Jesús Carasa Moreno | Jueves 13 de mayo de 2010
Una de mis penúltimas adicciones ocultas es la escritura. La secuela mas evidente de este vicio es un, ya, muy avanzado embarazo que, en su día, espero, tenga como fruto un hermoso libro.
El tema es la mentira, las mentiras.
Trato, en él, de analizar aquellas ideas o circunstancias que la sociedad admite como ciertas y en las que se desenvuelve con naturalidad y que examinadas evitando prejuicios, a mi, me parecen falsas. También “verdades” que hemos heredado de nuestros antepasados, interpretaciones de acontecimientos históricos y de personajes y relatos reales o de ficción.
Encuentro que la humanidad ha ido acumulando tal cantidad de mentiras, antiguas y recientes que, por cada tema que analizo veo tres nuevos por delante y tendré que dar el libro por terminado como primer tomo, de este asunto, de mis obras incompletas.
He aquí un ejemplo paradigmático:¿Como puede permanecer, durante siglos, la aceptación de David como ejemplo de la parte débil que, contra pronostico, logra la victoria?. Aunque David era un muchacho y Goliat un enorme gigantón, la habilidad de aquel con su honda convertía a este, con su espadon, en un blanco, ligeramente móvil, fácilmente vulnerable. Como si el tramposo David hubiera llevado una metralleta.
La permanencia sorprendente del prestigio de David nos hace considerar, además, que el aforismo que concluye que nadie puede engañar a todo el mundo todo el tiempo es, también, otra falsedad. Y así.
Pero vamos al asunto. Ahí vienen otra vez a por nuestras pensiones. Se pretende jugar, una vez más, con los españoles, al trile de la pensión.
La sorprendente morfología de la cebolla, en que cada capa oculta a la interior, ha servido, siempre, como símil de la doblez humana y nos puede ayudar, ahora, a descubrir las falaces envolturas que se han ido acumulando sobre el tema de las pensiones.
No me se la historia pero, supongo, que empezó cuando El Estado, comprobado que los ciudadanos, irresponsables bartolillos, eran incapaces de ahorrar para su vejez, decidió detraer parte de sus salarios, garantizar su poder adquisitivo y devolverlo a los involuntarios ahorradores, en mensualidades, una vez jubilados. Buen sistema de capitalización. Pero…..
Primera capa—El Estado “olvida” que ese dinero no es de su propiedad sino una deuda al ciudadano. No puede, no debe aportar sus iniciativas e invenciones administradoras, sino ser fiel al objetivo fijado.
Segunda capa—El Estado, considerándose, ya, dueño de esos fondos, pasa a hacer con ellos “justicia social”, quitando a los que mas aportaron para dar a los que ahorraron menos. No olvidemos que la aportación mayor o menor se debe a que el tiempo de trabajo fue más o menos dilatado o que los salarios percibidos fueron mayores o menores. Incluso se paga, de ahí, a los que nada aportaron. Es una forma de hacer” justicia” con dinero ajeno.
Tercera capa—El Estado forma un Fondo de Pensiones, separado de la economía general, donde administrar los flujos entrantes y salientes.
Cuarta capa—En la confianza de que los flujos entrantes cubran, indefinidamente, los flujos salientes, El Estado se apodera del ahorro acumulado.
Quinta capa—El Estado decide eludir su responsabilidad con los jubilados y pasarla a los trabajadores en activo y sus aportaciones.
Sexta capa—Mientras las aportaciones de los trabajadores en activo cubren las pensiones, El Estado puede mantener el tipo, pero cuando no es así, o este equilibrio se ve peligrar, recurre sin vacilación ni escrúpulos a hurgar el bolsillo del más débil, el pensionista. Es entonces cuando se producen indisimulables trampas, capa sobre capa: Descuentos por jubilaciones anticipadas, engaños en la revalorizacion en orden a mantener el nivel adquisitivo, composición mentirosa del IPC, número de años de cotización para calcular la pensión a percibir, revalorizacion en base a IPC futuro, nuevos impuestos sobre la pensión percibida, etc…
Séptima capa—Recurso a la desvergonzada recomendación a suscribir planes de pensiones privados, lo que supone el derribo del presuntuoso “Estado del Bienestar”.
Octava capa—La continua y sonrojante amenaza a los viejos, actuales y futuros, del peligro de quedar sin pensiones, haciendo mangas y capirotes de su deuda, obligación y responsabilidad.
Novena capa—La sospecha de que ese peligro se materializará, algún día, en todo o en parte, quedando en pie la retención como un impuesto más y abdicando El Estado de su obligación material y moral de devolver el dinero retenido y administrado.
El Estado debe dejarse de subterfugios y una vez pervertido y burlado el sistema de capitalización, encuadrar esa obligación en los Presupuestos Generales del Estado, con la prioridad que merece y relegar tanto gasto inútil o de difícil justificación.¡ Será por dinero!.
Es una deuda sagrada con los viejos que esta ciega sociedad está dispuesta, poco a poco, a eludir confiando, quizá, en la paulatina aplicación de la eutanasia activa y pasiva como solución al problema de financiación.
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