Martes 25 de mayo de 2010
La investigación sobre las causas que motivaron el hundimiento del buque de guerra surcoreano “Cheonan” el pasado marzo concluía con la certeza de que fue un torpedo norcoreano el que causó que 46 marinos surcoreanos perdiesen la vida y que el barco se fuera a pique. Parece que las pruebas que avalan esta hipótesis son fundadas, tanto como para que el propio secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, haga suyas las acusaciones vertidas en el informe oficial. La respuesta de Pyongyang, aunque esperada, no ha podido ser más negativa: ruptura de relaciones con su vecino del sur y máxima alerta militar.
Resulta a todas luces incomprensible el extremo belicismo que caracteriza al régimen totalitario de Corea del Norte. Sirva como ejemplo el hecho de que la práctica totalidad de países del mundo firmase en su momento el Protocolo de no Proliferación de Armas Nucleares. Corea del Norte también, pero se desdijo de lo firmado en 2003, y desde entonces sus amenazas no han cesado. Es además uno de los países más pobres del mundo. Su población sufre una hambruna sólo comparable a su falta de libertad. Además, desde hace más de medio siglo padecen una tiránica dictadura comunista presidida por Kim Jong Il, continuador de una fatídica saga familiar. Apenas se sabe nada de lo que sucede en Corea del Norte, ya que la censura es sumamente férrea.
Su supervivencia depende en gran medida del apoyo que recibe de Rusia y fundamentalmente de China, quien veta sistemáticamente todas las resoluciones de condena de Naciones Unidas. Pekín teme que una apertura del régimen de Pyongyang cristalice en una desbandada generalizada de su población, quien no sólo emigraría hacia su vecino del sur, sino hacia la frontera china del norte. Además, Corea del Norte mantiene vivo un foco de tensión con Occidente que no parece disgustar del todo al gobierno chino -y también ruso-. Pero ahora que China se ha convertido en la fábrica del mundo y que vive de los beneficios de sus intercambios comerciales con el mundo capitalista, le corresponde adoptar una postura algo más responsable. Económicamente hablando -a fin de cuentas, es lo que más le interesa a Pekín- un conflicto ahora en la zona sería calamitoso. Y humanitariamente, una tragedia. Ya decía Kant que la libertad de comercio conduciría a la paz universal.
TEMAS RELACIONADOS: