Jueves 13 de mayo de 2010
El anuncio hecho por la secretaria de Estado estadounidense, Hillary Clinton, de que Estados Unidos no abandonará Afganistán pese a sus discrepancias con la administración de Hamid Karzai refleja bien a las claras que el compromiso de Obama en la zona sigue inalterable. Los últimos acontecimientos -escándalos y corruptelas entre los miembros del gobierno afgano, las sospechas aún no aclaradas sobre el fraude en el reciente proceso electoral o el farol de Karzai de pactar con los talibanes- habían enturbiado unas relaciones cuya buena marcha se antoja imprescindible para la seguridad global.
Conviene señalar que la reconstrucción de Afganistán es de una complejidad máxima. En Irak, al menos, había ya una estructura de estado creada y unas instituciones constituidas, con independencia del tirano que había al frente de ellas. Pero la situación de enfrentamiento endémico que vive Afganistán desde hace lustros ha redundado en un semivacío institucional donde la corrupción campaba -y aún lo hace- a sus anchas. Es precisamente aquí donde debe librarse una batalla, la civil, casi tan importante como la militar. La coalición debe seguir combatiendo con las armas a la insurgencia talibán sin descuidar la reconstrucción del armazón institucional afgano. Y hasta que ambos cometidos se hayan desarrollado satisfactoriamente, la presencia internacional en Afganistán sigue siendo imprescindible. Por el bien de todos.
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