ganar en algun momento debe interiorizar que hay casi once millones de españoles que votan socialista. Y eso no es grave, no estan enfermos. Y si el PSOE quiere gobernar para todos debe interiorizar que hay casi diez millones de españoles que han votado al PP. Y eso tampoco es nada grave. Al parecer unos y otros persisten en sus ideas y suman el 85% de los electores, de modo que quienes les representan están forzados también a soportarse y entenderse. De hecho en la calle los ciudadanos lo hacemos bastante bien. En fin, hagamos normal en la España oficial lo que es normal en la España real. ¿Suena a algo? Sí, se trata sólo de reverdecer el espíritu de la transición del que nunca debimos apearnos. Le toca al gobierno abrir juego. Y no estaría mal que aprovechara para hacer un gobierno abierto a los perdedores, al modo de Sarkozy, pero al contrario. Sería un gesto que contribuiría mucho a serenar los espíritus de la política. Y vaya si hace falta.
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