Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 28 de mayo de 2010
Madrid, a 17 de septiembre de 1941
Querida Madrina:
¡Cuánto me alegro de su inmensa felicidad esperando la llegada de la pequeña vida que se está desarrollando en Vd.! No creo que haya una sensación más maravillosa que la de ser madre; es como participar en un milagro que por ser cotidiano los hombres no llegamos a percatarnos de su alto significado. Un milagro que tiene la forma de un niño; es decir, que es imagen de Dios. Pues yo creo que el hombre es imagen de Dios en cuanto sobre todo es o fue niño. Y eso me lleva a recordar lo que vi hace una semana en Paracuellos del Jarama, cuya visión horripilante me atenaza de dolor moral durante toda esta semana.
Si se nos admite también que niños son las personas que están comprendidas entre los 12 y los 16 años, entre el final de la niñez y la primera adolescencia, en Paracuellos del Jarama las autoridades republicanas, por las que yo luché convencido ideológicamente, me jugué la vida y sufrí cárcel, asesinaron de bala a 37 niños, algunos de los cuales fueron rematados posteriormente en sus cabecitas, sin duda por la piedad humanitaria del miliciano que aún veía moverse algunas partes de sus cuerpecillos. Creo que sólo en el nazismo y estalinismo actuales, dos potencias de baal que compiten por arrebatarse el imperio de la raza humana, podemos encontrar masacres comparables a ésta que mis ojos atónitos vieron hace una semana. En nuestra brutal Guerra Civil se perpetraron cien mil burradas en ambos bandos, pero asesinar en el marco de una ejecución fría y calculada a niños de 12, 13, 14, 15 y 16 años es un dato que aún no se ha encontrado entre los más criminales elementos del bando vencedor. Algunos grandes bombardeos efectuados por los vencedores, como el de Granollers, que causó la muerte de 300 personas, tuvieron que producir niños muertos, pero no se sabe que las tropas franquistas ejecutasen españoles niños de 12, 13, 14, 15 y 16 años por estar implicados en organizaciones juveniles, infantiles o de adolescentes de izquierda. No puede existir nada noble que sea capaz de justificar esta matanza de niños. Los niños de padres de derechas no son más malignos, siniestros, pravos, facinerosos, dañinos, ponzoñosos, malhechores, forajidos, aviesos o perversos que los niños de papás de izquierdas. Son exactamente iguales, niños, ajenos por completo a las distintas y estúpidas mundivisiones de sus mayores. Y tan ángeles son los niños yunteros como los niños seminaristas, e incluso los niños “pijos”, autómatas de sus papás. Son sólo niños, probablemente lo único santo que tiene la especie humana. Y en el supuesto de que pudiese existir un niño políticamente criminal, ello supondría sencillamente que ese niño sería la primera y mayor víctima inocente de malvados adultos. Por eso, cuando se mataba a uno de esos niños ( apunté todos sus 37 nombres en un cuaderno: Samuel Ruiz Navarro, de 12 años, Francisco Rodríguez Álvarez, de 14, Manuel Pedrón García, de 14, etc., etc., así hasta 37 cadáveres de niños ), no se podía estar luchando por ningún ideal moral o político, no se podía estar luchando por ninguna España mejor, no se podía estar luchando por la libertad, no se podía estar luchando por la democracia, no se podía estar luchando por el socialismo, no se podía estar luchando por el hombre, ni siquiera por ganar la guerra. Sólo podía ser reflejo de un morbo o enfermedad que se había instalado en la sangre de la Junta de Defensa de Madrid, presidida por el general Miaja. Dado que el Ministro de la Gobernación, Ángel Galarza, no pudo cumplir las directrices de Largo Caballero, de que se evacuara de Madrid “a los presos fascistas”, porque también huyó a Valencia con su jefe, todo parece indicar que la matanza (“la evacuación definitiva” ) en la que cayeron estos niños fue propuesta por el Partido Comunista. Cuando leemos las cartas del “asesor” soviético Koltsov, la implicación del Partido Comunista en la matanza, a través de Pedro Checa, Antonio Mije García, Serrano Poncela, Rascón Ramírez, Manuel Ramos Martínez y Federico Manzano Govantes, parece segura. Y el sentido común nos dice que alguna responsabilidad tuvo que tener el que entonces era el Consejero de Orden Público, Santiago Carrillo, que entró en el Partido Comunista dos días antes de la masacre. Y posiblemente la responsabilidad también podría llegar al mismísimo Ángel Galarza. Subieron a los 37 niños el 7 de Noviembre de 1936 en los autobuses de doble piso de la Sociedad Madrileña de Tranvías, con las manos atadas a la espalda, lo mismo que los miles de presos adultos que les acompañaban. El propio Azaña, cuando se enteró de aquel horror, escribió en La velada de Benicarló: “Yo también hubiera querido morirme aquella noche, o que me mataran”. Si bien las barbaridades perpetradas en la guerra quitaron a los dos bandos enfrentados autoridad moral para conquistar la victoria, el fusilamiento de los niños de Paracuellos hizo perder la guerra a la República. Porque no se puede ganar la guerra abatiendo como primeros enemigos a los ideales que fundamentaban precisamente la resistencia ante el Alzamiento militar.
Acabo de leer también, querida Madrina, el libro de “El Duende Azul”, pseudónimo de Antonio Cabanela Caamaño, titulado Emocionario íntimo de un cautivo. Los cuatro meses de la modelo, y ando sobrecogido. El autor vivió las sacas de muy cerca y fue un supérstite de las infames noches del mes de noviembre de 1936. Los milicianos citaban por altavoces la lista de las personas que iban a matar cada noche, y estos iban bajando sin alientos, casi ya como muertos ambulantes autómatas. “Palabras hechas silencio flotan en el vacío, mientras los ojos se comunican en el idioma universal del alma, los corazones se transmiten dolorosos presentimientos y los cerebros se funden en la amargura de un pensamiento unánime. Esperando que de un momento a otro aparezca el nombre de cada uno, empezamos a oír nombres y la voz del lector resuena en la galería como un martillo en las oquedades de una tumba… Sujetos, incluso los más pequeños, con fuertes alambres o cuerdas muy finas, atadas las manos a la espalda tan apretadamente que se hinchaban sus venas, aislados unos, enlazados otros como perros en traílla…Así fueron conducidos estos infelices al lugar del sacrificio…Más tarde, silencio y sombras…Quietud en el ambiente…Zozobras en el alma. ¡Se han ido!...”
Tendrán que pasar mucho años, Madrina, muchos, para que estas burradas y canalladas que le comento – sin piedad ninguna, Madrina mía, porque está usted encinta -, y las burradas y canalladas de los otros, los crímenes monstruosos de uno y otro bando, se olviden o, por lo menos, “casi” se olviden, se amortigüe el dolor de la muerte de los seres queridos ( la vida siempre acaba venciendo ), y de este modo propiciarse el perdón, que viene a ser un olvido generoso, consciente y voluntario. España acabará necesitándolo. Pero tendrá que pasar muchos años hasta entonces. Muchos. Treinta. Cuarenta años quizás. Cuando su futuro hijo o hija ya tenga a su vez hijos mayores. Hasta entonces las dos Españas metabolizarán su duelo lentamente, paulatinamente, con agria pena, pero con esperanza.
Lamentando haberle escrito una carta que no se compadece con su magnífico y divino estado de futura mamá – me comprometo a enviarle otras más divertidas que le distraigan y le hagan reír o sonreír -, ya que necesitaba, como un rito apotropaico, descargar en alguien querido mis reacciones interiores ante la fuerte impresión que he recibido al observar el meticuloso levantamiento de pequeños esqueletos con un claro agujero en la bóveda craneana, me pongo de rodillas ante usted y beso sus plantas queridas,
Luis
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