Opinión

De la debilidad a la fortaleza

Enrique Aguilar | Jueves 20 de mayo de 2010
Por gentileza de un amigo llegó a mis manos un ensayo inédito escrito por José María Kokubu, buen conocedor, entre sus múltiples competencias, del Management japonés. En uno de sus capítulos (todos muy reveladores, por lo demás), Kokubu nos propone mirar los fracasos colectivos con un criterio de identificación de la debilidad entendida ésta como un “agente catalizador de la mejora”. En otras palabras, se trataría de descubrir y aceptar nuestras debilidades, no para complacernos en ellas (ni menos aún para resignarnos), sino para “alcanzar una fortaleza real”.

Lamentablemente nada conozco sobre Management japonés. Sin embargo, esa sola afirmación (la que define a la debilidad, reiterémoslo, como “agente catalizador de la mejora”) me bastó para despertar mi interés por el tema como también para ver cifrado en ella un programa de transformación que, a partir de la aceptación de los problemas, nos permita encaminarnos a su superación.

En particular, la fórmula me parece propicia y más que oportuna para ser aplicada a esta Argentina que celebra su bicentenario. Se discute mucho a estas horas qué es exactamente lo que estamos celebrando. ¿Una epopeya fundadora, el origen de un mito, el inicio de un proceso que nació en Buenos Aires en 1810 y se coronó seis años después en Tucumán, o acaso el comienzo de una historia real pero cubierta, a la vuelta de dos siglos, por otras tantas historias falsas?

Personalmente creo que los argentinos, aun con la cruz de nuestros desaciertos a cuestas, tenemos varias cosas que celebrar, empezando por la recuperación definitiva de la democracia, es decir, el fin de los golpes de Estado y de las prolongadas vedas electorales. Además, seguimos contando con inmensas posibilidades de desarrollo, tanto en materia de recursos naturales como de capital humano. Con todo, si la marcha no se ve precedida por un diagnóstico severo de nuestros problemas, continuaremos proyectando un futuro ilusorio sin poder siquiera acariciarlo.

Años atrás el historiador Fernando Devoto sugirió corregir levemente una consigna que Gramsci había tomado prestada de Romain Rolland: “el optimismo de la voluntad luego del pesimismo de la inteligencia”. El adverbio de tiempo resulta aquí fundamental para que el diagnóstico anteceda a la terapia. En otros términos, para que el reconocimiento de la debilidad presente posibilite la fortaleza futura.

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