Juan José Laborda | Lunes 31 de mayo de 2010
La votación del Congreso de los Diputados puede que sea un buen retrato de la política española de hoy: seguimos caminando al borde de un abismo. En el Congreso no faltó nadie: los 350 diputados emitieron su voto para aprobar o rechazar el Decreto Ley del ajuste económico. Fue aprobado por un solo voto de diferencia. La llave la tuvieron dos grupos nacionalistas que se abstuvieron: los catalanistas de Artur Mas y Josep Antoni Duran i Lleida, y el de los diputados de Coalición Canaria. También fue decisivo que el diputado regionalista navarro también se abstuviera. ¿Alguien se paró a meditar sobre las consecuencias que para nuestro crédito internacional hubiera tenido un voto negativo? Desde luego esa es una pregunta que afecta en primer lugar al Gobierno de Zapatero. Después del debate sobre los “errores” o las “rectificaciones” del Decreto Ley en el BOE, hasta los más disciplinados partidarios del Gobierno mostraron la víspera del debate su abatimiento. Aunque parece que las abstenciones fueron calculadas en función de intereses electorales de esos partidos -incluyendo al diputado de UPN, cuyo Gobierno depende de los votos socialistas en Navarra- no deja de resultar significativo que los nacionalistas o regionalistas que se abstuvieron, pertenezcan a partidos que hace treinta y tantos años aprobaron la Constitución Española.
¿Existe una preocupación de fondo en estos partidos por la suerte de nuestro sistema político? Sin entrar en más detalles, para el Gobierno de Zapatero es una situación límite que los socialistas catalanes gobiernen en Cataluña con Esquerra Republicana y con Iniciativa per Catalunya, que votaron ambos en contra del Decreto Ley.
En cuanto al PP, no hay novedades. Me atrevo a opinar que su opción de votar en contra, sin argumentar una alternativa, responde a la planificación electoral de Pedro Arriola, el gurú “neocon” de Rajoy. Su técnica ha sido siempre no cometer errores electorales al concretar sus propuestas políticas, confiando que así la abstención de los votantes perjudique únicamente al Partido Socialista.
Para Zapatero caminar sobre el canto de la crisis no es un ejercicio para el que no esté preparado. La vida política del Presidente del Gobierno se ha forjado desde hace, por lo menos, dos décadas, en una crisis permanente. Hasta ahora le ha acompañado la suerte: la baraka, palabra marroquí que la Academia define como “un don divino atribuida a los jerifes o morabitos”. Felipe González, que conoce bien Marruecos, mencionó crípticamente, en una entrevista televisada, al general africanista al que se le aplicó el mismo vocablo.
Lo que ahora es radicalmente nuevo es la pérdida de credibilidad de los mensajes del Presidente. Todavía tiene un recurso en sus manos: hacer crisis con su Gobierno, remodelarlo profundamente, abrirlo a otros colaboradores, y después de intentarlo, presentar una moción de confianza. Constitucional y moralmente sería lo correcto, y sus efectos internos e internacionales muy apreciables. Aunque, hoy por hoy, recuperar la credibilidad es una tarea casi imposible, sin embargo, sigue siendo el Presidente del Gobierno, y si a partir de entonces, gobierna funcionalmente, recuperando así la confianza internacional en la economía española, habrá cumplido con su obligación de estadista.
El drama para Zapatero es enorme: los socialdemócratas han sido unos partidos con una ideología y con unos programas que habían demostrado su superioridad electoral resolviendo crisis económicas. Desde Roosevelt y Helmut Schmidt hasta Felipe González, entre nosotros. Si pierde las elecciones, Zapatero sería el primer presidente derrotado por una crisis económica. Y además, el primero que perdiese el poder sin una crisis política de envergadura: Suárez, Calvo Sotelo, González y Aznar perdieron el poder en medio de una grave conmoción política. Indicaría que nuestro sistema de alternancia ha madurado. ¿O tendremos, además, el acompañamiento de una inestabilidad entre los socialistas? El desasosiego procede de Cataluña: el Senado ha demostrado que es una Cámara que sirve para aflorar debates en las instituciones estatales. Pero la comparecencia del President Montilla ¿nos aclara hasta dónde llega su compromiso partidario con el presidente del Gobierno?
Es necesario que Zapatero resuelva bien la inmediata crisis de Gobierno. Si es arriesgado ir ahora a elecciones anticipadas, si una moción de censura tampoco nadie quiere presentarla, lo lógico es apostar porque el próximo Gobierno de Zapatero esté a salvo de crisis partidarias, para que pueda encarar la peor fase de la crisis económica: la pérdida de la confianza en la política.
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