Enrique Arnaldo | Jueves 13 de mayo de 2010
Nada es lo que era. El alguacil, alguacilado. A los calvos les crece el pelo. En los toros se ausentan el sol y las moscas y los taurinos se revisten de mantas palentinas, porque la primavera es otoño.
Nada es lo que parece. Merkel es un hombre y Sarkozy una mujer... que llega tarde a las citas. Obama es blanco (la esperanza blanca) y Merkel es (está) negra como el carbón de Silesia.
Nada es como nos lo contaron. Ni el verano es azul. Ni los de Bonanza eran rancheros honrados. Ni la nación es únicamente la española. Ni los pisos valen lo que pagamos por ellos. Ni los brotes eran realmente verdes, salvando daltonismos. Ni la igualdad es más que lo que cada momento nos dicen que es.
El desencanto huele a desapego, a cansancio y a sálvese quien pueda. Y las flores se han helado. Y los cerebros se han osificado. Nos queda el Karaoke y la Copa del Mundo.
Pero el colmo es que nada de lo que estudiamos (y nos creímos) se corresponde con la realidad. No es ya que con Bolonia haya que aprender esquemas o resúmenes y no lecciones. No es, en fin, que la separación de poderes sea una ilusión óptica o la participación ciudadana una anécdota cada cuatro años. ¡¡Es que hasta en Gran Bretaña se forman gobiernos de coalición!!.
Nada menos que en 1945 Maurice Duverger formuló las que denominó “leyes sociológicas” que concretan la influencia determinante del sistema electoral en el sistema de partidos. La primera de las leyes es que el sistema de representación proporcional (como el español o el alemán) conduce al multipartidismo. La segunda consiste en que el escrutinio mayoritario (como el inglés o el francés) da lugar al bipartidismo. Es decir mientras que el proporcional atomiza, el mayoritario concentra e integra.
Los británicos consolidaron así un régimen bipolar en alternancia que les ha conferido una eficaz estabilidad. Pero hasta las leyes se rompen en el mundo contemporáneo y el Conservative Party se ha visto obligado a llamar a coaligarse para formar mayoría al Liberal Party rompiendo una tradición de más de setenta años. Nada vale ni siquiera en el Támesis.
Y luego nos quejamos de nuestro mapa electoral. En todas partes cuecen patatas.
Quizás sean desvarío de abuelo batallitas, pero los mongoles siguen esperando que regrese Gengis Khan.
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