Opinión

Huelga general en lugar de reforma laboral

Sábado 22 de mayo de 2010
Tras los primeros conatos de movilizaciones con los recortes sociales del Gobierno como telón de fondo, por fin los sindicatos han mentado la “huelga general”, como si fuese la última de las alternativas que les queda para defender los derechos de los trabajadores. Aunque, tal y como están las cosas, había que añadir también a los que no trabajan, que son legión. El caso es que, tras tanto tiempo sin tener noticias de ellos, de repente han aparecido los sindicatos, y no parece que por voluntad propia, sino más bien impelidos por las circunstancias. De hecho, diera la impresión de que eran las principales centrales sindicales del país las que llevaran ya tiempo en huelga -o cierre patronal, según se mire- a la vista de su total ausencia cuando más arreciaba la crisis.

No les falta razón a lo señores Toxo y Méndez cuando afirman que una huelga general debe ser siempre el último recurso. Cierto. Pero es que, antes de ello, no se recuerda iniciativa alguna llevada a cabo por UGT o CCOO ante la tremenda destrucción de empleo que padecía -y aún padece- España. Sus únicas apariciones públicas se han limitado actos de coacción a la judicatura y en declaraciones altisonantes contra el Gobernador del Banco de España, el Comisario europeo de Competencia y todo aquel que osase demandar reformas en España. De haber actuado antes en defensa de los trabajadores –reclamando, por ejemplo, contención del gasto público- a lo mejor ahora no habría sido necesario llegar a estos recortes. La mayor responsabilidad, indudablemente, corresponde al Presidente del Gobierno por su calamitosa gestión. Pero algo de culpa tienen también los sindicatos, por haberse dejado domesticar y convertirse en cooperadores necesarios de una deplorable política económica. Ha salido caro el precio que han pagado los españoles por una paz social tan pesebrera como dañina a la larga. Ahora pretenden lavar su imagen con una huelga general. Desolador porque su inacción ha convertido en imprescindible y drástico lo que, de haberse introducido a tiempo, hubiera sido severo pero más llevadero. Desolador -y reaccionario- porque, en lugar de plantear la huelga para exigir reformas, la emprenden para que todo siga como está; es decir: de mal en peor.

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