Opinión

Un tema enojoso

José Manuel Cuenca Toribio | Jueves 27 de mayo de 2010
En efecto: de enfadoso, según se calificaba en un artículo anterior el tema de la cultura durante el franquismo, se ha tornado para el cronista en enojoso. La correspondencia, no muy abundante pero sí encendida y con participación de algunas firmas muy solventes en la materia generada por el mencionado escrito precedente, obliga a su autor a transitar ahora por un terreno para él desapacible. No es que se oponga y menos aún que le parezca reluctante el terreno de las polémicas críticas por cuanto cree firmemente en su vigencia y necesidad para fortalecer la menguada anatomía de la cultura española hodierna. Empero, su creencia de que el contexto de ésta hace imposible o dificulta en extremo la viabilidad de controversias “rentables” para el avance de la vida intelectual, así como lo trillado del asunto debatido determinan la renitencia del cronista a entrar en liza con algunos de sus corresponsales. Por lo demás, y a fin de cuentas, ha sido sin duda la torpeza en expresar su opinión respecto al importante asunto cuestionado la causa principal de la réplica parcial o total que suscitara en varios de sus amables comentaristas.

En cualquier instante de la historia despiertan irreprimible interés las épocas en que autoridad y literatura semejan hermanarse. Durante los tiempos modernos, la España de Felipe II, la Francia de Luis XIV o la Rusia de Nicolás I son paradigmas destacados de ello. El fulgor desprendido de un poder político de alto voltaje parece irradiarse así de modo notable al marco de las letras y las artes, revitalizadas a sus expensas. Aunque no siempre haya sido de este modo y las posiciones se inviertan incluso en algún caso, los términos del mencionado binomio se erigen en un canon de la tradición cultural de Occidente, como lo atestiguan, amén de los referidos, los ejemplos de la Inglaterra isabelina y la Prusia dieciochesca. Por mucha que sea la fuerza proselitista de la literatura del principado de Augusto, su inserción en la memoria de las generaciones como un hito trascendente del pasado proviene más de su enjundia política que de su relevancia cultural. La experiencia del mando y del ejercicio gobernante ha poseído hasta el día una capacidad de atracción superior a la provocada por el despliegue del talento creador en las cumbres de la cultura. Shakespeare y Molière enriquecieron y enriquecen indudablemente más la reflexión sobre el destino humano que la “Reina Virgen” o el “Rey Sol”; pero, cara al análisis de la Inglaterra de la segunda mitad del quinientos y de la Francia de un siglo posterior, cualquier estudio habrá, indeficientemente, de comenzar con una introducción a su estructura de poder y sistema de gobierno.

Una modesta escenificación de lo antedicho, pero no por ello desprovista de atractivo la encontramos a escala casera en la España de los años veinte, cuyo transcurso se halla sin duda hegemonizado por la implantación de la primera dictadura militar del novecientos hispano. Bien que ello implique una simplificación arbitraria no sólo de la periodización y del propio balance de la época, también es cierto que los datos mayores de la vida española en el trienio precedente al golpe de Estado de setiembre de 1923 cabe englobarlos en un clima de “visperas dictatoriales” dado el quebranto sustancial del régimen canovista. Pese a toda la discusión historiográfica acerca de los orígenes e índole del septenado primorriverista, su carácter rupturista no se manifestará en el plano cultural, por cuanto en este terreno la Dictadura no será otra cosa sino la madurez de la respuesta dada por artistas y pensadores a la crisis formulada por la Gran Guerra y sus secuelas; y a tales efectos la neutralidad española en el proceso bélico no comportó aislamiento alguno, antes al contrario, de sus consecuencias espirituales e ideológicas. Observada así la dimensión cultural de la fase primorriverista, es lógico que ésta focalice aunque no patrimonialice la incuestionable importancia atesorada por la España de la década de “los felices veinte” en la evolución artística y literaria de su trayectoria contemporánea.

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