Concha D’Olhaberriague | Martes 25 de mayo de 2010
Hay lugares que desafían al tiempo y se agarran a la tierra como si nada pudiera jamás mutar su apariencia.
Uno de ellos es Urueña, de nombre ancestral, prerromano, posiblemente híbrido de la lengua ibera, donde ur- es agua, y el sufijo toponímico –ona, acaso variante del céltico –ana que alude al mismo fluir o correr del agua y también se halla en el trilingüe “río Guadiana” (latino, en río y árabe en guadi- además del mencionado -ana).
En época lluviosa, el visitante se encuentra, a la entrada, con un lavajo donde se espeja el lienzo mural del siglo XIV.
Alejado de la carretera principal, el mínimo pueblo de Urueña es un otero imponente para apreciar la anchura de la Tierra de Campos vallisoletana y hasta la de Zamora, pues en días claros se alcanza a ver, hacia Occidente, el perfil ondulado de la sierra de la Culebra.
El paraje evoca el soneto Octubre de Juan Ramón Jiménez, cuyos versos iniciales dicen: “Estaba echado yo en la tierra, enfrente/ del infinito campo de Castilla”.
Más cerca, saltando por sobre la ermita románica lombarda de la Anunciada que saluda al viajero extramuros, se avistan varios pueblos no tan lejanos, y aquí y allá, vestigios de monasterios, palomares ya sin uso e iglesias.
Para ello basta con subirse al adarve por alguna de las dos escaleras. La muralla de Urueña es poderosa, arropa y recoge al tiempo que hace de marco acotador de la iglesia, las callejas oreadas y las casas de adobe, piedra y teja. Un postigo separa el cementerio, situado en el recinto del antiguo castillo, de la ciudad.
La primavera perezosa de este año ha compensado con creces la tardanza, y el verde feraz, salpicado de rojos, lilas, amarillos y azules, ilumina el fondo que hace poco reverberaba de nívea cobertura.
No lejos de allí, en un radio de unos diez kilómetros, se alza la iglesia mozárabe de San Cebrián de Mazote, la mayor de la península; también la más cordobesa por sus arcos de herradura con dovelas encarnadas. Y un poco más apartado se halla el monasterio de la Santa Espina, en paraje ya provisto de arbolado, con sus distintos estilos sucesivos y sobrepuestos.
Desde hace algunos años Urueña es “La villa del libro”. Yo creo que siempre lo fue. Aunque antes no albergara tantas librerías y talleres de encuadernación, su luz silenciosa ya incitaba a la soledad amiga de la lectura.
La fortuna se asentó allí cuando el folklorista Joaquín Díaz la eligió como morada. A su arrimo surgieron el museo etnológico y otras curiosas colecciones como la de instrumentos musicales o la más humilde de campanas o esquilones.
Ahora falta que los libreros piensen en quienes llegamos de fuera y no cierren al mediodía.
La Junta de Castilla y León, patrocinadora de esta grata trasformación del lugar, anuncia las actividades y comercios libreros en los suplementos culturales de los diarios y en los paneles desplegados por los monumentos y sitios de interés de su territorio.
También debiera reparar en ello. Tal vez, así, se realizaría tan loable proyecto.
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