Opinión

El premio Jan Karski 2010

Álvaro Ballesteros | Jueves 13 de mayo de 2010
“No podemos frenar a los asesinos nazis ni salvar a sus víctimas. Pero protestamos, desde el fondo de nuestros corazones, que están llenos de compasión, repugnancia y horror. Esa protesta nos la exige Dios, que nos ha prohibido matar; nos la exige la conciencia cristiana. Todo ser que se considera humano tiene el derecho al amor de su vecino”.

Jan Karski (1942)


Nuestra maltratada España es un país especialmente sensible y los españoles somos una nación harto compleja cuando de reconocer los éxitos de nuestros compatriotas se trata. A veces da la impresión de que antes que reconocer a un conciudadano sus triunfos, antes que alabar lo conseguido por otro español, muchos preferirían morderse la lengua, e incluso tragársela si pudieran. La crítica constructiva, tan esencial para el progreso de cualquier sociedad humana, se ve a veces sepultada bajo la envidia, la incapacidad para el reconocimiento a la labor del otro, y los complejos de inferioridad de cada uno. Hay quienes creen que ese es un elemento en sí destacado en nuestra psique nacional, y ¿quién sabe? Tal vez tengan razón.

Hoy les quiero hablar de un hombre, Jan Karski; les quiero hablar de un importante premio que lleva su nombre; y les quiero hablar nuevamente sobre las contradicciones políticas españolas. Espero saber ponerles en contexto, y espero me disculpen si mi crítica al premiado les parece que acaba cayendo en la categoría que yo mismo criticaba en el primer párrafo de esta columna.

El hombre: Jan Karski, católico polaco, fue una de las principales figuras de la resistencia antinazi en la Polonia salvajemente dividida entre el III Reich y la Unión Soviética de Stalin. Karski (que falleció en 2000) fue pieza esencial a la hora de mantener a los Aliados informados sobre la situación en la Polonia ocupada y una de las primeras voces que denunciaron el genocidio de los judíos en Europa, la destrucción del ghetto de Varsovia y la locura de los campos de exterminio nazis donde tantos inocentes perecieron.

Jan Karski fue una figura dinámica, un oficial del ejército polaco que escapó la masacre de Katyn gracias a su astucia y casi de milagro; un valiente que no evadió su obligación para con sus congéneres cuando podía haber escapado del infierno que era la Polonia ocupada, y que puso su vida en gran riesgo para defender su país y reivindicar a las víctimas del nazismo. Un hombre bueno, cuyo nombre fue asignado en 1982 a uno de los árboles que jalonan el "Paseo de los Justos", en el "Memorial Yad Vashem" de la ciudad de Jerusalén. Calles y monumentos en su memoria se hallan también en otros diversos lugares del mundo, y su defensa de la humanidad frente a la locura fratricida del Holocausto constituye, sin duda, una de las notas a salvaguardar de un siglo tan inhóspito como lo fue el XX.

El premio: que lleva su nombre. Lo otorga el Comité Judío Americano, una institución de renombre creada en 1909, que decidió que la mejor manera para proteger a las poblaciones judías en peligro era trabajando para crear un mundo en el que todos los pueblos fuesen tratados con dignidad y respeto, promoviendo sociedades pluralistas y democráticas, comprometidas con el respeto y la protección de las minorías. El Comité Judío Americano, institución clave en la lucha global contra el antisemitismo, entrega cada año el Premio Jan Karski a personalidades internacionales destacadas por su esfuerzo en la lucha contra el antisemitismo y por su compromiso por reforzar la seguridad y protección del Estado de Israel, dentro de una solución regional basada en la existencia de dos Estados, incluyendo un Estado Palestino viable. El Premio Jan Karski se concede cada año en la gala en EE.UU. del Comité Judío Americano, a la que asiste la creme de la creme de la escena internacional, económica, política y militar. Convendrán conmigo, pues, que tanto por el galardón en sí, por la memoria y el esfuerzo del gran hombre al que se rememora, y por la entidad del comité que otorga la distinción, el Premio Jan Karski es uno de peso que debe hacer sentir a sus receptores y a los mismos países a los que representan un profundo orgullo y satisfacción.

El premiado: que en 2010 no ha sido otro que Miguel Ángel Moratinos, el Ministro de Exteriores del gobierno Zapatero. Recibió su galardón en una gala en la que intervinieron Hillary Clinton y otras personalidades destacadas, y en la que el Director del Comité Judío Americano (David Harris) destacó que “el Ministro Moratinos ha creado un nuevo capítulo en la relación entre España y el mundo judío”, y se reconoció su coraje personal en la oposición al antisemitismo, su apoyo esencial para la instauración del Día del Recuerdo del Holocausto como festividad en España, y su aportación primordial para la apertura de Casa Sefarad, institución pública que honra la significante contribución de los judíos en la historia de España.

El propio Moratinos, al recibir el galardón en la gala de abril de 2010 del Comité Judío Americano, explicó que el gobierno Zapatero “está profundamente comprometido en erradicar el antisemitismo en España; es una obligación moral combatir no solo el antisemitismo tradicional, si no especialmente el nuevo antisemitismo, que es mucho más perverso”. Moratinos añadió también que, gracias al Comité Judío Americano, entendía personalmente que “el corazón del pueblo judío no es otro que el Estado de Israel”, y que trabajará “contra cualquier esfuerzo en España y Europa encaminado a demonizar o deslegitimar al Estado de Israel”.

Mi crítica personal: que se basa en la fascinante incredulidad que siento a la hora de releer todo este episodio, y al vincular ambos, el galardón y el galardonado en 2010. Ahora resulta, por puro arte de magia, que el Ministro de Exteriores de Zapatero, el que lleva seis años haciéndole la ola de modo miserable e incomprensible a los regímenes violadores de los Derechos Humanos encabezados por tiranos como Hugo Chávez, Teodoro Obiang y los hermanos Castro, es de repente un paladín mundial de la lucha contra el antisemitismo y los derechos de las minorías oprimidas en el mundo.

También por arte de magia, resulta ahora que su labor, la de Moratinos, ha sido esencial y fundamental para despertar recientemente en la mente del pueblo español el entendimiento del valor del judaísmo en nuestra historia, y más aun, resulta que el propio gobierno liderado por Zapatero representa la vanguardia en Europa de la lucha contra el antisemitismo. Lo lamento, pero por más que lo intento, no salgo de mi asombro por la concesión del premio y por las declaraciones del premiado.

El árbol genealógico de mi propia familia está jalonado con una mezcla riquísima a través de generaciones de apellidos cristianos, musulmanes y judíos; testimonio de la mezcla intercultural de la Granada andalusí, sefardí y castellana. Ello, sumado a la educación de tolerancia que he recibido de mis padres y a mi propio devenir político y personal, me hacen entender la importancia de la labor de aquellos que trabajan para erradicar el antisemitismo y todas otras formas de discriminación sea étnica, religiosa o cultural. Además, mi trabajo durante años en los Balcanes, me ha hecho ver de primera mano las consecuencias del odio interétnico y el peligro de la falta de freno a los que predican el odio y la discriminación, tan vinculados con le nacionalismo étnico. Entiendo bien, pues, de qué se trata el tema, pero les reitero de nuevo que lo de Moratinos como paladín del antisemitismo, por mucho que le de el premio Hillary Clinton, no me cuadra ni lo más mínimo.

Y la ecuación no me cuadra simplemente porque lamento tener la sensación de que precisamente el antisemitismo en España ha crecido desde la llegada del gobierno Zapatero al poder en 2004. Porque entiendo, tras analizar los acontecimientos de los últimos años, que el PSOE de Zapatero en su deriva más radical y populista abrazó hace tiempo y apoyó las actitudes más radicales en el discurso anti-judío y pro-palestino, ese que confunde la defensa de la justa causa palestina con el apoyo populista a Hamás y a su entorno más radical. Como ejemplo, les traigo a la memoria la manifestación del 11 de enero de 2009 en Madrid, en la que los medios organizadores destacaron como novedad principal la participación del PSOE autorizada directamente por Zapatero, con un Pedro Zerolo como cabeza visible representando al PSOE y al gobierno de Zapatero. Precisamente en una marcha cargada de tonos y tintes radicales, con miles de carteles y pancartas llamando “asesino” al Estado de Israel, en la que se destrozaron banderas israelíes y se entonaron proclamas claramente antisemitas.

Tampoco me cuadra la ecuación porque, a pesar de que el propio Moratinos fue embajador de España en Israel y luego Representante de la UE para Oriente Medio (eso sí, alojado en un cómodo palacete en Chipre), y a pesar de que es cierto que ha propiciado la creación de Casa Sefarad y que, supongo, se siente personalmente comprometido con la causa de Israel, no es menos cierto que a día de hoy, tras más de seis años como Ministro de Exteriores de España, podemos atrevernos a afirmar que el 99% de la población española desconoce por completo que en nuestro país haya una festividad dedicada al recuerdo de las víctimas del Holocausto, o que exista como tal la institución Casa Sefarad, ni que el gobierno de España se preocupe por combatir el antisemitismo.

La ecuación sigue sin cuajar porque comparar al mismo Karski con Moratinos es cuando menos grotesco, con el primero jugándose reiteradamente la vida en condiciones muy duras para ser voz de los inocentes asesinados por el nazismo, y el segundo, apegado al fasto, viviendo en el Palacio de Viana en Madrid, rodeado de pomposidad y despilfarro precisamente en época de crisis. Un Moratinos cuyos éxitos reales diplomáticos y de política exterior (los contantes y sonantes) son mínimos desde que Javier Solana lo nombrase su representante en Oriente Medio (repito, alojado en el cómodo palacete en Chipre). Comparar pues a estas dos figuras se me hace tan difícil como reírle las gracias a Hugo Chávez o a Teodoro Obiang, algo que el propio Jan Karski no habría podido digerir nunca tampoco.

A fin de cuentas, lo más preocupante de todo esto, es que frente a un hecho que es de por sí positivo (como lo es el que el Ministro español de Exteriores reciba el galardón Jan Karski del Comité Judío Americano), lo que queda es constatar la triste situación de la política en España. Tanto más tras ver que de las ilusionantes expectativas del nombramiento del propio Moratinos como Ministro de Exteriores en 2004 no queda a día de hoy nada de nada. Si algo, la sensación de una diplomacia que parece ya más privada que pública, y de una política exterior totalmente desconectada del público español en general.

Como bien recordaba la Doctora Stephanie Babst (de la World Security Network) en su escrito “La nueva diplomacia pública de la OTAN” de 2009, “la diplomacia pública debe de ser creíble para ser efectiva. Si se trata de manipular y de mentir, se pierde inmediatamente la credibilidad”. Para un gobierno sin credibilidad, como el de Zapatero, y para un Ministro de Exteriores sin credibilidad, como el propio Moratinos, hasta la concesión de un premio tan prestigioso como el Jan Karski puede llegar a ser una mala noticia. Prueba de lo que les digo, el hecho de que en España se haya mantenido tanto silencio oficial desde el gobierno en relación con el galardón. Tal vez ni en la Moncloa se creen lo de su “reconocido compromiso por la lucha contra el antisemitismo”. Qué gran país el muestro; qué pena de gobernantes tenemos.

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