Martes 25 de mayo de 2010
Las medidas de ajuste que va a implementar el flamante gobierno británico van a suscitar una enorme polémica en el Reino Unido. Ahorrar 170.000 millones de euros no es nada fácil. Así, más de 300.000 empleados públicos podrían perder su puesto de trabajo, y los recortes presupuestarios afectarían a la práctica totalidad de la administración británica. Bajada de sueldos, supresión de dietas y vehículos oficiales y amortización de puestos vacantes son otras de las iniciativas que llevará a cabo David Cameron. Iniciativas tremendamente impopulares, pero imprescindibles si se quiere salir de la crisis. El gobierno alemán, por su parte, prepara un draconiano plan de ajuste presupuestario a partir de 2011 que permitirá el ahorro de 10.000 millones de euros anuales hasta 2016, sobre todo reduciendo el gasto público.
Conviene señalar que, junto con Alemania, Francia y el Reino Unido son las principales economías de Europa y, pese a su fortaleza, han de adoptar una serie de medidas impensables no hace mucho. Lo hacen motu proprio, sabedoras de que dilatar su aplicación en el tiempo supondría males mayores. No improvisan; comunican el grueso de sus iniciativas en tiempo y forma, sin dosificar nada y sin pensar en posibles fotos o titulares. En España, sin embargo, ha tenido que ser el Fondo Monetario Internacional quien se uniera ayer a la larga lista de organismos y personalidades que demandan a José Luis Rodríguez Zapatero una reforma laboral urgente y una consolidación fiscal ad hoc. Es vergonzoso que la economía española siga padeciendo la inacción de un presidente que se niega a abordar un problema para el que urgen soluciones, y no paños calientes. Su empecinamiento en no hacer nada le está costando muy caro a España, y cuanto más tiempo pase, peor será. Porque en la realidad económica la inacción no existe: es una forma de elección; con frecuencia, la peor de las opciones. La que ha llevado a cuatro millones largos de parados.
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