Opinión

Cataluña y España

José Manuel Cuenca Toribio | Lunes 10 de mayo de 2010
Apenas traspasado el centenario del gran e iniciático movimiento de la Solidaritat catalana, es harto probable que su esplendor se hubiera conmemorado o coincidido con la sentencia del Tribunal Constitucional acerca del Estatut. Así, de haberse pronunciado la alta institución en 2007 o, en último extremo, en el 2008 –plazo asaz razonable para ello-, habría sido historiográficamente muy fructífero y socialmente muy significativo y curioso comparar las reacciones provocadas por aquélla con las suscitadas con ocasión de un veredicto aún no emitido.

Pues, en efecto, el texto presentado en las Cortes por los representantes de la heteróclita al tiempo que compactada Solidaritat en pro del autogobierno de Catalunya apenas si difiere en sus puntos cardinales y en su horizonte desiderativo del plasmado en el controvertido Estatut, acerca de cuya constitucionalidad ha todavía de posicionarse el ya citado Tribunal. Cuenta aquí, por descontado, la monotonía de todos los programas reivindicados ante “Madrid” -la gobernanza del Principado parcial o de facto- y llevados a las autoridades estatales y al Parlamento nacional por las elites y partidos catalanes desde finales del siglo XIX a comienzos del actual. El libreto de los no escasos documentos en que se vertieran hasta la fecha dichas aspiraciones ha guardado a lo largo de más de cien años una sustancial y berroqueña identidad. Una de las diferencias o variaciones fundamentales estriba, obviamente, en los líderes que encabezaron en el correr del tiempo la causa catalanista. Entre la personalidad de Prat de la Riva y Cambó y la de Montilla y Saura, la distancia intelectual que los separa quizá sea aún mayor que la establecida por el tiempo. Pero las claves de sus respectivos discursos son las mismas, adaptadas, claro es, a la cronología. Víctimismo e incomprensión del lado de los poderes centrales a un “hecho diferencial” troquelado por una historia y una cultura propias en nada inferiores a las de ninguno de los grandes pueblos de Occidente. De este modo se ha ofrecido reiteradamente el discurso de la reivindicación catalana, detenido en las fronteras del soberanismo o adentrándose, más o menos sutil y subrepticiamente, en él. Sin solución de continuidad apreciable, tal discurso se ha expuesto siempre hasta el 2007 desde una posición de evidente superioridad económico-social sobre el resto del país.

A la uniformidad de la demanda ha respondido, naturalmente, la de la respuesta. De ahí, que pueda reproducirse desde el Memorial de greuges de 1885 al Estatut de nuestros días, sin cambio alguno de verdadera trascendencia, el eje vertebrador de la réplica “madrileña”, en horas de monarquía o de república, de predominio conservador, liberal o socialista. Debido a provenir de uno de los gobernantes que más simpatías albergara sobre el solar catalán y sus gentes, su lengua y su pasado, el mallorquín Antonio Maura y Montaner -y acaso también el que mejor entendiera la raíz de su carácter-, así como igualmente por pertenecer el texto a su célebre intervención parlamentaria de 21 de junio de 1907, se trae ahora aquí al recuerdo la médula de su opinión: “Yo no entiendo la enmienda donde está contenido vuestro programa mínimo. Yo no sé lo que queréis decir con eso de la personalidad. Es más, creo que no lo sabéis vosotros y, además, creo que no lo queréis decir. Y yo tengo que averiguarlo. ¿La queréis para una materia propiamente local? Sin tasa se os reconoce. ¿Queréis personalidad para hacer pedazos la inconsútil soberanía de la patria? Nada. ¡Nada! Mientras yo alienta y pueda, jamás logrará un Gobierno sacar adelante una ley que mutile eso”.

Frente a la inmutabilidad del paisaje sobre el que se proyecta la llamada, en los comienzos del siglo XX, “cuestión catalana” es fácil caer hodierno en el pesimismo y repristinar, como un pis aller, la fórmula orteguiana de una “conllevancia” civilizada, por más que nos resulte grisácea y desvitalizada. ¿Aporta, pese a todo, la Historia algún camino de solución? Habrá que engolfarse en sus excitantes aguas a la búsqueda de un tesoro en verdad inapreciable en la España de hoy.

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