Lourdes López Nieto | Martes 25 de mayo de 2010
De nuevo las democracias europeas viven sumidas en varias crisis superpuestas: política, económica y de valores cuya intensidad y gravedad varía en cada país y que hoy tienen consecuencias importantes en el ámbito político. Entre ellas, la desafección, es decir el alejamiento de los ciudadanos de sus representantes que se manifiesta de diversa forma en las elecciones: aumento de la abstención, del voto blanco, de la volatilidad y de los partidos radicales de izquierda y derecha. Los datos electorales habidos en los últimos meses en diversos países europeos (Francia municipales, Hungría y Reino Unido legislativas, Austria presidenciales, Italia locales y regionales) así lo corroboran. De los casos citados, cabe destacar el impacto de los resultados en Hungría donde se ha producido un gran vuelco electoral a favor del partido de centro derecha Fidesz que ha alcanzado una mayoría absoluta con 68% de los escaños. Dicha formación planteó un programa claro y alternativo al partido gobierno de reformas de todo tipo incluidas las relativas a la Constitución.
Por el contrario, en Reino Unido los programas electorales y los contenidos de la campaña mostraron un rasgo que se va extendiendo en la política europea y que en este caso es responsabilidad y se ha de atribuir esencialmente a los políticos. Me refiero a la ambigüedad y limitada polarización en la exposición y defensa de las propuestas por parte de los partidos mayoritarios. Es muy posible que este factor contribuya a explicar por qué de forma excepcional el sistema electoral no ha sido capaz de producir su resultado habitual. La participación aumentó y hubiera sido superior si la singular administración electoral hubiera absorbido a los potenciales votantes que no pudieron ejercer su derecho. Sin embargo, cabe pensar que las altas dosis de buenismo contenidas en las intervenciones de los políticos y en los manifiestos haya producido una gran volatilidad, especialmente la electoral. El partido Conservador ha logrado dos millones más de votantes que en la anterior elección, el Liberal –Demócrata un millón más y el Laborista ha perdido uno. La volatilidad parlamentaria ha sido menor debido al tipo de voto pero aun así un 29% de los escaños ha cambiado de partido. La consecuencia institucional más importante, motivada en parte por el relativismo programático, ha sido que el sistema electoral no ha permitido constituir un gobierno con mayoría absoluta. Se trata de un acontecimiento excepcional en la larga historia político-electoral británica y en general de los sistemas mayoritarios que casi siempre garantizan la gobernabilidad. Por ello, la propuesta de reforma electoral incluida en el programa de gobierno de la coalición, que tan solo pretende modificar el tipo de voto para aprovechar o evitar que se pierdan algunos votos, en caso de ser aprobada en referéndum, no parece que pueda tener mucho impacto. De hecho, haciendo un simulacro sobre los resultados reales y suponiendo que ningún elector cambiase su opción de voto, esta reforma no garantizaría la gobernabilidad. Además se trata de una hipótesis poco realista por diversos motivos, como el difícil aprendizaje de un tipo de voto complejo tanto para el elector como para quien ha de realizar el escrutinio. Esta simulación tentativa, arrojaría una reducción en 4 puntos de la prima o ventaja parlamentaria (cuando el porcentaje de escaños supera al de votos) del partido Conservador que ha sido de 11. El partido Liberal vería reducida su actual penalización (14 puntos) en 4 puntos menos. Por su parte, paradójicamente el partido Laborista, aunque en la oposición saldría beneficiado de esta reforma ya que mantendría su prima de 10 puntos.
En este sentido, cabe recordar que la experiencia política demuestra que solo son eficaces las reformas electorales limitadas a aspectos poco relevantes. Cuando se las atribuye la hipotética y posible solución a crisis políticas graves, se advierte que ello no suele ocurrir. Las sucesivas reformas electorales introducidas en Italia desde hace casi dos décadas es un claro ejemplo de lo afirmado. Por ello, sin obviar el importante papel que tienen los sistemas electorales y los comicios especialmente en situaciones de crisis, en estos casos, conviene poner mucha atención a las curiosas y muchas veces peligrosas iniciativas de políticos y todólogos. Cuando además se originan al amparo de pretendidos derechos territoriales, identitarios y colectivos vinculados al nacionalismo, las consecuencias políticas son muy graves. De hecho el proceso iniciado con el Pacto del Tinell con el que se cuestiona uno de las esencias del funcionamiento democrático, se agrava con el paso del tiempo. Uno de cuyos penúltimos episodios lo representa el contenido y significado del manifiesto denominado “El dilema español” asunto que abordaré próximamente.
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