Opinión

Zapatero es el problema, no la solución

Jueves 13 de mayo de 2010
El Congreso de los Diputados vivía ayer un intenso pleno, donde se anunciaban –por fin- las medidas que el Gobierno se había decidido a aplicar para reducir el déficit público. José Luis Rodríguez Zapatero, tan amigo de gestos y fotos, no debió de sentirse muy complacido con la llamada telefónica que ayer recibió de su homólogo norteamericano, Barack Obama. Una llamada que, en cualquier otro momento de la legislatura, habría sido vendida a bombo y platillo por Ferraz, pero que bien puede decirse que llegó en el peor momento. Y es que, justo el día antes de que Zapatero anunciase que se congelaban las pensiones y se le rebajaba el sueldo a los funcionarios, tiene que llamarle Obama para alinearse con las tesis defendidas por Miguel Angel Fernández Ordóñez, Joaquín Almunia, Jean Claude Trichet y tantos otros que apelaban al Presidente del Gobierno para que, de una vez por todas, hiciera algo.

Y lo ha hecho. Tarde, con años de retraso y sin convicción alguna, pero lo ha hecho. Y hay que celebrarlo. Ahora lo importante es no abandonar la senda de la sensatez, por dolorosa e impopular que sea. Tal y como se habían puesto las cosas, urgía aplicar cuanto antes medidas drásticas, para no llegar a la categoría de draconianas a que se han visto abocados en Grecia. No puede ser que una de cada cinco personas en edad laboral no trabaje, y que la cuota de desempleo ronde el veinte por ciento. Porcentaje que, curiosamente, coincide con la cantidad de funcionarios en España: una de cada cinco personas que en España trabajan lo hace con cargo a las arcas públicas. Y es un hecho que el sueldo de un funcionario medio no es precisamente desorbitado; el problema está en la desmesura de la plantilla, así como en lo intocables que son. En tiempos de crisis, el empleador, que es el Estado, se ha visto obligado a reducir mínimamente el sueldo de sus empleados, los funcionarios. No ha hecho ERE alguno ni ha despedido a nadie; simplemente, ha entrado por fin en razón y ha acabado por reconocer que es imprescindible ahorrar.

Dicho lo cual, la crisis no se solventa únicamente a costa de funcionarios y pensionistas, tal y como reza el demagógico discurso de los sindicatos. La solución pasa por una optimización de las partidas presupuestarias destinadas a las autonomías y, de paso, no incurrir en errores de un pasado más bien reciente, como el “plan E” y aventuras similares. Al mismo tiempo, cabe preguntarse qué sentido tienen algunos puestos del organigrama oficial, y porqué no se tiene el coraje político suficiente para cerrar de una vez por todas el auténtico cáncer de la economía española -con permiso del desempleo- cual es el desbarajuste –que no el sistema- autonómico. Algo en lo que Zapatero no entrará jamás por temor -y devoción- a los nacionalistas. De lo que se infiere que alguien que ni quiere ni puede arreglar el actual desaguisado económico que vive España –y del cual es, en buena parte, responsable- lejos de ser la solución, es el problema.

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