Rafael Núñez Florencio | Viernes 28 de mayo de 2010
¿Hacia dónde va España? La pregunta, en unos momentos cruciales de crisis generalizada, es de tan inevitable planteamiento como de problemática respuesta. Desde el punto de vista cotidiano, es fácil caer en el exabrupto o la simplificación de una charla de barra de bar. Pero desde una óptica más elaborada -entiéndase técnica o especializada- tampoco es fácil establecer un diagnóstico: véanse por ejemplo la disparidad de recetas económicas, prospecciones sociológicas o disquisiciones de los politólogos. Desde la atalaya histórica, que es la más conozco, lo más honesto sería reconocer que nos falta para cualquier análisis fundamentado el distanciamiento espacio-temporal mínimo para no dejarnos llevar por espejismos o condicionamientos personales. Aun así, en condiciones como las presentes, esos argumentos llevados a rajatabla sonarían a excusas de mal pagador. El riesgo de desbarrar -no hay más que ver lo risibles que nos resultan ciertas predicciones hechas en el pasado- no es motivo suficiente para evadirse del concurso de ideas en un momento que todos admiten como delicado. Si Kant aceptaba la imposibilidad de embridar a la razón, aunque cuando fuera más allá de sus coordenadas fenoménicas, los historiadores se resisten a esperar la decantación de los hechos para establecer un veredicto, como muestra el reconocimiento oficial de esa paradójica acuñación de “historia del tiempo presente”. Adelante pues: Quo vadis, Hispania?
La propia formulación de la pregunta implica que ha de considerarse una trayectoria, el conocimiento e interpretación de un “antes” y la estimación de un “después” que doten de un significado al “hoy” que vivimos. No es lo mismo venir de una guerra civil, de décadas de penuria y represión, y de una apacible etapa de prosperidad y libertades -por este orden- que haber recorrido esas mismas etapas en un sentido opuesto o distinto. Digo esto porque no puede obviarse que los análisis de la actual situación española están inevitablemente contaminados por ese discurso oficial que ha terminado calando en el conjunto social y que ahora se revela como parte del problema: me refiero a que la comprensible satisfacción por todo lo conseguido en un breve lapso (democratización, modernidad, europeización) nos ha conducido a una patente actitud de relajación y suficiencia -como de “nuevos ricos”-, con todos los defectos inherentes a ese talante (prepotencia, despilfarro, desidia). Por citar tan sólo el punto más sangrante, que hoy -¡ya era hora!- empieza a ser reconocido: ¿en qué cabeza cabe que un país como España pueda mantener indefinidamente docena y media de gobiernos autonómicos, con sus correspondientes parlamentos, administraciones, sedes, funcionarios y asesores? Me atrevería a sostener que ya no es siquiera una cuestión política sino de simple sentido común. Cualquier observador distanciado no podría por menos que exclamar escandalizado: “pero... ¿se han vuelto ustedes locos?”
Uno de los grandes lastres de la actual situación es precisamente el tiempo y las energías que han de emplearse en discutir lo obvio, quizás porque falta en realidad, más allá de las proclamas retóricas, sentido de Estado, visión de futuro o auténtica solidaridad territorial y sobra en cambio sectarismo, improvisación y particularismos en sus más diversas acepciones. Quiero aclarar, llegados a este punto, que lo que menos me gustaría sería incurrir en alguna modalidad de catastrofismo o que se me interpretara en esa línea. El examen del pasado me ha vacunado contra los excesos de “profeta tronante” tipo Joaquín Costa o frente a las proclamas jeremiacas del regeneracionismo. La atención hacia el presente debate político me ha llevado a parecido desapego con respecto a las advertencias apocalípticas, como -pongo por caso- el libro que publicó hace pocos años Enrique de Diego, cuyo solo título me exime de glosa: El suicidio de España. No, no concibo que España se suicide o, mejor dicho, me parece carente de sentido una afirmación de esa índole, incluso en clave metafórica. No creo en definitiva que España esté abocada a catástrofe alguna, por lo menos tal como en puridad puede entenderse ese concepto y en el plazo que prudentemente podemos atisbar desde la atalaya presente. Pero sí en cambio me parece observar en los últimos tiempos una trayectoria errática, si no claramente errónea, que nos puede resultar muy costoso desandar. Este proceso, sin subrayados dramáticos, me parece grave y es lo que quiero expresar con el término de “argentinización”.
Cuando hablo de argentinización de España, por lo que acabo de señalar, no me refiero al “corralito” ni a desastres financieros o colapsos económicos de esa magnitud. Es verdad que, tal como están las cosas, no es una posibilidad que pueda descartarse absolutamente, aunque no parece probable. El paralelismo y, por tanto, el peligro, lo encuentro en otras coordenadas, quizás no tan llamativas superficialmente, aunque por su profundidad o carácter estructural puedan ser a la larga tanto o más deletéreas. Recordemos que durante determinados lapsos del siglo XX, Argentina fue uno de los países más prósperos del planeta. Ahora mismo, con ocasión del bicentenario, Ricardo Kirschbaum, director del diario Clarín, señalaba que Argentina ha pasado entre el primer centenario y éste desde el lugar octavo al puesto 57 entre los países del orbe. Aunque en un período distinto, también nosotros llegamos a la primera división mundial. ¿Cuántas veces hemos oído en los últimos tiempos que estábamos entre las diez potencias industriales del mundo? Es incuestionable que la distancia de nuestro país con las más avanzadas naciones europeas se ha reducido extraordinariamente en las últimas décadas. Me da la impresión de que, instalados en ese cuadro de honor, hemos sucumbido a la complacencia. Hemos perdido de vista de dónde venimos y con qué esfuerzo -esfuerzo de generaciones anteriores- hemos llegado a esa situación. Y, sobre todo, hemos creído que estábamos instalados ahí para siempre. Más aún, no hace tanto tiempo que nuestro presidente de gobierno advertía a Italia y Francia que la locomotora española era imparable y que les iba a dejar atrás. Aquí podíamos aplicar lo que en un contexto muy distinto decía Haro Tecglen: ¡qué estafa!
Los nuevos ricos han encontrado así que su prosperidad tenía los pies de barro. Aunque muchos españoles aún no lo han asumido, vamos -por primera vez en los últimos años- hacia atrás. No hace falta exagerar diciendo que nos dirigimos al abismo. Constatemos simplemente -y ya es bastante- que nos encaminamos a un progresivo empobrecimiento individual y colectivo. No sabemos cuándo tocaremos fondo, pero con cinco millones de parados, la destrucción de pequeñas empresas, la bajísima productividad y el descalabro del sistema educativo, sí podemos asegurar desgraciadamente que no resultará fácil salir del pozo. No es eso todo. Cuando hablo de argentinización de España me refiero también a una profunda falla política, que no es meramente coyuntural sino que tiene todos los visos de crisis del sistema. La Constitución vigente no sólo está agotada, sino que ha provocado disfunciones que requieren pronto remedio. Mientras no se acometa una profunda reforma estructural -y no se otea en lontananza- tendremos un entramado político desgajado de los ciudadanos, una Justicia mediatizada (por decirlo suavemente) y una deriva centrífuga cada vez más aberrante. En una sociedad así, como en una gigantesca maquinaria, todas las piezas terminan resintiéndose y todo acaba por funcionar defectuosamente, siendo la componenda, el enchufismo o la simple corrupción el método habitual de engrase del sistema. Al grito de ¡sálvese quien pueda! campea un cínico individualismo. La crisis económica y política, al afectar a las bases mismas de la sociedad deviene una abisal crisis de valores. En última instancia aquí es donde encuentro la esencia de lo que he llamado argentinización: no sería tanto la crisis en sí, común a muchos otros países, como -hoy por hoy- la falta de alternativas. El resultado, una sociedad desmoralizada y desmovilizada, sin fe no ya en sus líderes e instituciones, sino en sus propias fuerzas.
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