Norman Mailer y Jon Naar: La fe del grafiti. Traducción de Camila Enrich. 451 Editores. Madrid, 2010. 128 páginas. 24,50 €
El grafiti, ¿arte o contaminación visual? Norman Mailer, humanista americano considerado un maestro de las letras por buen número de sus lectores, y el fotógrafo Jon Naar, nos acompañan en este recorrido por el Nueva York callejero de principios de los setenta, por el Nueva York de los grafiteros.
Las pinturas en las paredes, “murales”, y en este caso además en vagones de metro y autobuses, han pasado a lo largo de la historia desde las cuevas de Altamira hasta los frescos de Botticelli; y para el autor, estos grafitis forman parte de la evolución de la pintura en dicho soporte. Son un arte, un arte fugaz, arriesgado desde el momento en el que los muchachos grafiteros
inventan (roban) los botes de pintura o rotuladores hasta que se esconden de madrugada en las cocheras del transporte público para dejar plasmado su
nombre, que más tarde verán pasar con orgullo por las calles y túneles de la ciudad. Estos autobuses, vagones y paredes inertes cobran vida con los colores y formas de los grafitis.
Es difícil para muchos dejar de considerar estos grafitis como contaminación visual; especialmente entre ellos, para el entonces alcalde de Nueva York, John V. Lindsay, que refunfuñaba por el problema de “vergüenza indecente” y suciedad que constituían, y el importante desembolso anual que suponía su limpieza. Para Lindsay, las pinturas “desfiguraban” los vagones del metro. “Cerdos grafiteros”, “cobardes inseguros”… A pesar de todo, las pintadas avanzaban inexorablemente y tenían una presencia ubicua, amenazando la imagen de una ciudad tan emblemática.
Otras opiniones, sin embargo, perciben en este lenguaje callejero una influencia indirecta e ingenua de artistas como Miró y ciertamente podemos ver composiciones que, aunque parecen casuales, muestran una gran sensibilidad frente al color. Puede parecer increíble que de
estos grafitis hayan nacido varios artistas muy reconocidos y valorados gracias a que, al ser
pinturas públicas a la vista de todo el mundo, impresionaron los ojos de galeristas y críticos de arte que, por ejemplo, sacaron de las calles a
Jean-Michel Basquiat.
Para muchos de nosotros siempre quedará, no obstante, la duda razonable: ¿Cómo diferenciar las vulgares pintadas de un retrete de las verdaderas obras de arte...?
Por Sonsoles Vidal Bello